Sigo mi descenso por la vereda que me tiene que llevar a un destino incierto o a una muerte segura. Entiendo que por este mismo orden.
Echo de menos muchas cosas que se perdieron aquel 9 de octubre. Algunas perdidas irremisiblemente y para siempre. Otras quizá estén escondidas, esperando simplemente que alguien llegue y las recupere. Sin embargo, resulta difícil que con la necesidad de sobrevivir siempre latente en el ambiente, autoimpuesta en algunos casos, se llegue a recapacitar con la suficiente calma como para llegar a pensar que siguen siendo necesarias.
Me gustaría tumbarme en la playa una noche de verano simplemente para observar el cielo estrellado. Sin ningún otro propósito. Me encantaría comerme un helado. Abrir la bandeja de entrada de mi correo electrónico y ver un mail de cualquiera de mis amigos. Rutinas perdidas. Desastre consumado.
¿Qué vamos a hacer ahora? Como especie, me pregunto. ¿Remontaremos de nuevo para seguir destruyendo el planeta a marchas forzadas? ¿Se nos dará esa segunda oportunidad de hacer lo que no pudimos en el pasado? No dio tiempo. Y nos cayó encima la muerte y la destrucción, que sigue haciendo estragos cuando se pone el sol. Como en un guión de una película de serie B, la venganza llega por la noche, oculta entre las brumas, implacable. O casi, debería decir.
Sigo sin lágrimas de repuesto. Las debí gastar en aquel primer paseo entre las nuevas ruinas de una ciudad recién destruida. Cubierto por una fina capa de polvo, desorientado por las calles humeantes, sin poder hacer caso a todos los gritos de los que se llenaba mi cabeza, mezclados con un pitido agudo que tardó días en desaparecer. Nunca más volví a ver a las personas con las que me crucé ese día. Quizá alguna esté viva todavía. Nadie acudió nunca al rescate. No había nadie para acudir. Quien pudo salvarse, quien está hoy vivo, mientras veo el final de la bajada y un camino que comienza a ensancharse, tuvo una suerte de la que probablemente no sea consciente nunca. No sé, quizá sí lo sean. Todos ellos. O quizá, siéndolo, creen que su suerte, al fin y al cabo, no fue tan buena como pudieron pensar en un principio.
Toca buscar, luchar por sobrevivir, empezar de nuevo, si es posible. Puede que lo más sensato para ello fuese no haber abandonado la estación. Puede que lo segundo más sensato fuese dar media vuelta en este preciso instante y regresar. Olvidarme de estos sueños, por mucho que se repitan cada noche.
Y, sin embargo, por mucho que lo pienso, aunque lo intente, no consigo quitarme esa idea de la cabeza, acabar con esa fuerza ajena que me empuja sin remedio.
Busco una sombra para descansar y seguir pensando en cualquier cosa que me aísle, aunque sea por unos segundos, del silencio extraño que me envuelve.
¿Qué pasó ese 9 de octubre en otros puntos del mundo? ¿Lo mismo? ¿Y si no pasó nada y estamos, de alguna manera, aislados? ¿Y si han venido a buscarnos y no estábamos en el lugar adecuado? ¿Y si la vida sigue igual que antes del desastre en otros lugares? ¿Es eso posible o la destrucción se produjo a escala mundial? El armaguedón, la ira de Dios, el juicio final. Lo siento, pero no pude ver a los cuatro jinetes del apocalipsis. Quizá, pero sólo quizá, son ellos los que lleguen cada noche a ajustar viejas cuentas con todos nosotros.
miércoles, 26 de agosto de 2009
lunes, 13 de julio de 2009
XL. Gol
He dudado un momento antes de guardarme los prismáticos en la mochila y echar a andar camino abajo, hacia el valle. Por unos instantes me ha parecido estar en un centro comercial el primer día de rebajas. “Demasiada gente”, me he sorprendido pensando a mí mismo. Entonces, me he detenido y me he echado a llorar desconsoladamente, primero de pie, en medio de la vereda, después de cuclillas apoyado en el tronco de un árbol. Me ha alegrado que mis sollozos bloqueasen ideas que nunca hubiese querido tener y que, sin embargo, estaban llegando sin avisar. He acabado por sentarme mientras me restregaba los ojos con las mangas de la chaqueta sucia que llevo puesta.
Tenía un padre y una madre. Tenía dos hermanos, uno mayor y otro más pequeño. Tenía una chica a mi lado. Tenía un trabajo que adoraba. Tenía un carné de socio del equipo de toda mi vida. Tenía una Vespa. Tenía una sonrisa permanente. Y ahora no tengo nada de lo que más me importaba. Tengo vacíos mentales. Tengo una obsesión que es posible que me lleve a una muerte temprana. O ya tardía, según se entienda. Tengo una pistola en la mochila. Y cigarrillos. No soy la persona que era. Ya no; no puedo serlo.
Ha sido mi cumpleaños. Ayer, creo. O será mañana, no estoy seguro. Pierdo la cuenta. Ya no cumplo años, he decidido. Los iré descontando, si es que hay otros. “Que cumplas muchos más”. “Y que tú lo veas”. Aprieto los dientes, no sé si de rabia o rellenando unos segundos en un mundo donde no hay nada que hacer sino sobrevivir a la noche. Otros en la estación pensaban que, en realidad, todo estaba por hacer. Recuerdo que pensé como ellos. Una vez. Sí. Me está haciendo daño caminar solo, me mata por dentro y empiezo a darme cuenta.
Me levanto y estiro los brazos hacia el cielo. Me sorprende mi postura.
-¡Gooooooooooooooool! –grito con todas mis fuerzas. Algunos pájaros salen volando de ramas cercanas.
Y, al cerrar los ojos, veo a mis amigos en la grada, llorando de miedo y de alegría al haber salvado la categoría en el último suspiro de la liga, todavía mirando de reojo hacia el campo, sin fiarse del todo de que el gol sea válido. Siempre sufriendo. Ahora el estadio está en ruinas. Lo vi con mis propios ojos. Ahora todos ellos están muertos. Xavi, David, Raúl y los hermanos Montero. No los he visto con mis propios ojos, pero no hace falta.
Cuando me quiero dar cuenta ya estoy bajando a buen paso hacia el valle, preguntándome quién es esa gente que va en un barco. ¿Atracan cada noche en un lugar diferente o vuelven siempre al mismo puerto, donde tienen refugio seguro? Durante unos minutos todavía me persigue la imagen del hombre en la cubierta, señalándome con su dedo índice.
Qué golazo para nada, pienso, retomando otros pensamientos.
Tenía un padre y una madre. Tenía dos hermanos, uno mayor y otro más pequeño. Tenía una chica a mi lado. Tenía un trabajo que adoraba. Tenía un carné de socio del equipo de toda mi vida. Tenía una Vespa. Tenía una sonrisa permanente. Y ahora no tengo nada de lo que más me importaba. Tengo vacíos mentales. Tengo una obsesión que es posible que me lleve a una muerte temprana. O ya tardía, según se entienda. Tengo una pistola en la mochila. Y cigarrillos. No soy la persona que era. Ya no; no puedo serlo.
Ha sido mi cumpleaños. Ayer, creo. O será mañana, no estoy seguro. Pierdo la cuenta. Ya no cumplo años, he decidido. Los iré descontando, si es que hay otros. “Que cumplas muchos más”. “Y que tú lo veas”. Aprieto los dientes, no sé si de rabia o rellenando unos segundos en un mundo donde no hay nada que hacer sino sobrevivir a la noche. Otros en la estación pensaban que, en realidad, todo estaba por hacer. Recuerdo que pensé como ellos. Una vez. Sí. Me está haciendo daño caminar solo, me mata por dentro y empiezo a darme cuenta.
Me levanto y estiro los brazos hacia el cielo. Me sorprende mi postura.
-¡Gooooooooooooooool! –grito con todas mis fuerzas. Algunos pájaros salen volando de ramas cercanas.
Y, al cerrar los ojos, veo a mis amigos en la grada, llorando de miedo y de alegría al haber salvado la categoría en el último suspiro de la liga, todavía mirando de reojo hacia el campo, sin fiarse del todo de que el gol sea válido. Siempre sufriendo. Ahora el estadio está en ruinas. Lo vi con mis propios ojos. Ahora todos ellos están muertos. Xavi, David, Raúl y los hermanos Montero. No los he visto con mis propios ojos, pero no hace falta.
Cuando me quiero dar cuenta ya estoy bajando a buen paso hacia el valle, preguntándome quién es esa gente que va en un barco. ¿Atracan cada noche en un lugar diferente o vuelven siempre al mismo puerto, donde tienen refugio seguro? Durante unos minutos todavía me persigue la imagen del hombre en la cubierta, señalándome con su dedo índice.
Qué golazo para nada, pienso, retomando otros pensamientos.
sábado, 4 de julio de 2009
XXXIX. Hacia la cima
Mus, el perro, se restrega amistosamente en mi pierna, como dando a entender que lamenta el incidente de ayer. No quería asustarme, claro está, sino sólo mantenerme a raya hasta que llegase su amo. No hay modo de saberlo, por supuesto, pero es una idea que me consuela ligeramente. Es una suerte poder sentirse acompañado por un perro leal en medio de la montaña. Se lo hago saber al hombre y sólo sonríe, mientras me indica qué camino debo tomar para hacer cumbre y comenzar a bajar hacia el valle.
Me adentro en el bosque siguiendo una estrecha vereda que pierdo de vista por momentos, ya que la vegetación la invade sin contemplaciones prácticamente a cada paso. A veces, tengo que encorvarme o agacharme para sortear algunas ramas, pero poco a poco puedo ver con más claridad el cielo y la cumbre. No demasiado alta, es cierto, pero cumbre al fin y al cabo.
Hoy es de nuevo una contrarreloj por salvar la vida. Tengo que andar a buena marcha para recorrer la mayor distancia posible mientras dura el sol, pero a partir del mediodía ya busco casi con ansiedad algún refugio que me pueda servir para pasar la noche. Aunque lo deje atrás, lo apunto en mi memoria por si fuese necesario volver sobre mis pasos. Hasta el momento, he tenido suerte. Primero, por supuesto, de sobrevivir al desastre y a los días siguientes, sin duda los más duros, pues desconocíamos absolutamente todo sobre el fenómeno al que nos enfrentábamos. Luego, la suerte de la estación, de la compañía que pude tener. Y, más tarde, cuando me he decidido a emprender este camino incierto. Me pregunto si esa buena estrella acabará de repente, hoy, mañana o dentro de una semana, y acabaré como tantos otros. ¿Buena suerte, en realidad? ¿Se le puede llamar buena suerte a esta angustia? No sabría qué decir, pero lo único que tengo claro es que la cabeza del caminante solitario es un hervidero que le puede llevar hacia la perdición.
En la cima de la montaña prácticamente no hay vegetación, tan solo unos arbustos y varios tipos de malas hierbas que campan a sus anchas. Al girarme hacia la costa mis titubeos de optimismo se han borrado sin contemplación. Todo lo que abarca mi vista son ruinas, humaredas aquí y allá, carreteras destruidas y nadie a la vista. A lo lejos, en el mar, veo un barco, pero no acabo de tener claro si va a la deriva o está tripulado. He sacado tranquilamente mis prismáticos y cuando los estaba regulando para darle nitidez a la imagen he visto a un hombre en cubierta, mirando hacia la cima también con sus prismáticos.
He visto cómo los bajaba, sorprendido, e inmediatamente volvía a mirar a través de ellos señalando con su brazo hacia donde yo me encontraba. Dos o tres hombres han acudido a cubierta, interesándose por lo que acababa de descubrir.
domingo, 28 de junio de 2009
XXXVIII. El mismo muro
Me mira con aire despreocupado, como quien observa a un aprendiz hacer mal sus tareas sabiendo que está, sin embargo, en el buen camino. Finalmente, deja sobre el suelo su lata de judías, que todavía no había soltado.
-Sabes dónde está, ¿verdad? –me pregunta- No exactamente, pero sabes hacia dónde dirigirte. Otros te lo dijeron antes. Por eso vas hacia el interior. Es verdad que has dado un pequeño rodeo, pero estás sobre la pista. No dejes que te distraigan de lo que buscas porque, amigo, eso es lo único que tienes ahora.
Antes de dormirme veo que el perro se levanta y camina hacia su dueño, que lo acaricia con cierta parsimonia, tumbado ya para pasar la noche. Sigue su camino y se sienta sobre las patas traseras algo más cerca de la entrada de la cueva, justo desde donde se vislumbra el exterior.
Poco a poco, exactamente como cada noche, se empieza a acercar el ruido y se va haciendo más áspero a medida que avanzan las horas. El hombre duerme; el perro vigila. Mañana seguiré caminando, pero ahora no puedo conciliar el sueño. Me pesan los párpados y no hago nada por retenerlos, pero me cuesta dejar de pensar en lo que me queda de vida. ¿Tiene algún sentido seguir caminando o más vale pararse a tiempo? A tiempo de qué, me pregunto. Sin respuesta, claro está.
No quiero soñar esta noche con RQ, pero parece que la elección no está en mi mano. El mismo patrón, las mismas sensaciones. Me despierto en mitad de la noche con la libreta en la mano, con el boli unos centímetros más allá, en el suelo. Escucho los ronquidos del hombre, desordenados, con cierto aire de extravagancia que me hace sonreír. ¿Dónde busco a RQ? ¿Por dónde empiezo? O por dónde sigo, mejor dicho. Me doy cuenta, casi de improvisto, que debo estar a unas tres horas del pueblo donde nací, donde crecí, pero ni siquiera me había planteado ir hacia allí. Ya es todo lo suficientemente doloroso como para abrir nuevas heridas en heridas viejas. Aunque, quién sabe, quizá tampoco sea tan mala idea. Mañana, con el alba, lo decidiré.
El hombre ríe en sueños. Una vieja anécdota que viene a su mente; alguna nueva que su cerebro ha inventado con retazos de recuerdos que ni siquiera sabe que están guardados. ¿Por qué la mía no hará lo mismo, en vez de catapultarme cada vez contra el mismo muro?
Quizá porque yo estoy buscando algo que no sé qué es y el hombre ha encontrado ya todo lo que le hacía falta.
-Sabes dónde está, ¿verdad? –me pregunta- No exactamente, pero sabes hacia dónde dirigirte. Otros te lo dijeron antes. Por eso vas hacia el interior. Es verdad que has dado un pequeño rodeo, pero estás sobre la pista. No dejes que te distraigan de lo que buscas porque, amigo, eso es lo único que tienes ahora.
Antes de dormirme veo que el perro se levanta y camina hacia su dueño, que lo acaricia con cierta parsimonia, tumbado ya para pasar la noche. Sigue su camino y se sienta sobre las patas traseras algo más cerca de la entrada de la cueva, justo desde donde se vislumbra el exterior.
Poco a poco, exactamente como cada noche, se empieza a acercar el ruido y se va haciendo más áspero a medida que avanzan las horas. El hombre duerme; el perro vigila. Mañana seguiré caminando, pero ahora no puedo conciliar el sueño. Me pesan los párpados y no hago nada por retenerlos, pero me cuesta dejar de pensar en lo que me queda de vida. ¿Tiene algún sentido seguir caminando o más vale pararse a tiempo? A tiempo de qué, me pregunto. Sin respuesta, claro está.
No quiero soñar esta noche con RQ, pero parece que la elección no está en mi mano. El mismo patrón, las mismas sensaciones. Me despierto en mitad de la noche con la libreta en la mano, con el boli unos centímetros más allá, en el suelo. Escucho los ronquidos del hombre, desordenados, con cierto aire de extravagancia que me hace sonreír. ¿Dónde busco a RQ? ¿Por dónde empiezo? O por dónde sigo, mejor dicho. Me doy cuenta, casi de improvisto, que debo estar a unas tres horas del pueblo donde nací, donde crecí, pero ni siquiera me había planteado ir hacia allí. Ya es todo lo suficientemente doloroso como para abrir nuevas heridas en heridas viejas. Aunque, quién sabe, quizá tampoco sea tan mala idea. Mañana, con el alba, lo decidiré.
El hombre ríe en sueños. Una vieja anécdota que viene a su mente; alguna nueva que su cerebro ha inventado con retazos de recuerdos que ni siquiera sabe que están guardados. ¿Por qué la mía no hará lo mismo, en vez de catapultarme cada vez contra el mismo muro?
Quizá porque yo estoy buscando algo que no sé qué es y el hombre ha encontrado ya todo lo que le hacía falta.
miércoles, 17 de junio de 2009
XXXVII. Organización
A veces, los elementos, cualesquiera que sean, sólo te dan una oportunidad. Y eso, en la situación en que me encuentro, no es demasiado. El hombre espera mientras en su rostro empieza a dibujarse una sonrisa. ¿Acaba de inventarse la respuesta esperando ver mi reacción o realmente sabe de qué habla? Le miro en silencio, pero mi incapacidad para conocer a las personas vuelve a jugarme una mala pasada. Y van muchas.
-¿Dónde está? –acabo por preguntar.
Se lo piensa unos segundos y trata de hacerse el interesante. Quiere seguir con el juego. Al menos, un poco más.
-¿Dónde está? ¿Es esa tu pregunta?
-Sí. ¿No podré hacer ninguna otra? –acabo diciendo, con un poco de sorna.
-Je, claro que sí, amigo, sólo faltaría que no dejase hablar a un tipo tan callado como tú.
Mis cejas se arquean y él se da por aludido, pero se mete una cucharada de judías en la boca y guiña ligeramente su ojo derecho, como pidiendo una pequeña pausa antes de contestar. Mastica despacio mientras me mira, entre extrañado y divertido.
-RQ… menudo personaje, amigo, menudo personaje. No se habla de otra cosa al otro lado de la montaña.
Estoy impaciente por saber más. Él lo sabe. Le sigo el juego y le dejo hablar.
-Ha causado verdadero furor entre la gente. Tiene muchos seguidores. Supongo que sabrás que dicen que puede ir por ahí por las noches, que no le afecta el ruido.
-Eso he oído.
-Bien… las palabras vuelan y, de momento, no se las lleva el viento. Amigo; lo último que sé es que se estaba montando una especie de organización a su alrededor. No sé de qué tipo, pero parece que con fuerza.
-¿Una organización? No creo que sea malo organizarse… -he contestado, después de percibir el tono desalentador con que había pronunciado la última frase.
-Bueno, da igual, todo son rumores.
-Antes me preguntó qué quería saber acerca de RQ.
-Amigo, eres muy ingenuo si piensas que eso significaba que lo sabía todo.
Una vez más, touché.
-¿Dónde está? –acabo por preguntar.
Se lo piensa unos segundos y trata de hacerse el interesante. Quiere seguir con el juego. Al menos, un poco más.
-¿Dónde está? ¿Es esa tu pregunta?
-Sí. ¿No podré hacer ninguna otra? –acabo diciendo, con un poco de sorna.
-Je, claro que sí, amigo, sólo faltaría que no dejase hablar a un tipo tan callado como tú.
Mis cejas se arquean y él se da por aludido, pero se mete una cucharada de judías en la boca y guiña ligeramente su ojo derecho, como pidiendo una pequeña pausa antes de contestar. Mastica despacio mientras me mira, entre extrañado y divertido.
-RQ… menudo personaje, amigo, menudo personaje. No se habla de otra cosa al otro lado de la montaña.
Estoy impaciente por saber más. Él lo sabe. Le sigo el juego y le dejo hablar.
-Ha causado verdadero furor entre la gente. Tiene muchos seguidores. Supongo que sabrás que dicen que puede ir por ahí por las noches, que no le afecta el ruido.
-Eso he oído.
-Bien… las palabras vuelan y, de momento, no se las lleva el viento. Amigo; lo último que sé es que se estaba montando una especie de organización a su alrededor. No sé de qué tipo, pero parece que con fuerza.
-¿Una organización? No creo que sea malo organizarse… -he contestado, después de percibir el tono desalentador con que había pronunciado la última frase.
-Bueno, da igual, todo son rumores.
-Antes me preguntó qué quería saber acerca de RQ.
-Amigo, eres muy ingenuo si piensas que eso significaba que lo sabía todo.
Una vez más, touché.
sábado, 13 de junio de 2009
XXXVI. Otras teorías
-Era broma, amigo, no te preocupes. Sólo estaba poniendo a prueba tus nervios. Y, por cierto, no tenías puesto el seguro de tu pistola. Podrías haberle hecho daño a alguien.
El perro dormitaba detrás del hombre hecho un ovillo.
-Estoy seguro de que no le has disparado a nadie, amigo. Se te notaba en la mirada. Aún desde la distancia. Pero no pasa nada; es mejor así.
Me estaba desesperando por momentos, así que en un instante de descuido contraataqué, más por cambiar de tema que por otra cosa:
-¿Cómo es que vive aquí solo, en la montaña?
-No vivo solo, amigo, tengo a Mus. Vivo en la montaña para estar lo más cerca posible del bosque, de la naturaleza. Todo esto, este desastre, lo hizo la propia Tierra, así que pensé que estando lo más cerca de ella reduciría el peligro de que nos pasase algo malo.
-¿La Tierra? ¿Qué quiere decir? Explíqueme eso.
-Yo lo veo claro, amigo. Fíjate si no: todo el bosque, intacto. Los árboles, en su sitio, los ríos, las montañas, todo igual. Nada está destruido sino todo aquello creado por la mano del hombre. Sospechoso, al menos, ¿no crees?
-Nunca lo había visto de esa manera, la verdad.
-Yo no tengo dudas; la Tierra por fin se ha organizado, ha actuado en contra de quien se la quiere cargar. Es evidente.
-¿Y ese ruido?
-Quién sabe. Supongo que es su forma de decirnos que hasta aquí hemos llegado. Nos va a ir eliminando poco a poco. Un descuido aquí, un paso mal dado allá… y ya estás listo. Listo y muerto.
-Un poco demasiado cruel, ¿no le parece? Quizá hubiese avisado antes.
-¡Y lo hizo, mierda! No es que yo sea un jodido ecologista, amigo, pero joder si lo hizo. Se empezó a merendar a los humanos poco a poco. Un terremoto aquí, un huracán allá… estuvimos ciegos durante muchos años y ahora estamos muertos. Tú y yo, amigo, sólo estamos en lista de espera. Pero te aseguro que nuestros nombres están subrayados.
-¿Ha visto a mucha gente desde el desastre? –necesitaba volver a cambiar de tema, introducir uno nuevo al que llevaba dando vueltas largo rato.
-No a mucha desde que me mudé aquí con Mus, pero de vez en cuando necesito compañía. Agradezco la tuya, amigo, eso por descontado.
-¿Sabe algo de RQ? –he preguntado a bocajarro.
El hombre no se ha mostrado sorprendido.
-Claro amigo, ¿qué quieres saber?
El perro dormitaba detrás del hombre hecho un ovillo.
-Estoy seguro de que no le has disparado a nadie, amigo. Se te notaba en la mirada. Aún desde la distancia. Pero no pasa nada; es mejor así.
Me estaba desesperando por momentos, así que en un instante de descuido contraataqué, más por cambiar de tema que por otra cosa:
-¿Cómo es que vive aquí solo, en la montaña?
-No vivo solo, amigo, tengo a Mus. Vivo en la montaña para estar lo más cerca posible del bosque, de la naturaleza. Todo esto, este desastre, lo hizo la propia Tierra, así que pensé que estando lo más cerca de ella reduciría el peligro de que nos pasase algo malo.
-¿La Tierra? ¿Qué quiere decir? Explíqueme eso.
-Yo lo veo claro, amigo. Fíjate si no: todo el bosque, intacto. Los árboles, en su sitio, los ríos, las montañas, todo igual. Nada está destruido sino todo aquello creado por la mano del hombre. Sospechoso, al menos, ¿no crees?
-Nunca lo había visto de esa manera, la verdad.
-Yo no tengo dudas; la Tierra por fin se ha organizado, ha actuado en contra de quien se la quiere cargar. Es evidente.
-¿Y ese ruido?
-Quién sabe. Supongo que es su forma de decirnos que hasta aquí hemos llegado. Nos va a ir eliminando poco a poco. Un descuido aquí, un paso mal dado allá… y ya estás listo. Listo y muerto.
-Un poco demasiado cruel, ¿no le parece? Quizá hubiese avisado antes.
-¡Y lo hizo, mierda! No es que yo sea un jodido ecologista, amigo, pero joder si lo hizo. Se empezó a merendar a los humanos poco a poco. Un terremoto aquí, un huracán allá… estuvimos ciegos durante muchos años y ahora estamos muertos. Tú y yo, amigo, sólo estamos en lista de espera. Pero te aseguro que nuestros nombres están subrayados.
-¿Ha visto a mucha gente desde el desastre? –necesitaba volver a cambiar de tema, introducir uno nuevo al que llevaba dando vueltas largo rato.
-No a mucha desde que me mudé aquí con Mus, pero de vez en cuando necesito compañía. Agradezco la tuya, amigo, eso por descontado.
-¿Sabe algo de RQ? –he preguntado a bocajarro.
El hombre no se ha mostrado sorprendido.
-Claro amigo, ¿qué quieres saber?
domingo, 7 de junio de 2009
XXXV. Nuevo refugio
La estrecha vereda ha desaparecido a unos cien metros del claro y hemos avanzado entre los árboles, con el perro encabezando la comitiva. Su amo, que caminaba unos pasos por delante de mí, se ha ido girando cada poco para escuchar las respuestas a sus preguntas, con el cigarrillo consumiéndose lentamente, colgado de su labio inferior.
De esta manera hemos llegado a una pequeña pared de roca, prácticamente desnuda de vegetación, con una pequeña hendidura que apenas se vislumbraba tras unos arbustos. Ésa era la puerta de entrada a su refugio; una cueva, estrecha al principio y que se iba ensanchando poco a poco, sin llegar a ser en ningún momento un espacio confortable, aunque sí protegido de las inclemencias del tiempo y, sobre todo, del ruido.
El hombre ha encendido una antorcha y la ha colgado en la pared, iluminando el espacio en penumbra. Le ha dado de comer al perro y luego se ha sentado delante de un pequeño hornillo. Me ha invitado con la mirada a imitarle y he tomado asiento sobre una manta en el suelo.
-Aquí estarás tranquilo, amigo; ese ruido hijoputa no puede entrar en esta cueva. Ya sé que no es el Ritz, pero ni falta que hace.
Se ha reído con una extraña mueca y a continuación ha sacado, de una pequeña trampilla en el suelo, un par de latas.
-Tengo de todo; ¿qué te apetece para comer, amigo? ¿Quieres echar un trago antes?
Mi silencio le ha mantenido imperturbable, pues ha elegido por mí la comida y me ha pasado una lata de cerveza.
-Pone que está caducada, pero tú no hagas caso, amigo, la cerveza está buena. Si no quieres, tengo una reserva de vino que no te la acabas.
Una carcajada y su primer trago a la cerveza han cortado de seco sus palabras. Me ha mirado de reojo, con cierta desconfianza, mientras bebía, pero en seguida ha seguido a lo suyo.
-Dame, dame, que caliente la comida. Hay que comer, amigo; los días son duros en la montaña. Suerte de Mus, porque si no me hubiese vuelto loco hace tiempo. Más aún, quiero decir.
Mi sonrisa forzada y mi silencio incómodo le han hecho pensar por un momento con los ojos cerrados. Luego, ha vuelto a mirarme, ahora de una forma más extraña todavía.
-Amigo, no serás marica, ¿no?
-¿Qué?
De esta manera hemos llegado a una pequeña pared de roca, prácticamente desnuda de vegetación, con una pequeña hendidura que apenas se vislumbraba tras unos arbustos. Ésa era la puerta de entrada a su refugio; una cueva, estrecha al principio y que se iba ensanchando poco a poco, sin llegar a ser en ningún momento un espacio confortable, aunque sí protegido de las inclemencias del tiempo y, sobre todo, del ruido.
El hombre ha encendido una antorcha y la ha colgado en la pared, iluminando el espacio en penumbra. Le ha dado de comer al perro y luego se ha sentado delante de un pequeño hornillo. Me ha invitado con la mirada a imitarle y he tomado asiento sobre una manta en el suelo.
-Aquí estarás tranquilo, amigo; ese ruido hijoputa no puede entrar en esta cueva. Ya sé que no es el Ritz, pero ni falta que hace.
Se ha reído con una extraña mueca y a continuación ha sacado, de una pequeña trampilla en el suelo, un par de latas.
-Tengo de todo; ¿qué te apetece para comer, amigo? ¿Quieres echar un trago antes?
Mi silencio le ha mantenido imperturbable, pues ha elegido por mí la comida y me ha pasado una lata de cerveza.
-Pone que está caducada, pero tú no hagas caso, amigo, la cerveza está buena. Si no quieres, tengo una reserva de vino que no te la acabas.
Una carcajada y su primer trago a la cerveza han cortado de seco sus palabras. Me ha mirado de reojo, con cierta desconfianza, mientras bebía, pero en seguida ha seguido a lo suyo.
-Dame, dame, que caliente la comida. Hay que comer, amigo; los días son duros en la montaña. Suerte de Mus, porque si no me hubiese vuelto loco hace tiempo. Más aún, quiero decir.
Mi sonrisa forzada y mi silencio incómodo le han hecho pensar por un momento con los ojos cerrados. Luego, ha vuelto a mirarme, ahora de una forma más extraña todavía.
-Amigo, no serás marica, ¿no?
-¿Qué?
lunes, 1 de junio de 2009
XXXIV. Tranquilo, tranquilo
-Tranquilo, tranquilo…
Una voz ronca ha precedido al chasquido de la piedra de un mechero. Por un instante, los pasos que se acercaban hacia el claro se han detenido, pero unos segundos después aparecía ante mí un hombre de unos cincuenta años, vestido con chándal y con una antigua y descolorida gorra de los Barcelona Dragons.
-Puedes bajar el arma; ni el perro ni yo vamos a hacerte nada. Además, no creo que con el seguro puesto puedas defenderte demasiado.
Parecía sacado de una antigua película del oeste; con la pierna derecha flexionada y apoyada en una roca, con el codo en la rodilla mientras fumaba y me miraba con las cejas muy juntas. Sin embargo, su vestimenta de táctel le delataba.
-¿A qué esperas, amigo? ¿Todavía crees que somos una amenaza? ¡Mus, ven aquí!
El perro me ha mirado con total indiferencia antes de darse tranquilamente media vuelta y avanzar al trote hacia el hombre del chándal.
-Si quieres venir conmigo, adelante; puedes pasar el tiempo que quieras en mi guarida. Tengo todo lo necesario para no pasar penurias.
Ante mi falta de reacción, todavía con la pistola apuntando al frente, el hombre ha girado en redondo y ha echado a andar. Cuando por fin me he visto solo, he bajado el arma y he dejado que se marchasen de mi cabeza los recuerdos del tiroteo a la salida del túnel. Unos segundos después he conseguido tranquilizarme y entonces he sentido de nuevo miedo por el final del día.
-¡Sigue en pie mi oferta! –he escuchado ya un poco a lo lejos.
He empezado a caminar casi sin darme cuenta, siguiendo la dirección que había tomado un minuto antes el hombre con el perro detrás. Al poco de adentrarme en el bosque, me lo he encontrado esperándome, apoyado en un árbol, con un nuevo cigarrillo entre los dedos.
-¿De dónde vienes, amigo?
Aunque formulado como una pregunta, ha sido sin duda una exigencia. Lo ha dicho de manera sombría mientras se quitaba la gorra y se rascaba la cabeza, teñida de rubio platino y con unas incipientes raíces negras.
Son grandes tiempos para la lírica.
Una voz ronca ha precedido al chasquido de la piedra de un mechero. Por un instante, los pasos que se acercaban hacia el claro se han detenido, pero unos segundos después aparecía ante mí un hombre de unos cincuenta años, vestido con chándal y con una antigua y descolorida gorra de los Barcelona Dragons.
-Puedes bajar el arma; ni el perro ni yo vamos a hacerte nada. Además, no creo que con el seguro puesto puedas defenderte demasiado.
Parecía sacado de una antigua película del oeste; con la pierna derecha flexionada y apoyada en una roca, con el codo en la rodilla mientras fumaba y me miraba con las cejas muy juntas. Sin embargo, su vestimenta de táctel le delataba.
-¿A qué esperas, amigo? ¿Todavía crees que somos una amenaza? ¡Mus, ven aquí!
El perro me ha mirado con total indiferencia antes de darse tranquilamente media vuelta y avanzar al trote hacia el hombre del chándal.
-Si quieres venir conmigo, adelante; puedes pasar el tiempo que quieras en mi guarida. Tengo todo lo necesario para no pasar penurias.
Ante mi falta de reacción, todavía con la pistola apuntando al frente, el hombre ha girado en redondo y ha echado a andar. Cuando por fin me he visto solo, he bajado el arma y he dejado que se marchasen de mi cabeza los recuerdos del tiroteo a la salida del túnel. Unos segundos después he conseguido tranquilizarme y entonces he sentido de nuevo miedo por el final del día.
-¡Sigue en pie mi oferta! –he escuchado ya un poco a lo lejos.
He empezado a caminar casi sin darme cuenta, siguiendo la dirección que había tomado un minuto antes el hombre con el perro detrás. Al poco de adentrarme en el bosque, me lo he encontrado esperándome, apoyado en un árbol, con un nuevo cigarrillo entre los dedos.
-¿De dónde vienes, amigo?
Aunque formulado como una pregunta, ha sido sin duda una exigencia. Lo ha dicho de manera sombría mientras se quitaba la gorra y se rascaba la cabeza, teñida de rubio platino y con unas incipientes raíces negras.
Son grandes tiempos para la lírica.
domingo, 17 de mayo de 2009
XXXIII. Un perro
La vereda que he tomado se convierte en intransitable en algunos tramos. En otros es casi una escalada que me obliga a agarrarme a piedras, raíces y cualquier elemento saliente del camino para no resbalar montaña abajo. Al rato he dado con lo que parecía una pista forestal, así que he decidido seguirla, pese a ver claramente que era el camino menos directo para llegar a la cima. Después de valorar la decisión durante unos minutos he pensado que quizá había sido lo más acertado, pues la velocidad con la que he caminado nada tenía que ver con los continuos traspiés de los primeros tramos de ascensión.
En cualquier caso, nada dura para siempre. El camino se cortaba un par de kilómetros más arriba y se convertía en una senda que se adentraba en los árboles. Tenía que seguir adelante, así que ni siquiera lo he pensado. Al poco, he llegado a un claro en el bosque, donde la luz del sol tenía que hacerse hueco entre las copas de los árboles para poder tocar unos pocos puntos en el suelo.
Me he sentado a descansar y he vuelto, por un momento, a antes del desastre. Pájaros posados en las ramas, una ligera brisa corriendo entre los troncos y el sol filtrándose en finos rayos para dotar a la escena de un bucolismo casi fuera de lugar. Pero las frases que uno escribe y que lleva en la cabeza son tozudas y se repiten en un bucle que parece no tener fin. Nada dura para siempre. Nada dura para siempre. Nada dura para siempre. Lo sé, ya lo sé.
He escuchado un ruido a mi espalda, un rumor de hojas pisadas que poco a poco se iba haciendo más claro al acercarse más rápido. Me he levantado de la piedra que había hecho mi sillón y me he dado la vuelta todo lo rápido que me ha sido posible.
Ahí estaba; un perro de raza indeterminada, grande, corpulento y, a juzgar por sus colmillos, que enseñaba amenazante, también peligroso. Siempre me dieron miedo los perros de tamaño considerable, pero sobre todo cuando no tenía a nadie más que defender sino a mí mismo. En otras situaciones, con alguien a mi lado, conseguía vencer ese miedo para hacer frente a la amenaza casi sin dudarlo. Evidentemente, no era éste el caso.
Ha ido avanzando lentamente hacia mí mientras gruñía entre dientes. He intentado sobreponerme, permanecer quieto y repeler la acometida, pero he aguantado sólo sus dos primeros pasos. Luego, he ido reculando marcha atrás paso a paso, a su mismo ritmo, hasta que he topado con la corteza rugosa del tronco de un pino. Me he quedado quieto y con los ojos entrecerrados, rezando secretamente para que el perro se olvidase de mí y pasara de largo, pero la situación no tenía visos de atender a mis deseos, así que he optado por abrir rápidamente la mochila en busca de la pistola.
El perro seguía avanzando y yo no era capaz de encontrar lo que buscaba, pero cuando por fin he tocado con la punta de los dedos el metal frío del cañón, se ha parado delante, ha gruñido de nuevo, ha mirado hacia atrás y otra vez me ha mirado, como si su intención fuese sólo vigilarme.
Las hojas han vuelto a crujir entre los árboles y he sacado la pistola rápida pero torpemente. No sabía si apuntar al perro o a la maleza más allá del claro.
En cualquier caso, nada dura para siempre. El camino se cortaba un par de kilómetros más arriba y se convertía en una senda que se adentraba en los árboles. Tenía que seguir adelante, así que ni siquiera lo he pensado. Al poco, he llegado a un claro en el bosque, donde la luz del sol tenía que hacerse hueco entre las copas de los árboles para poder tocar unos pocos puntos en el suelo.
Me he sentado a descansar y he vuelto, por un momento, a antes del desastre. Pájaros posados en las ramas, una ligera brisa corriendo entre los troncos y el sol filtrándose en finos rayos para dotar a la escena de un bucolismo casi fuera de lugar. Pero las frases que uno escribe y que lleva en la cabeza son tozudas y se repiten en un bucle que parece no tener fin. Nada dura para siempre. Nada dura para siempre. Nada dura para siempre. Lo sé, ya lo sé.
He escuchado un ruido a mi espalda, un rumor de hojas pisadas que poco a poco se iba haciendo más claro al acercarse más rápido. Me he levantado de la piedra que había hecho mi sillón y me he dado la vuelta todo lo rápido que me ha sido posible.
Ahí estaba; un perro de raza indeterminada, grande, corpulento y, a juzgar por sus colmillos, que enseñaba amenazante, también peligroso. Siempre me dieron miedo los perros de tamaño considerable, pero sobre todo cuando no tenía a nadie más que defender sino a mí mismo. En otras situaciones, con alguien a mi lado, conseguía vencer ese miedo para hacer frente a la amenaza casi sin dudarlo. Evidentemente, no era éste el caso.
Ha ido avanzando lentamente hacia mí mientras gruñía entre dientes. He intentado sobreponerme, permanecer quieto y repeler la acometida, pero he aguantado sólo sus dos primeros pasos. Luego, he ido reculando marcha atrás paso a paso, a su mismo ritmo, hasta que he topado con la corteza rugosa del tronco de un pino. Me he quedado quieto y con los ojos entrecerrados, rezando secretamente para que el perro se olvidase de mí y pasara de largo, pero la situación no tenía visos de atender a mis deseos, así que he optado por abrir rápidamente la mochila en busca de la pistola.
El perro seguía avanzando y yo no era capaz de encontrar lo que buscaba, pero cuando por fin he tocado con la punta de los dedos el metal frío del cañón, se ha parado delante, ha gruñido de nuevo, ha mirado hacia atrás y otra vez me ha mirado, como si su intención fuese sólo vigilarme.
Las hojas han vuelto a crujir entre los árboles y he sacado la pistola rápida pero torpemente. No sabía si apuntar al perro o a la maleza más allá del claro.
lunes, 11 de mayo de 2009
XXXII. Al pie de las montañas
Estoy sentado al pie de la montaña. Llevo dos horas caminando desde que me despedí y no estoy seguro de merecerme el descanso, pero aquí estoy escribiendo mientras me como unas galletas que metió Ángeles en mi bolsa. Ninguno de ellos compartía mis pensamientos sobre el día del desastre, pero tampoco les ha parecido nada extraño que los pueda tener. A fin de cuentas, ¿qué puede resultar hoy tan raro para sorprender a los que siguen sobreviviendo?
Resumiendo las ganancias de esta mañana: las galletas que Ángeles tuvo a bien hornear, cuatro bolígrafos para estrenar y las palabras de Maya mientras me alejaba, escaleras abajo: “espero volver a verte”. He pensado que yo también, pero no lo he dicho en voz alta; me he limitado a sonreír mientras me despedía con la mano.
El camino que me ha llevado a las montañas que separan la costa del interior ha sido, más o menos, como el que había visto hasta ahora, pero no por ello deja de ser un desánimo constante; edificios en ruinas, el viento silbando en los rincones y el polvo suspendido que flota para recordarte que la ciudad de turno es, precisamente, eso. Y sin rastro de personas que doten de vida las calles. Es una sensación a la que me cuesta acostumbrarme, caminar y caminar sin escuchar una voz. Compraría ahora mismo un kilo de palabras y cien gramos de palmadas en la espalda. Ojalá fuese así de fácil.
Estoy dudando si empezar a fumar. Tengo en la mochila un paquete de Camel que cogí porque pensé que podía serme útil. Nunca se sabe si un pitillo puede salvarte la vida en un momento en lugar de quitártela poco a poco. No, de momento no empezaré. Ya veremos más adelante. Si hay más adelante, claro.
Dos minutos más y sigo mi marcha hacia la montaña. No sé cuál es el camino más corto ni si podré encontrar refugio, pero así va a ser el resto de mi vida, así que mejor que trate de irme acostumbrando.
Con el último bocado a las galletas me he puesto a pensar en Claudia, pero a quien echo de menos ahora es a Maya. Parece increíble cómo se puede ser tan voluble, pero qué importancia tiene, a fin de cuentas. Dudo que vuelva a ver a alguna de las dos alguna vez, así que debería pensar en la próxima mujer que se cruce en mi camino, no en las que ya lo hicieron. ¿Y fueron muchas o pocas? Qué más da, claro. Si el amor mueve el mundo, ¿qué me mueve a mí? ¿O es que ya no lo mueve? ¿O es que nunca lo hizo?
Tiene gracia si lo que movía en realidad el mundo era el dinero, porque ahora no vale para nada. Sin embargo, ojalá tuviese ahora una maleta llena de billetes. Es mucho más fácil encender una hoguera.
Un paso y otro y otro y otro. Voy. Y eso es suficiente, de momento.
Resumiendo las ganancias de esta mañana: las galletas que Ángeles tuvo a bien hornear, cuatro bolígrafos para estrenar y las palabras de Maya mientras me alejaba, escaleras abajo: “espero volver a verte”. He pensado que yo también, pero no lo he dicho en voz alta; me he limitado a sonreír mientras me despedía con la mano.
El camino que me ha llevado a las montañas que separan la costa del interior ha sido, más o menos, como el que había visto hasta ahora, pero no por ello deja de ser un desánimo constante; edificios en ruinas, el viento silbando en los rincones y el polvo suspendido que flota para recordarte que la ciudad de turno es, precisamente, eso. Y sin rastro de personas que doten de vida las calles. Es una sensación a la que me cuesta acostumbrarme, caminar y caminar sin escuchar una voz. Compraría ahora mismo un kilo de palabras y cien gramos de palmadas en la espalda. Ojalá fuese así de fácil.
Estoy dudando si empezar a fumar. Tengo en la mochila un paquete de Camel que cogí porque pensé que podía serme útil. Nunca se sabe si un pitillo puede salvarte la vida en un momento en lugar de quitártela poco a poco. No, de momento no empezaré. Ya veremos más adelante. Si hay más adelante, claro.
Dos minutos más y sigo mi marcha hacia la montaña. No sé cuál es el camino más corto ni si podré encontrar refugio, pero así va a ser el resto de mi vida, así que mejor que trate de irme acostumbrando.
Con el último bocado a las galletas me he puesto a pensar en Claudia, pero a quien echo de menos ahora es a Maya. Parece increíble cómo se puede ser tan voluble, pero qué importancia tiene, a fin de cuentas. Dudo que vuelva a ver a alguna de las dos alguna vez, así que debería pensar en la próxima mujer que se cruce en mi camino, no en las que ya lo hicieron. ¿Y fueron muchas o pocas? Qué más da, claro. Si el amor mueve el mundo, ¿qué me mueve a mí? ¿O es que ya no lo mueve? ¿O es que nunca lo hizo?
Tiene gracia si lo que movía en realidad el mundo era el dinero, porque ahora no vale para nada. Sin embargo, ojalá tuviese ahora una maleta llena de billetes. Es mucho más fácil encender una hoguera.
Un paso y otro y otro y otro. Voy. Y eso es suficiente, de momento.
domingo, 3 de mayo de 2009
XXXI. 9 de octubre
A veces, por fortuna, los sueños cambian. No es lo habitual en mi caso, pues el mismo se viene repitiendo indefectiblemente cada vez que cierro los ojos. Sin embargo, esta noche, RQ me ha dejado descansar y quizá haya sido precisamente eso lo que ha hecho que me despertase. Con la sala en silencio, sólo roto por la respiración desigual de las personas que duermen a mi alrededor y por el ruido que intenta filtrarse por la puerta, me he sentido más solo que nunca y, sin embargo, más esperanzado que cualquier otro día desde el desastre.
Intento no pensar demasiado en aquel 9 de octubre, en aquella tarde en la que todo lo que fue dejó de ser. A veces, por supuesto, es imposible abstraerse por completo y las imágenes van cobrando forma poco a poco hasta que te encuentras integrado en la secuencia que acabó con prácticamente todo, con prácticamente todos.
Y, la verdad, ahora que lo pienso, todo lo que fue pasando a lo largo de la mañana y de las primeras horas de la tarde de aquel día adquiere un nuevo sentido que antes no veía por ningún lado. Quizá es la perspectiva que tengo ahora de unos hechos que pasaron hace meses y que dejaron huellas insondables en las retinas de todos los supervivientes, pero me parece ver que lo que pasó todo el mundo lo sabía. Recuerdo cada conversación que tuve ese 9 de octubre, cada sonrisa que me regalaron, cada llamada de teléfono. Y esa desazón constante flotando en el ambiente desde que salí de la cama. El tono de las conversaciones, las palabras dichas o guardadas, los gestos de cada persona; todos parecíamos saber que serían los últimos.
Derramo lágrimas al acordarme; cuántos “ya nos veremos”, “hasta luego”, “que vaya bien” y, sobre todo, los abrazos recibidos a través del teléfono. ¿Por qué llamaría mi madre aquel día? ¿Qué significaban sus palabras? Las llevo grabadas a fuego: “las carreteras no van a ningún lado, la gente va y no sabe dónde, hay algo extraño y no sé decirte qué es, la gente va y parece que vuelve”. Lo dijo asomada en el balcón, mientras observaba la caravana interminable de coches que atravesaban la carretera del pueblo. No podía tener más razón, no tenía ninguna explicación aquella aglomeración repentina donde nunca antes había habido ninguna. Pero la gente no decía nada; parecía que todo el mundo sabía algo que no quería compartir.
Me da miedo cuando pienso que, en realidad, a nadie le extrañó lo que pasó, porque parecía que todos lo supiésemos. Antes de irme, mañana, tengo que preguntarles qué opinan al respecto.
Echo tanto de menos a los que no están, todos en mi caso, que hasta ahora no me había atrevido a ponerlo sobre el papel. Parece que el ruido se va retirando poco a poco ahí fuera, así que la hora de marcharme está cerca. Creo recordar que había una película con este título:
Amanece, que no es poco.
Intento no pensar demasiado en aquel 9 de octubre, en aquella tarde en la que todo lo que fue dejó de ser. A veces, por supuesto, es imposible abstraerse por completo y las imágenes van cobrando forma poco a poco hasta que te encuentras integrado en la secuencia que acabó con prácticamente todo, con prácticamente todos.
Y, la verdad, ahora que lo pienso, todo lo que fue pasando a lo largo de la mañana y de las primeras horas de la tarde de aquel día adquiere un nuevo sentido que antes no veía por ningún lado. Quizá es la perspectiva que tengo ahora de unos hechos que pasaron hace meses y que dejaron huellas insondables en las retinas de todos los supervivientes, pero me parece ver que lo que pasó todo el mundo lo sabía. Recuerdo cada conversación que tuve ese 9 de octubre, cada sonrisa que me regalaron, cada llamada de teléfono. Y esa desazón constante flotando en el ambiente desde que salí de la cama. El tono de las conversaciones, las palabras dichas o guardadas, los gestos de cada persona; todos parecíamos saber que serían los últimos.
Derramo lágrimas al acordarme; cuántos “ya nos veremos”, “hasta luego”, “que vaya bien” y, sobre todo, los abrazos recibidos a través del teléfono. ¿Por qué llamaría mi madre aquel día? ¿Qué significaban sus palabras? Las llevo grabadas a fuego: “las carreteras no van a ningún lado, la gente va y no sabe dónde, hay algo extraño y no sé decirte qué es, la gente va y parece que vuelve”. Lo dijo asomada en el balcón, mientras observaba la caravana interminable de coches que atravesaban la carretera del pueblo. No podía tener más razón, no tenía ninguna explicación aquella aglomeración repentina donde nunca antes había habido ninguna. Pero la gente no decía nada; parecía que todo el mundo sabía algo que no quería compartir.
Me da miedo cuando pienso que, en realidad, a nadie le extrañó lo que pasó, porque parecía que todos lo supiésemos. Antes de irme, mañana, tengo que preguntarles qué opinan al respecto.
Echo tanto de menos a los que no están, todos en mi caso, que hasta ahora no me había atrevido a ponerlo sobre el papel. Parece que el ruido se va retirando poco a poco ahí fuera, así que la hora de marcharme está cerca. Creo recordar que había una película con este título:
Amanece, que no es poco.
martes, 28 de abril de 2009
XXX. Cambio de rumbo
-Verás, hace algún tiempo pasaron por aquí unos informadores. O eso al menos decían ellos… Yo, la verdad, no estoy seguro de qué eran realmente. Así se lo dije a mi madre y a Maya, ellas lo saben. En fin, como me parecieron inofensivos les dejé pasar aquí la noche. Hablamos largo y tendido y salió el nombre de RQ a relucir. No sé qué decirte, tampoco dijeron mucho…
Los tres se han mirado, no sé si guardando información o dando por sentado que eso era todo. Lo reconozco, soy malísimo interpretando gestos. Cada vez me doy más cuenta.
-Nos habló de ella una chica –ha intervenido Maya-. Eran tres, dos hombres y una chica. Nos lo dijo como de pasada, tampoco dándole mucha importancia. Estábamos hablando de cuentos, de leyendas, no sé, de historias varias.
Manuel y Ángeles han asentido en silencio a todas y cada una de sus palabras.
-Nos explicó que era un rumor que se estaba expandiendo muy rápido por el interior y que apenas había llegado a la costa, por donde ellos viajaban desde hacía días. Dicen que puede salir por la noche.
Entonces ha vuelto el silencio. El mío, porque no había obtenido ninguna información relevante nueva. El de ellos, esperando mi reacción, mis palabras. Poco a poco, sin embargo, he visto que me estaba quitando de encima muchos kilómetros de búsqueda si no debía caminar por la costa. He decidido, en ese preciso momento, ir hacia el interior, pues parecía lo más lógico a tenor de sus palabras, fueran ciertas o no. Tengo que cruzar las montañas y llegar a donde quiera que sea ese interior donde está RQ.
-Os doy las gracias por todo, de verdad. Mañana con el alba me marcharé.
-No hace falta que te marches tan rápido –ha contestado Manuel.
-Lo sé, lo sé, pero es algo que no está en mi mano decidir. Ojalá lo estuviese, pero hay una fuerza que no controlo y que hace que me mueva, no sé si con sentido o sin él. Espero poder volver a veros algún día y explicároslo.
Me ha parecido, en un primer momento, verles tristes por mi partida, pero en seguida han vuelto a sus quehaceres habituales y no me han prestado demasiada atención hasta bien entrada la tarde, cuando las puertas se han cerrado y nos hemos puesto a cenar.
Mañana sigo mi camino. ¿O es el de otro? Quién sabe. Yo, desde luego, no. Lo único que veo claro ahora mismo es que necesito otro boli para seguir escribiendo. Les preguntaré si me pueden prestar uno. Cuando escribo, mis miedos menguan; la realidad, dolorosa y punzante, parece otra cuando la veo en el cada vez menos blanco del papel de mi libreta. Soy un superviviente y no quiero dejar de serlo. Ahora, tengo sueño.
Los tres se han mirado, no sé si guardando información o dando por sentado que eso era todo. Lo reconozco, soy malísimo interpretando gestos. Cada vez me doy más cuenta.
-Nos habló de ella una chica –ha intervenido Maya-. Eran tres, dos hombres y una chica. Nos lo dijo como de pasada, tampoco dándole mucha importancia. Estábamos hablando de cuentos, de leyendas, no sé, de historias varias.
Manuel y Ángeles han asentido en silencio a todas y cada una de sus palabras.
-Nos explicó que era un rumor que se estaba expandiendo muy rápido por el interior y que apenas había llegado a la costa, por donde ellos viajaban desde hacía días. Dicen que puede salir por la noche.
Entonces ha vuelto el silencio. El mío, porque no había obtenido ninguna información relevante nueva. El de ellos, esperando mi reacción, mis palabras. Poco a poco, sin embargo, he visto que me estaba quitando de encima muchos kilómetros de búsqueda si no debía caminar por la costa. He decidido, en ese preciso momento, ir hacia el interior, pues parecía lo más lógico a tenor de sus palabras, fueran ciertas o no. Tengo que cruzar las montañas y llegar a donde quiera que sea ese interior donde está RQ.
-Os doy las gracias por todo, de verdad. Mañana con el alba me marcharé.
-No hace falta que te marches tan rápido –ha contestado Manuel.
-Lo sé, lo sé, pero es algo que no está en mi mano decidir. Ojalá lo estuviese, pero hay una fuerza que no controlo y que hace que me mueva, no sé si con sentido o sin él. Espero poder volver a veros algún día y explicároslo.
Me ha parecido, en un primer momento, verles tristes por mi partida, pero en seguida han vuelto a sus quehaceres habituales y no me han prestado demasiada atención hasta bien entrada la tarde, cuando las puertas se han cerrado y nos hemos puesto a cenar.
Mañana sigo mi camino. ¿O es el de otro? Quién sabe. Yo, desde luego, no. Lo único que veo claro ahora mismo es que necesito otro boli para seguir escribiendo. Les preguntaré si me pueden prestar uno. Cuando escribo, mis miedos menguan; la realidad, dolorosa y punzante, parece otra cuando la veo en el cada vez menos blanco del papel de mi libreta. Soy un superviviente y no quiero dejar de serlo. Ahora, tengo sueño.
viernes, 17 de abril de 2009
XXIX. Despertar fuera de la estación
Me han despertado las carreras de los dos niños por la pista de baile y los vanos intentos de Ángeles para que no hicieran ruido. Cuando por fin he podido abrir los ojos sólo he les he visto a ellos tres, pero al poco ha aparecido Manuel por la escalera.
-¡Buenos días! ¿Has dormido bien?
Entre bostezos le he agradecido la oportunidad de pasar la noche con ellos y he contestado afirmativamente a su pregunta. Me ha explicado que cada mañana, con el alba, se levanta y va paseando hasta un huerto que se ha hecho a diez minutos tierra adentro.
-No es demasiado difícil encontrar semillas y ahora no hay que pelearse con nadie por las lindes del huerto. No como antes, que era un jaleo, sobre todo aquí…
Mientras desayunábamos, ha seguido explicando historias sobre el taxi y sus ratos muertos de cultivo en algún punto del extrarradio de Barcelona. Son admirables su vitalidad y buen humor, que no ha perdido ni un segundo desde que llegué ayer por la tarde. Se me antojaba imposible que alguien indujese constantemente energía positiva a los que le rodean ya antes del desastre, con lo que ahora no dejo de sorprenderme todavía más. Aprovechando un silencio de su hijo, Ángeles ha intervenido en la conversación.
-Ayer nos dijiste de dónde venías, pero no a dónde vas. ¿Podemos saberlo o es necesario que guardes el secreto?
Manuel la ha mirado sorprendido, instándola con la mirada a que no siguiese adelante, pero la pregunta ya estaba hecha. Tanto ella como Maya, recién levantada, han esbozado sendas sonrisas.
-No, no es ningún secreto. Una estupidez, quizás. Estoy buscando a alguien, pero no sé quién es ni dónde está. Sólo sé, o ni siquiera de eso estoy seguro, que debo encontrarle. Ni por qué ni para qué. Siento decirlo, pero no tengo más información.
-¿No sabes ni su nombre? –ha acabado preguntando Maya, tras unos segundos de silencio. Por un momento, me ha asaltado la esperanza de que tuviesen alguna pista de dónde encontrar a RQ.
-No… bueno, no lo sé. ¿Conocéis a alguien llamado RQ?
Los tres se han mirado, sin responderme, mientras los niños empezaban a repetir las dos letras persiguiéndose el uno al otro en pequeñas carreras por el interior de la discoteca.
Les he instado, con un leve movimiento de cejas, a que me respondiesen, pero he sentido un miedo frío y seco cuando Manuel ha comenzado a hablar.
-¡Buenos días! ¿Has dormido bien?
Entre bostezos le he agradecido la oportunidad de pasar la noche con ellos y he contestado afirmativamente a su pregunta. Me ha explicado que cada mañana, con el alba, se levanta y va paseando hasta un huerto que se ha hecho a diez minutos tierra adentro.
-No es demasiado difícil encontrar semillas y ahora no hay que pelearse con nadie por las lindes del huerto. No como antes, que era un jaleo, sobre todo aquí…
Mientras desayunábamos, ha seguido explicando historias sobre el taxi y sus ratos muertos de cultivo en algún punto del extrarradio de Barcelona. Son admirables su vitalidad y buen humor, que no ha perdido ni un segundo desde que llegué ayer por la tarde. Se me antojaba imposible que alguien indujese constantemente energía positiva a los que le rodean ya antes del desastre, con lo que ahora no dejo de sorprenderme todavía más. Aprovechando un silencio de su hijo, Ángeles ha intervenido en la conversación.
-Ayer nos dijiste de dónde venías, pero no a dónde vas. ¿Podemos saberlo o es necesario que guardes el secreto?
Manuel la ha mirado sorprendido, instándola con la mirada a que no siguiese adelante, pero la pregunta ya estaba hecha. Tanto ella como Maya, recién levantada, han esbozado sendas sonrisas.
-No, no es ningún secreto. Una estupidez, quizás. Estoy buscando a alguien, pero no sé quién es ni dónde está. Sólo sé, o ni siquiera de eso estoy seguro, que debo encontrarle. Ni por qué ni para qué. Siento decirlo, pero no tengo más información.
-¿No sabes ni su nombre? –ha acabado preguntando Maya, tras unos segundos de silencio. Por un momento, me ha asaltado la esperanza de que tuviesen alguna pista de dónde encontrar a RQ.
-No… bueno, no lo sé. ¿Conocéis a alguien llamado RQ?
Los tres se han mirado, sin responderme, mientras los niños empezaban a repetir las dos letras persiguiéndose el uno al otro en pequeñas carreras por el interior de la discoteca.
Les he instado, con un leve movimiento de cejas, a que me respondiesen, pero he sentido un miedo frío y seco cuando Manuel ha comenzado a hablar.
sábado, 11 de abril de 2009
XXVIII. Teorías
Manuel era taxista. Sigue siéndolo, me dice, aunque ya no tenga coche ni haya una sola carretera en buen estado. Por lo que he visto, tiene razón; no he podido encontrar un tramo sin destrozar de más de 200 metros. Explica no tan viejas historias de su trabajo que ahora, sin embargo, parecen perdidas en los albores del tiempo, como si estuviera inventando algo que pudo pasar o no hace cientos de años. Así son las cosas. Ángeles permanece en silencio, escuchando la conversación, y su mirada siempre se centra en quien está hablando en ese preciso instante. Maya hace unos minutos que ha ido a acostar a los dos niños.
Es la primera noche que paso fuera de la estación desde hace mucho tiempo, así que me encuentro un poco a contrapié. Pregunto si no hacen guardias por la noche y sus caras de sorpresa me confirman una sospecha que siempre tuve. Para qué.
Aquí abajo, con la puerta cerrada, sólo se oye el ruido cuando la conversación se para, así que intento rellenar los huecos con pequeñas afirmaciones o preguntas que en otro momento nunca hubiese hecho. Creo que se dan cuenta, pero no me dicen nada.
Maya ha vuelto y nos pide hablar más bajo. Los niños se han dormido. Cada poco, vuelve su mirada hacia las camas para comprobar que todo sigue bien, pero entra de repente en la conversación, no sé si porque ya ha dado su aprobación personal al sueño de los pequeños o por el tema que acaba de salir a colación.
-Fue difícil al principio, todo el mundo iba a ciegas y muchos murieron por ello. A nosotros nos salvó la prudencia.
-No acabo de saber cómo funciona. Sé que no podía entrar en la estación de metro donde nos resguardábamos.
-Si era profunda, no. –ha intervenido Maya- Tengo una teoría, pero puede que sólo sea eso, una teoría estúpida y que no se acerque lo más mínimo a la realidad. Quizá con lo que tú sabes y lo que sabemos nosotros pueda conocer si estoy o no equivocada.
Se han quedado callados, esperando que yo hablase, pero creo que me ha impulsado más el ligero rumor del ruido que sus miradas interrogantes.
-Sólo sé que en la parte de más abajo estábamos protegidos, pero que perdimos compañeros que estaban bajo techo un poco más arriba.
-¡Eso es! –me ha cortado Maya. Sus ojos, profundos de nuevo, indicaban claramente que acaba de confirmar su teoría con mis palabras- El ruido puede penetrar techos y paredes, pero sólo hasta cierto punto. Es por eso que aquí la roca nos protege. Es por eso que…
Y entonces su mirada se ha tornado sombría. No ha hecho falta que explicase nada más, porque cada uno tiene una historia, o cientos, de pérdida y desesperación. Porque las palabras que a unos les sobran, les faltan a otros. Me he sentido solo, desamparado y sin camino que seguir, pero esos ojos han recobrado la compostura en ese segundo de divagación que he tenido, por lo que no ha habido más remedio que seguir su ejemplo.
Es la historia de todos los días. A veces me pregunto si vale la pena que lo siga siendo.
Es la primera noche que paso fuera de la estación desde hace mucho tiempo, así que me encuentro un poco a contrapié. Pregunto si no hacen guardias por la noche y sus caras de sorpresa me confirman una sospecha que siempre tuve. Para qué.
Aquí abajo, con la puerta cerrada, sólo se oye el ruido cuando la conversación se para, así que intento rellenar los huecos con pequeñas afirmaciones o preguntas que en otro momento nunca hubiese hecho. Creo que se dan cuenta, pero no me dicen nada.
Maya ha vuelto y nos pide hablar más bajo. Los niños se han dormido. Cada poco, vuelve su mirada hacia las camas para comprobar que todo sigue bien, pero entra de repente en la conversación, no sé si porque ya ha dado su aprobación personal al sueño de los pequeños o por el tema que acaba de salir a colación.
-Fue difícil al principio, todo el mundo iba a ciegas y muchos murieron por ello. A nosotros nos salvó la prudencia.
-No acabo de saber cómo funciona. Sé que no podía entrar en la estación de metro donde nos resguardábamos.
-Si era profunda, no. –ha intervenido Maya- Tengo una teoría, pero puede que sólo sea eso, una teoría estúpida y que no se acerque lo más mínimo a la realidad. Quizá con lo que tú sabes y lo que sabemos nosotros pueda conocer si estoy o no equivocada.
Se han quedado callados, esperando que yo hablase, pero creo que me ha impulsado más el ligero rumor del ruido que sus miradas interrogantes.
-Sólo sé que en la parte de más abajo estábamos protegidos, pero que perdimos compañeros que estaban bajo techo un poco más arriba.
-¡Eso es! –me ha cortado Maya. Sus ojos, profundos de nuevo, indicaban claramente que acaba de confirmar su teoría con mis palabras- El ruido puede penetrar techos y paredes, pero sólo hasta cierto punto. Es por eso que aquí la roca nos protege. Es por eso que…
Y entonces su mirada se ha tornado sombría. No ha hecho falta que explicase nada más, porque cada uno tiene una historia, o cientos, de pérdida y desesperación. Porque las palabras que a unos les sobran, les faltan a otros. Me he sentido solo, desamparado y sin camino que seguir, pero esos ojos han recobrado la compostura en ese segundo de divagación que he tenido, por lo que no ha habido más remedio que seguir su ejemplo.
Es la historia de todos los días. A veces me pregunto si vale la pena que lo siga siendo.
martes, 7 de abril de 2009
XVII. La chica y la escopeta
Una vez llegaban a su punto más alto, donde había una puerta en la roca después de atravesar un pequeño porche con unas sillas, las escaleras bajaban de nuevo por el interior del acantilado. Un poco a tientas, y apoyándome en las paredes frías y húmedas, he ido bajando hasta dar con una gran sala que debió ser, sin duda, alguna discoteca de playa. Había algunas reformas hechas, pero podían verse claramente las barras y las botellas en las estanterías. Gran refugio, he pensado, pero pésima la seguridad de la discoteca. He tenido que sonreír ante estos pensamientos fuera de lugar. O, más que de lugar, de momento.
Me he encontrado cinco personas esperándome; la chica de la escopeta, que todavía no había soltado, el hombre que había visto en la escalera, una mujer bastante mayor y dos niños pequeños.
El hombre se ha acercado un poco y me ha ofrecido asiento con un gesto. He elegido un sofá que seguramente a principios de los ochenta ya estaría pasado de moda, pero donde ha sido reconfortante sentarme.
Todos me han imitado, menos uno de los niños, que ha permanecido de pie, observándome más con curiosidad que con desconfianza.
-No es habitual ver viajeros. Disculpe el recibimiento –ha empezado el hombre.
-No se preocupe. Todas las precauciones son pocas.
-¿De dónde viene, joven? –ha preguntado la señora. A la luz de las velas parecía aún mayor de lo que me había parecido en un primer momento.
-De Barcelona. De lo que queda de ella…
Durante la cena, he sabido que el hombre, Manuel, era hijo de la señora, Ángeles, y que no tenían parentesco ni con la chica ni con los dos niños. Como siempre, distintas carambolas les habían llevado a compartir un lugar para vivir. Para sobrevivir.
Mientras pensaba en lo maravilloso de conservar un familiar tan cercano, me he topado con los ojos de Maya, ése es su nombre, que por fin había dejado en un rincón su escopeta. En un primer momento, me he venido abajo, abrumado por una profundidad que no pensaba que ya nadie pudiese conservar. Una vez más, afortunadamente, me equivocaba. Ojos duros que se alejaban o acercaban a voluntad y que me escrutaban sin vacilar.
Tras unos segundos que me he dado de respiro, he vuelto a buscar su mirada, pero ya estaba puesta en Tom y Jerry, como llamaba a los dos niños. No me he atrevido a preguntar sus nombres reales, porque esos detalles a nadie le importan ya.
Entonces, sin previo aviso, claro, ha vuelto a mirarme y he conseguido no bajar los ojos de nuevo. La sonrisa que ha esbozado me ha dicho muchas cosas. La más importante, que hay motivos para seguir adelante. Nunca viene mal que te lo recuerden. Aunque sea por un momento.
Me he encontrado cinco personas esperándome; la chica de la escopeta, que todavía no había soltado, el hombre que había visto en la escalera, una mujer bastante mayor y dos niños pequeños.
El hombre se ha acercado un poco y me ha ofrecido asiento con un gesto. He elegido un sofá que seguramente a principios de los ochenta ya estaría pasado de moda, pero donde ha sido reconfortante sentarme.
Todos me han imitado, menos uno de los niños, que ha permanecido de pie, observándome más con curiosidad que con desconfianza.
-No es habitual ver viajeros. Disculpe el recibimiento –ha empezado el hombre.
-No se preocupe. Todas las precauciones son pocas.
-¿De dónde viene, joven? –ha preguntado la señora. A la luz de las velas parecía aún mayor de lo que me había parecido en un primer momento.
-De Barcelona. De lo que queda de ella…
Durante la cena, he sabido que el hombre, Manuel, era hijo de la señora, Ángeles, y que no tenían parentesco ni con la chica ni con los dos niños. Como siempre, distintas carambolas les habían llevado a compartir un lugar para vivir. Para sobrevivir.
Mientras pensaba en lo maravilloso de conservar un familiar tan cercano, me he topado con los ojos de Maya, ése es su nombre, que por fin había dejado en un rincón su escopeta. En un primer momento, me he venido abajo, abrumado por una profundidad que no pensaba que ya nadie pudiese conservar. Una vez más, afortunadamente, me equivocaba. Ojos duros que se alejaban o acercaban a voluntad y que me escrutaban sin vacilar.
Tras unos segundos que me he dado de respiro, he vuelto a buscar su mirada, pero ya estaba puesta en Tom y Jerry, como llamaba a los dos niños. No me he atrevido a preguntar sus nombres reales, porque esos detalles a nadie le importan ya.
Entonces, sin previo aviso, claro, ha vuelto a mirarme y he conseguido no bajar los ojos de nuevo. La sonrisa que ha esbozado me ha dicho muchas cosas. La más importante, que hay motivos para seguir adelante. Nunca viene mal que te lo recuerden. Aunque sea por un momento.
viernes, 3 de abril de 2009
XXVI. La escalera
Me he sentado, tratando de combatir mi desesperación escribiendo estas líneas en mi cuaderno. No he visto a nadie desde que salí esta mañana y eso no es buen síntoma. No lo es. Quizá una opción sería adentrarme en los escombros y buscar un sótano o un garaje que estén protegidos. No acabo de adivinar dónde estoy ni qué sitio es éste. Intento pensar en las horas que llevo caminadas, pero no tengo equivalente, no tengo referencias previas para comparar. Sólo veo edificios arrasados, coches destrozados, algún barco calcinado varado en la playa.
Me he levantado apresuradamente, temblando y culpándome por haber perdido unos minutos preciosos de búsqueda, y he echado a correr hacia unos acantilados de roca que veía al final de la playa.
Al llegar allí ya sabía que mi suerte había cambiado, para bien o para mal. Me he encontrado al pie de una escalera, no sé muy bien si recientemente construida o superviviente del desastre. Los escalones se adentraban en la roca y al final, en lo alto, en algún lugar que no veía desde abajo, se escuchaban varias voces tranquilas.
-¡Hola! –he gritado, sin atreverme a dar el primer paso escaleras arriba.
Las voces han cesado de inmediato. He esperado cerca de un minuto hasta que he visto aparecer un cañón de escopeta y, poco a poco, las manos que lo sostenían, la cara que me miraba desconfiada.
-¿Qué quieres?
Era una chica, con cara de pocos amigos, pero quizá no tan marcada como la que hubiese tenido yo en su lugar.
-Busco refugio para pasar la noche. Mañana seguiré mi camino.
-¿De dónde vienes?
Pero no me ha dado tiempo a contestar. Un hombre ha aparecido detrás de la chica y me ha hecho un gesto con la cabeza invitándome a subir, un segundo antes de que volviese a desaparecer. La chica le ha mirado sorprendida, sin dejar de apuntarme, y he visto cómo le pedía una explicación con la mirada. Entonces ha bajado el arma, me ha mirado con orgullo herido y la he perdido también de vista.
Me he apresurado escaleras arriba, dando gracias por saber que viviré, al menos, un día más.
sábado, 28 de marzo de 2009
XXV. Buena suerte
-Buena suerte, ve con cuidado –me dice Pau, mientras me estrecha la mano, pero sus ojos no expresan lo mismo. “Te vas porque quieres, así que la responsabilidad de lo que te pase será sólo tuya” es lo que entiendo, pero al final nunca estás seguro. De nada.
Cuando por fin tomé la decisión de marcharme me sentí liberado, así que entendí ese síntoma como una señal de que estaba haciendo lo acertado. Echaré de menos a personas que conozco desde hace no demasiado, a unos niños recién llegados que me han convencido de que hay que luchar para hacer de este desastre un espacio algo mejor. Todavía no sé cómo, pero estoy en camino. Uno incierto y peligroso, pero ahora mismo no tengo otro. Ojalá lo tenga algún día; ojalá lo tengamos todos.
Llevo agua y comida en la mochila, algo de ropa y una pistola que espero no tener que usar nunca. Una noche, durante la guardia, Rubén me dijo que él siempre llevaba encima la suya.
-Nunca sabes cuándo tendrás que dispararle a alguien o pegarte un tiro a ti mismo.
Aquella frase me estremeció en su momento y ahora resuena fría y metálica en mi cabeza; se ha quedado permanentemente en mi base de datos y sé con certeza que nunca más se irá. Por suerte, todavía conservo otras de antes del desastre, que me unen con ese pasado que ya no volverá, pero que me hizo ser como soy, para bien o para mal.
Me he despedido de todos personalmente. He intentado permanecer tranquilo, pero poco a poco me han ido fallando las fuerzas, especialmente con Claudia. Sin embargo, me voy con la sensación de haber mantenido el tipo dentro de mis posibilidades. He roto, al fin y al cabo, el pacto de permanecer juntos, pero no sé si notarán alguna diferencia cuando me haya ido. Todavía no tengo claro qué he podido aportar al grupo.
Son las ocho de la mañana. Hace un día fantástico para dejarlo todo atrás, una vez más. Salgo a la calle y comienzo a caminar entre los escombros. ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Dónde están la hoguera y la pared pintada? Si están sólo en mi cabeza éste va a ser mi enésimo fracaso, otra torpeza más propiciada por mi mal instinto. Pero ya estoy caminando y me dirijo a la costa, sin saber muy bien por qué.
Todavía estoy a tiempo de volver, me digo, después de pararme a descansar tras tres horas de marcha. Voy hacia el norte siguiendo la línea de costa, obsesionado con encontrar un refugio para pasar la noche, temeroso de no hallarlo y perder la vida por una corazonada. Miro los barcos hechos añicos en la playa, la carretera como un largo puzzle donde faltan numerosas piezas de asfalto, algunos pájaros a mi alrededor en busca de comida. No veo cómo sería posible empezar de cero con tantos trozos de realidad que te escupen a la cara cuando intentas evadirte, aunque sea mínimamente.
Otra vez estoy en marcha. Tengo margen para encontrarlo, pero voy a morirme si no doy con un agujero donde pasar la noche.
Cuando por fin tomé la decisión de marcharme me sentí liberado, así que entendí ese síntoma como una señal de que estaba haciendo lo acertado. Echaré de menos a personas que conozco desde hace no demasiado, a unos niños recién llegados que me han convencido de que hay que luchar para hacer de este desastre un espacio algo mejor. Todavía no sé cómo, pero estoy en camino. Uno incierto y peligroso, pero ahora mismo no tengo otro. Ojalá lo tenga algún día; ojalá lo tengamos todos.
Llevo agua y comida en la mochila, algo de ropa y una pistola que espero no tener que usar nunca. Una noche, durante la guardia, Rubén me dijo que él siempre llevaba encima la suya.
-Nunca sabes cuándo tendrás que dispararle a alguien o pegarte un tiro a ti mismo.
Aquella frase me estremeció en su momento y ahora resuena fría y metálica en mi cabeza; se ha quedado permanentemente en mi base de datos y sé con certeza que nunca más se irá. Por suerte, todavía conservo otras de antes del desastre, que me unen con ese pasado que ya no volverá, pero que me hizo ser como soy, para bien o para mal.
Me he despedido de todos personalmente. He intentado permanecer tranquilo, pero poco a poco me han ido fallando las fuerzas, especialmente con Claudia. Sin embargo, me voy con la sensación de haber mantenido el tipo dentro de mis posibilidades. He roto, al fin y al cabo, el pacto de permanecer juntos, pero no sé si notarán alguna diferencia cuando me haya ido. Todavía no tengo claro qué he podido aportar al grupo.
Son las ocho de la mañana. Hace un día fantástico para dejarlo todo atrás, una vez más. Salgo a la calle y comienzo a caminar entre los escombros. ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Dónde están la hoguera y la pared pintada? Si están sólo en mi cabeza éste va a ser mi enésimo fracaso, otra torpeza más propiciada por mi mal instinto. Pero ya estoy caminando y me dirijo a la costa, sin saber muy bien por qué.
Todavía estoy a tiempo de volver, me digo, después de pararme a descansar tras tres horas de marcha. Voy hacia el norte siguiendo la línea de costa, obsesionado con encontrar un refugio para pasar la noche, temeroso de no hallarlo y perder la vida por una corazonada. Miro los barcos hechos añicos en la playa, la carretera como un largo puzzle donde faltan numerosas piezas de asfalto, algunos pájaros a mi alrededor en busca de comida. No veo cómo sería posible empezar de cero con tantos trozos de realidad que te escupen a la cara cuando intentas evadirte, aunque sea mínimamente.
Otra vez estoy en marcha. Tengo margen para encontrarlo, pero voy a morirme si no doy con un agujero donde pasar la noche.
miércoles, 25 de marzo de 2009
XXIV. Sólo una respuesta
Ahora lo sé con certeza. Es una verdad hiriente, un jarro de agua fría perpetuo que va a durar mientras viva, que me perseguirá si intento escapar y que se sentará a mi lado a descansar cuando el camino se haga largo. No estoy preparado, nadie lo está, para saber vivir aquí y ahora. ¿Alguien lo aprenderá algún día? Me angustia la idea de saber que los que nazcan, si eso es posible, no habrán conocido otro mundo, otra realidad.
Miro a los nuevos niños del grupo, pero ya han dejado de serlo. Su historia puede ser parecida a la de todos nosotros. O totalmente diferente. Pero a mí no me importa, no me interesa conocerla. Están aquí y eso es lo que vale, lo que cuenta.
Se han lavado, han comido, se han vestido. Están jugando e intuyo que hace tiempo que no lo hacían. Pongamos que desde un 9 de octubre. Fiesta nacional, se acabó el colegio. Y todo lo demás.
Me superan los acontecimientos, cada vez más. Me lleno de rabia y no sé cómo combatirla, cómo darle salida. Necesito echar una cabezada. Diez minutos, sólo eso.
La noche. El vacío que llena sólo el ruido. Unas manos. ¿Son las mías? Me estoy mirando las manos. Cierro los puños, estiro los dedos a continuación. Miro a mi alrededor y veo edificios hechos añicos donde se reflejan sombras que provoca una hoguera. Tengo frío y acerco las manos al fuego. Presto atención, pero no oigo nada. Es extraño; sé que ahí está el ruido, pero no lo oigo. Y ahí están las caras de siempre, que pasan una tras otra. Pero esta vez la ruleta se detiene en una. “Estas manos no son tuyas”, acaba diciéndome.
Y, sin embargo, las veo como si fuesen las mías. Tiene razón. No son mis manos, no sé de quién son, pero el brazo derecho está ahora estirado hacia delante. El dedo índice señala hacia algún lugar, pero no puedo mirar, sólo soy capaz de ver ese dedo.
El ruido. La oscuridad. Trato de abrir los ojos, pero soy incapaz de conseguirlo. Oigo voces en el andén, pero estoy demasiado cerca, todavía no puedo regresar. No me pueden despertar aún, tengo que ver dónde apunta ese dedo y la única manera es abrir los ojos.
Lo veo de nuevo, ahí está, señalando. Sólo un poco más, un pequeño esfuerzo y lo conseguiré. La hoguera, las paredes, las sombras que danzan, un grafitti y, por supuesto, dos letras dibujadas en un muro de ladrillo.
Ahí están, ahí señala el dedo, ése es mi camino y no puede ser ningún otro. Tengo que buscar a RQ; ahora tengo la seguridad de que existe. Y no sé si me espera, pero necesito encontrar esa respuesta.
No necesito otras, pero sí ésta.
Miro a los nuevos niños del grupo, pero ya han dejado de serlo. Su historia puede ser parecida a la de todos nosotros. O totalmente diferente. Pero a mí no me importa, no me interesa conocerla. Están aquí y eso es lo que vale, lo que cuenta.
Se han lavado, han comido, se han vestido. Están jugando e intuyo que hace tiempo que no lo hacían. Pongamos que desde un 9 de octubre. Fiesta nacional, se acabó el colegio. Y todo lo demás.
Me superan los acontecimientos, cada vez más. Me lleno de rabia y no sé cómo combatirla, cómo darle salida. Necesito echar una cabezada. Diez minutos, sólo eso.
La noche. El vacío que llena sólo el ruido. Unas manos. ¿Son las mías? Me estoy mirando las manos. Cierro los puños, estiro los dedos a continuación. Miro a mi alrededor y veo edificios hechos añicos donde se reflejan sombras que provoca una hoguera. Tengo frío y acerco las manos al fuego. Presto atención, pero no oigo nada. Es extraño; sé que ahí está el ruido, pero no lo oigo. Y ahí están las caras de siempre, que pasan una tras otra. Pero esta vez la ruleta se detiene en una. “Estas manos no son tuyas”, acaba diciéndome.
Y, sin embargo, las veo como si fuesen las mías. Tiene razón. No son mis manos, no sé de quién son, pero el brazo derecho está ahora estirado hacia delante. El dedo índice señala hacia algún lugar, pero no puedo mirar, sólo soy capaz de ver ese dedo.
El ruido. La oscuridad. Trato de abrir los ojos, pero soy incapaz de conseguirlo. Oigo voces en el andén, pero estoy demasiado cerca, todavía no puedo regresar. No me pueden despertar aún, tengo que ver dónde apunta ese dedo y la única manera es abrir los ojos.
Lo veo de nuevo, ahí está, señalando. Sólo un poco más, un pequeño esfuerzo y lo conseguiré. La hoguera, las paredes, las sombras que danzan, un grafitti y, por supuesto, dos letras dibujadas en un muro de ladrillo.
Ahí están, ahí señala el dedo, ése es mi camino y no puede ser ningún otro. Tengo que buscar a RQ; ahora tengo la seguridad de que existe. Y no sé si me espera, pero necesito encontrar esa respuesta.
No necesito otras, pero sí ésta.
sábado, 21 de marzo de 2009
XXIII. Sonrisas borradas
Un rumor se acerca, pero no lo distingo bien. Miro el reloj y la noche queda lejos; no puede ser el ruido. No debería. Y, sin embargo, algo se acerca. Estoy medio tirado en mi colchón, solo en el andén, y me incorporo poco a poco, tratando de comprender la situación. De repente, me veo corriendo en dirección a las escaleras, pero el sonido sordo al que persigo me ha sorprendido por detrás. Un sonido que de repente y sin previo aviso, como no podía ser de otra forma, se ha convertido en un silencio cortante.
Me doy la vuelta y en las vías puedo contar, con el primer golpe de vista, unos 12 o 15 niños, haraposos y desnutridos. Me quedo inmóvil, sin saber muy bien cómo reaccionar, tratando de sopesar cuál debe ser mi mejor opción en ese preciso instante. Entonces, todo queda aclarado de repente. Entre la treintena de ojos que me miran con tristeza y cierto desamparo escucho una leve tos, una carraspera que me transporta de inmediato a la siguiente estación, a los cartones y el precario muro.
Uno de los niños se adelanta un paso, vacilante, mirando a los demás y empujado por sus caras serias.
-¡Señor! –me grita.
Pero no puedo dejar de mirarlos. Sus caras sucias, llenas de churretes, sus manos nerviosas y sus piernas cansadas. Sus sonrisas borradas para siempre.
-¿Señor? –insiste.
Entonces veo su historia pasar por delante, en cada gesto. Cada vez que respiran y se callan las palabras que no deberían.
-Señor… -vuelve a decir, casi en un susurro- tenemos hambre…
-Pero… qué demonios…
Rubén y Miquel acaban de entrar en la estación y se quedan a mi lado, contemplando extrañados la escena. Los cuatro niños del grupo, que venían con ellos, no se atreven a bajar los últimos peldaños.
-Señor, por favor, nosotros…
-Bienvenidos a casa –le interrumpe finalmente Miquel, que ha bajado apresurado a las vías.
Me doy la vuelta y en las vías puedo contar, con el primer golpe de vista, unos 12 o 15 niños, haraposos y desnutridos. Me quedo inmóvil, sin saber muy bien cómo reaccionar, tratando de sopesar cuál debe ser mi mejor opción en ese preciso instante. Entonces, todo queda aclarado de repente. Entre la treintena de ojos que me miran con tristeza y cierto desamparo escucho una leve tos, una carraspera que me transporta de inmediato a la siguiente estación, a los cartones y el precario muro.
Uno de los niños se adelanta un paso, vacilante, mirando a los demás y empujado por sus caras serias.
-¡Señor! –me grita.
Pero no puedo dejar de mirarlos. Sus caras sucias, llenas de churretes, sus manos nerviosas y sus piernas cansadas. Sus sonrisas borradas para siempre.
-¿Señor? –insiste.
Entonces veo su historia pasar por delante, en cada gesto. Cada vez que respiran y se callan las palabras que no deberían.
-Señor… -vuelve a decir, casi en un susurro- tenemos hambre…
-Pero… qué demonios…
Rubén y Miquel acaban de entrar en la estación y se quedan a mi lado, contemplando extrañados la escena. Los cuatro niños del grupo, que venían con ellos, no se atreven a bajar los últimos peldaños.
-Señor, por favor, nosotros…
-Bienvenidos a casa –le interrumpe finalmente Miquel, que ha bajado apresurado a las vías.
miércoles, 18 de marzo de 2009
XXII. Pequeños finales
Todo tiene un final, está claro. Que nos lo digan a nosotros, que hemos visto cómo acababa todo cuanto conocíamos y morían todos aquellos que estaban a nuestro alrededor. Sí, tenemos un máster en finales. Hay días que pienso que estoy totalmente inmunizado contra el dolor, que nada me puede herir ya. Pero no es verdad; cada persona del grupo que hemos perdido ha sido una punzada que sé que no se va a marchar nunca. Sólo se va sumando a las que ya había. Y, tengo que decirlo, parece que hay espacio para muchas.
Otras veces creo que no puedo tener miedo, ya no, después de todos los obstáculos que hemos tenido que sortear sólo para sobrevivir. En fin, retiro lo de “sólo para sobrevivir”, porque a día de hoy es lo único que nos podemos permitir. Sin embargo, cuando llega el anochecer, tiemblo de miedo, porque nunca podemos estar al cien por cien seguros de que el ruido no va a venir a por nosotros. Hasta ahora no ha pasado, pero hace días que he dejado de descartar opciones; creo que cualquier giro es posible, para bien o para mal. No, en realidad los giros para bien no suelo contemplarlos en mis pensamientos; me parecen algo lejano y banal.
Por supuesto, todo el mundo tiene miedo a perder lo que tiene, por poco que sea. Y si lo pierde, eso le causa dolor.
Y cuando escuchaba las palabras de Claudia, pensadas y cuidadas, pronunciadas con tacto, con deferencia, casi con ternura, he sabido que tenía miedo de que ese momento llegara, aunque no fuese consciente, aunque no lo hubiese pensado previamente. Y al acabar, cuando me ha preguntado si estaba bien, cuando ha pedido que la perdonase, cuando se ha levantado después de darme un beso en la mejilla, cuando se alejaba por el andén hacia las escaleras, cuando ya sabía que estaba fuera, he sentido una punzada. Primero leve, luego ya no tanto.
Busco en mi memoria algunos versos que me acerquen a aquellos que pasaron tiempo antes por lo mismo, pero desisto al instante. La situación es tan extraña, la estación vacía tan lánguida, que tendría que inventarlos. No lo voy a hacer y, aunque fuese capaz, nunca los escribiría en este cuaderno.
No soy poeta.
Tengo frío y miedo.
Y demasiado tiempo para pensar.
Otras veces creo que no puedo tener miedo, ya no, después de todos los obstáculos que hemos tenido que sortear sólo para sobrevivir. En fin, retiro lo de “sólo para sobrevivir”, porque a día de hoy es lo único que nos podemos permitir. Sin embargo, cuando llega el anochecer, tiemblo de miedo, porque nunca podemos estar al cien por cien seguros de que el ruido no va a venir a por nosotros. Hasta ahora no ha pasado, pero hace días que he dejado de descartar opciones; creo que cualquier giro es posible, para bien o para mal. No, en realidad los giros para bien no suelo contemplarlos en mis pensamientos; me parecen algo lejano y banal.
Por supuesto, todo el mundo tiene miedo a perder lo que tiene, por poco que sea. Y si lo pierde, eso le causa dolor.
Y cuando escuchaba las palabras de Claudia, pensadas y cuidadas, pronunciadas con tacto, con deferencia, casi con ternura, he sabido que tenía miedo de que ese momento llegara, aunque no fuese consciente, aunque no lo hubiese pensado previamente. Y al acabar, cuando me ha preguntado si estaba bien, cuando ha pedido que la perdonase, cuando se ha levantado después de darme un beso en la mejilla, cuando se alejaba por el andén hacia las escaleras, cuando ya sabía que estaba fuera, he sentido una punzada. Primero leve, luego ya no tanto.
Busco en mi memoria algunos versos que me acerquen a aquellos que pasaron tiempo antes por lo mismo, pero desisto al instante. La situación es tan extraña, la estación vacía tan lánguida, que tendría que inventarlos. No lo voy a hacer y, aunque fuese capaz, nunca los escribiría en este cuaderno.
No soy poeta.
Tengo frío y miedo.
Y demasiado tiempo para pensar.
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