domingo, 17 de mayo de 2009

XXXIII. Un perro

La vereda que he tomado se convierte en intransitable en algunos tramos. En otros es casi una escalada que me obliga a agarrarme a piedras, raíces y cualquier elemento saliente del camino para no resbalar montaña abajo. Al rato he dado con lo que parecía una pista forestal, así que he decidido seguirla, pese a ver claramente que era el camino menos directo para llegar a la cima. Después de valorar la decisión durante unos minutos he pensado que quizá había sido lo más acertado, pues la velocidad con la que he caminado nada tenía que ver con los continuos traspiés de los primeros tramos de ascensión.

En cualquier caso, nada dura para siempre. El camino se cortaba un par de kilómetros más arriba y se convertía en una senda que se adentraba en los árboles. Tenía que seguir adelante, así que ni siquiera lo he pensado. Al poco, he llegado a un claro en el bosque, donde la luz del sol tenía que hacerse hueco entre las copas de los árboles para poder tocar unos pocos puntos en el suelo.

Me he sentado a descansar y he vuelto, por un momento, a antes del desastre. Pájaros posados en las ramas, una ligera brisa corriendo entre los troncos y el sol filtrándose en finos rayos para dotar a la escena de un bucolismo casi fuera de lugar. Pero las frases que uno escribe y que lleva en la cabeza son tozudas y se repiten en un bucle que parece no tener fin. Nada dura para siempre. Nada dura para siempre. Nada dura para siempre. Lo sé, ya lo sé.

He escuchado un ruido a mi espalda, un rumor de hojas pisadas que poco a poco se iba haciendo más claro al acercarse más rápido. Me he levantado de la piedra que había hecho mi sillón y me he dado la vuelta todo lo rápido que me ha sido posible.

Ahí estaba; un perro de raza indeterminada, grande, corpulento y, a juzgar por sus colmillos, que enseñaba amenazante, también peligroso. Siempre me dieron miedo los perros de tamaño considerable, pero sobre todo cuando no tenía a nadie más que defender sino a mí mismo. En otras situaciones, con alguien a mi lado, conseguía vencer ese miedo para hacer frente a la amenaza casi sin dudarlo. Evidentemente, no era éste el caso.

Ha ido avanzando lentamente hacia mí mientras gruñía entre dientes. He intentado sobreponerme, permanecer quieto y repeler la acometida, pero he aguantado sólo sus dos primeros pasos. Luego, he ido reculando marcha atrás paso a paso, a su mismo ritmo, hasta que he topado con la corteza rugosa del tronco de un pino. Me he quedado quieto y con los ojos entrecerrados, rezando secretamente para que el perro se olvidase de mí y pasara de largo, pero la situación no tenía visos de atender a mis deseos, así que he optado por abrir rápidamente la mochila en busca de la pistola.

El perro seguía avanzando y yo no era capaz de encontrar lo que buscaba, pero cuando por fin he tocado con la punta de los dedos el metal frío del cañón, se ha parado delante, ha gruñido de nuevo, ha mirado hacia atrás y otra vez me ha mirado, como si su intención fuese sólo vigilarme.

Las hojas han vuelto a crujir entre los árboles y he sacado la pistola rápida pero torpemente. No sabía si apuntar al perro o a la maleza más allá del claro.

lunes, 11 de mayo de 2009

XXXII. Al pie de las montañas

Estoy sentado al pie de la montaña. Llevo dos horas caminando desde que me despedí y no estoy seguro de merecerme el descanso, pero aquí estoy escribiendo mientras me como unas galletas que metió Ángeles en mi bolsa. Ninguno de ellos compartía mis pensamientos sobre el día del desastre, pero tampoco les ha parecido nada extraño que los pueda tener. A fin de cuentas, ¿qué puede resultar hoy tan raro para sorprender a los que siguen sobreviviendo?

Resumiendo las ganancias de esta mañana: las galletas que Ángeles tuvo a bien hornear, cuatro bolígrafos para estrenar y las palabras de Maya mientras me alejaba, escaleras abajo: “espero volver a verte”. He pensado que yo también, pero no lo he dicho en voz alta; me he limitado a sonreír mientras me despedía con la mano.

El camino que me ha llevado a las montañas que separan la costa del interior ha sido, más o menos, como el que había visto hasta ahora, pero no por ello deja de ser un desánimo constante; edificios en ruinas, el viento silbando en los rincones y el polvo suspendido que flota para recordarte que la ciudad de turno es, precisamente, eso. Y sin rastro de personas que doten de vida las calles. Es una sensación a la que me cuesta acostumbrarme, caminar y caminar sin escuchar una voz. Compraría ahora mismo un kilo de palabras y cien gramos de palmadas en la espalda. Ojalá fuese así de fácil.

Estoy dudando si empezar a fumar. Tengo en la mochila un paquete de Camel que cogí porque pensé que podía serme útil. Nunca se sabe si un pitillo puede salvarte la vida en un momento en lugar de quitártela poco a poco. No, de momento no empezaré. Ya veremos más adelante. Si hay más adelante, claro.

Dos minutos más y sigo mi marcha hacia la montaña. No sé cuál es el camino más corto ni si podré encontrar refugio, pero así va a ser el resto de mi vida, así que mejor que trate de irme acostumbrando.

Con el último bocado a las galletas me he puesto a pensar en Claudia, pero a quien echo de menos ahora es a Maya. Parece increíble cómo se puede ser tan voluble, pero qué importancia tiene, a fin de cuentas. Dudo que vuelva a ver a alguna de las dos alguna vez, así que debería pensar en la próxima mujer que se cruce en mi camino, no en las que ya lo hicieron. ¿Y fueron muchas o pocas? Qué más da, claro. Si el amor mueve el mundo, ¿qué me mueve a mí? ¿O es que ya no lo mueve? ¿O es que nunca lo hizo?

Tiene gracia si lo que movía en realidad el mundo era el dinero, porque ahora no vale para nada. Sin embargo, ojalá tuviese ahora una maleta llena de billetes. Es mucho más fácil encender una hoguera.

Un paso y otro y otro y otro. Voy. Y eso es suficiente, de momento.

domingo, 3 de mayo de 2009

XXXI. 9 de octubre

A veces, por fortuna, los sueños cambian. No es lo habitual en mi caso, pues el mismo se viene repitiendo indefectiblemente cada vez que cierro los ojos. Sin embargo, esta noche, RQ me ha dejado descansar y quizá haya sido precisamente eso lo que ha hecho que me despertase. Con la sala en silencio, sólo roto por la respiración desigual de las personas que duermen a mi alrededor y por el ruido que intenta filtrarse por la puerta, me he sentido más solo que nunca y, sin embargo, más esperanzado que cualquier otro día desde el desastre.

Intento no pensar demasiado en aquel 9 de octubre, en aquella tarde en la que todo lo que fue dejó de ser. A veces, por supuesto, es imposible abstraerse por completo y las imágenes van cobrando forma poco a poco hasta que te encuentras integrado en la secuencia que acabó con prácticamente todo, con prácticamente todos.

Y, la verdad, ahora que lo pienso, todo lo que fue pasando a lo largo de la mañana y de las primeras horas de la tarde de aquel día adquiere un nuevo sentido que antes no veía por ningún lado. Quizá es la perspectiva que tengo ahora de unos hechos que pasaron hace meses y que dejaron huellas insondables en las retinas de todos los supervivientes, pero me parece ver que lo que pasó todo el mundo lo sabía. Recuerdo cada conversación que tuve ese 9 de octubre, cada sonrisa que me regalaron, cada llamada de teléfono. Y esa desazón constante flotando en el ambiente desde que salí de la cama. El tono de las conversaciones, las palabras dichas o guardadas, los gestos de cada persona; todos parecíamos saber que serían los últimos.

Derramo lágrimas al acordarme; cuántos “ya nos veremos”, “hasta luego”, “que vaya bien” y, sobre todo, los abrazos recibidos a través del teléfono. ¿Por qué llamaría mi madre aquel día? ¿Qué significaban sus palabras? Las llevo grabadas a fuego: “las carreteras no van a ningún lado, la gente va y no sabe dónde, hay algo extraño y no sé decirte qué es, la gente va y parece que vuelve”. Lo dijo asomada en el balcón, mientras observaba la caravana interminable de coches que atravesaban la carretera del pueblo. No podía tener más razón, no tenía ninguna explicación aquella aglomeración repentina donde nunca antes había habido ninguna. Pero la gente no decía nada; parecía que todo el mundo sabía algo que no quería compartir.

Me da miedo cuando pienso que, en realidad, a nadie le extrañó lo que pasó, porque parecía que todos lo supiésemos. Antes de irme, mañana, tengo que preguntarles qué opinan al respecto.

Echo tanto de menos a los que no están, todos en mi caso, que hasta ahora no me había atrevido a ponerlo sobre el papel. Parece que el ruido se va retirando poco a poco ahí fuera, así que la hora de marcharme está cerca. Creo recordar que había una película con este título:

Amanece, que no es poco.