-Buena suerte, ve con cuidado –me dice Pau, mientras me estrecha la mano, pero sus ojos no expresan lo mismo. “Te vas porque quieres, así que la responsabilidad de lo que te pase será sólo tuya” es lo que entiendo, pero al final nunca estás seguro. De nada.
Cuando por fin tomé la decisión de marcharme me sentí liberado, así que entendí ese síntoma como una señal de que estaba haciendo lo acertado. Echaré de menos a personas que conozco desde hace no demasiado, a unos niños recién llegados que me han convencido de que hay que luchar para hacer de este desastre un espacio algo mejor. Todavía no sé cómo, pero estoy en camino. Uno incierto y peligroso, pero ahora mismo no tengo otro. Ojalá lo tenga algún día; ojalá lo tengamos todos.
Llevo agua y comida en la mochila, algo de ropa y una pistola que espero no tener que usar nunca. Una noche, durante la guardia, Rubén me dijo que él siempre llevaba encima la suya.
-Nunca sabes cuándo tendrás que dispararle a alguien o pegarte un tiro a ti mismo.
Aquella frase me estremeció en su momento y ahora resuena fría y metálica en mi cabeza; se ha quedado permanentemente en mi base de datos y sé con certeza que nunca más se irá. Por suerte, todavía conservo otras de antes del desastre, que me unen con ese pasado que ya no volverá, pero que me hizo ser como soy, para bien o para mal.
Me he despedido de todos personalmente. He intentado permanecer tranquilo, pero poco a poco me han ido fallando las fuerzas, especialmente con Claudia. Sin embargo, me voy con la sensación de haber mantenido el tipo dentro de mis posibilidades. He roto, al fin y al cabo, el pacto de permanecer juntos, pero no sé si notarán alguna diferencia cuando me haya ido. Todavía no tengo claro qué he podido aportar al grupo.
Son las ocho de la mañana. Hace un día fantástico para dejarlo todo atrás, una vez más. Salgo a la calle y comienzo a caminar entre los escombros. ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Dónde están la hoguera y la pared pintada? Si están sólo en mi cabeza éste va a ser mi enésimo fracaso, otra torpeza más propiciada por mi mal instinto. Pero ya estoy caminando y me dirijo a la costa, sin saber muy bien por qué.
Todavía estoy a tiempo de volver, me digo, después de pararme a descansar tras tres horas de marcha. Voy hacia el norte siguiendo la línea de costa, obsesionado con encontrar un refugio para pasar la noche, temeroso de no hallarlo y perder la vida por una corazonada. Miro los barcos hechos añicos en la playa, la carretera como un largo puzzle donde faltan numerosas piezas de asfalto, algunos pájaros a mi alrededor en busca de comida. No veo cómo sería posible empezar de cero con tantos trozos de realidad que te escupen a la cara cuando intentas evadirte, aunque sea mínimamente.
Otra vez estoy en marcha. Tengo margen para encontrarlo, pero voy a morirme si no doy con un agujero donde pasar la noche.
sábado, 28 de marzo de 2009
miércoles, 25 de marzo de 2009
XXIV. Sólo una respuesta
Ahora lo sé con certeza. Es una verdad hiriente, un jarro de agua fría perpetuo que va a durar mientras viva, que me perseguirá si intento escapar y que se sentará a mi lado a descansar cuando el camino se haga largo. No estoy preparado, nadie lo está, para saber vivir aquí y ahora. ¿Alguien lo aprenderá algún día? Me angustia la idea de saber que los que nazcan, si eso es posible, no habrán conocido otro mundo, otra realidad.
Miro a los nuevos niños del grupo, pero ya han dejado de serlo. Su historia puede ser parecida a la de todos nosotros. O totalmente diferente. Pero a mí no me importa, no me interesa conocerla. Están aquí y eso es lo que vale, lo que cuenta.
Se han lavado, han comido, se han vestido. Están jugando e intuyo que hace tiempo que no lo hacían. Pongamos que desde un 9 de octubre. Fiesta nacional, se acabó el colegio. Y todo lo demás.
Me superan los acontecimientos, cada vez más. Me lleno de rabia y no sé cómo combatirla, cómo darle salida. Necesito echar una cabezada. Diez minutos, sólo eso.
La noche. El vacío que llena sólo el ruido. Unas manos. ¿Son las mías? Me estoy mirando las manos. Cierro los puños, estiro los dedos a continuación. Miro a mi alrededor y veo edificios hechos añicos donde se reflejan sombras que provoca una hoguera. Tengo frío y acerco las manos al fuego. Presto atención, pero no oigo nada. Es extraño; sé que ahí está el ruido, pero no lo oigo. Y ahí están las caras de siempre, que pasan una tras otra. Pero esta vez la ruleta se detiene en una. “Estas manos no son tuyas”, acaba diciéndome.
Y, sin embargo, las veo como si fuesen las mías. Tiene razón. No son mis manos, no sé de quién son, pero el brazo derecho está ahora estirado hacia delante. El dedo índice señala hacia algún lugar, pero no puedo mirar, sólo soy capaz de ver ese dedo.
El ruido. La oscuridad. Trato de abrir los ojos, pero soy incapaz de conseguirlo. Oigo voces en el andén, pero estoy demasiado cerca, todavía no puedo regresar. No me pueden despertar aún, tengo que ver dónde apunta ese dedo y la única manera es abrir los ojos.
Lo veo de nuevo, ahí está, señalando. Sólo un poco más, un pequeño esfuerzo y lo conseguiré. La hoguera, las paredes, las sombras que danzan, un grafitti y, por supuesto, dos letras dibujadas en un muro de ladrillo.
Ahí están, ahí señala el dedo, ése es mi camino y no puede ser ningún otro. Tengo que buscar a RQ; ahora tengo la seguridad de que existe. Y no sé si me espera, pero necesito encontrar esa respuesta.
No necesito otras, pero sí ésta.
Miro a los nuevos niños del grupo, pero ya han dejado de serlo. Su historia puede ser parecida a la de todos nosotros. O totalmente diferente. Pero a mí no me importa, no me interesa conocerla. Están aquí y eso es lo que vale, lo que cuenta.
Se han lavado, han comido, se han vestido. Están jugando e intuyo que hace tiempo que no lo hacían. Pongamos que desde un 9 de octubre. Fiesta nacional, se acabó el colegio. Y todo lo demás.
Me superan los acontecimientos, cada vez más. Me lleno de rabia y no sé cómo combatirla, cómo darle salida. Necesito echar una cabezada. Diez minutos, sólo eso.
La noche. El vacío que llena sólo el ruido. Unas manos. ¿Son las mías? Me estoy mirando las manos. Cierro los puños, estiro los dedos a continuación. Miro a mi alrededor y veo edificios hechos añicos donde se reflejan sombras que provoca una hoguera. Tengo frío y acerco las manos al fuego. Presto atención, pero no oigo nada. Es extraño; sé que ahí está el ruido, pero no lo oigo. Y ahí están las caras de siempre, que pasan una tras otra. Pero esta vez la ruleta se detiene en una. “Estas manos no son tuyas”, acaba diciéndome.
Y, sin embargo, las veo como si fuesen las mías. Tiene razón. No son mis manos, no sé de quién son, pero el brazo derecho está ahora estirado hacia delante. El dedo índice señala hacia algún lugar, pero no puedo mirar, sólo soy capaz de ver ese dedo.
El ruido. La oscuridad. Trato de abrir los ojos, pero soy incapaz de conseguirlo. Oigo voces en el andén, pero estoy demasiado cerca, todavía no puedo regresar. No me pueden despertar aún, tengo que ver dónde apunta ese dedo y la única manera es abrir los ojos.
Lo veo de nuevo, ahí está, señalando. Sólo un poco más, un pequeño esfuerzo y lo conseguiré. La hoguera, las paredes, las sombras que danzan, un grafitti y, por supuesto, dos letras dibujadas en un muro de ladrillo.
Ahí están, ahí señala el dedo, ése es mi camino y no puede ser ningún otro. Tengo que buscar a RQ; ahora tengo la seguridad de que existe. Y no sé si me espera, pero necesito encontrar esa respuesta.
No necesito otras, pero sí ésta.
sábado, 21 de marzo de 2009
XXIII. Sonrisas borradas
Un rumor se acerca, pero no lo distingo bien. Miro el reloj y la noche queda lejos; no puede ser el ruido. No debería. Y, sin embargo, algo se acerca. Estoy medio tirado en mi colchón, solo en el andén, y me incorporo poco a poco, tratando de comprender la situación. De repente, me veo corriendo en dirección a las escaleras, pero el sonido sordo al que persigo me ha sorprendido por detrás. Un sonido que de repente y sin previo aviso, como no podía ser de otra forma, se ha convertido en un silencio cortante.
Me doy la vuelta y en las vías puedo contar, con el primer golpe de vista, unos 12 o 15 niños, haraposos y desnutridos. Me quedo inmóvil, sin saber muy bien cómo reaccionar, tratando de sopesar cuál debe ser mi mejor opción en ese preciso instante. Entonces, todo queda aclarado de repente. Entre la treintena de ojos que me miran con tristeza y cierto desamparo escucho una leve tos, una carraspera que me transporta de inmediato a la siguiente estación, a los cartones y el precario muro.
Uno de los niños se adelanta un paso, vacilante, mirando a los demás y empujado por sus caras serias.
-¡Señor! –me grita.
Pero no puedo dejar de mirarlos. Sus caras sucias, llenas de churretes, sus manos nerviosas y sus piernas cansadas. Sus sonrisas borradas para siempre.
-¿Señor? –insiste.
Entonces veo su historia pasar por delante, en cada gesto. Cada vez que respiran y se callan las palabras que no deberían.
-Señor… -vuelve a decir, casi en un susurro- tenemos hambre…
-Pero… qué demonios…
Rubén y Miquel acaban de entrar en la estación y se quedan a mi lado, contemplando extrañados la escena. Los cuatro niños del grupo, que venían con ellos, no se atreven a bajar los últimos peldaños.
-Señor, por favor, nosotros…
-Bienvenidos a casa –le interrumpe finalmente Miquel, que ha bajado apresurado a las vías.
Me doy la vuelta y en las vías puedo contar, con el primer golpe de vista, unos 12 o 15 niños, haraposos y desnutridos. Me quedo inmóvil, sin saber muy bien cómo reaccionar, tratando de sopesar cuál debe ser mi mejor opción en ese preciso instante. Entonces, todo queda aclarado de repente. Entre la treintena de ojos que me miran con tristeza y cierto desamparo escucho una leve tos, una carraspera que me transporta de inmediato a la siguiente estación, a los cartones y el precario muro.
Uno de los niños se adelanta un paso, vacilante, mirando a los demás y empujado por sus caras serias.
-¡Señor! –me grita.
Pero no puedo dejar de mirarlos. Sus caras sucias, llenas de churretes, sus manos nerviosas y sus piernas cansadas. Sus sonrisas borradas para siempre.
-¿Señor? –insiste.
Entonces veo su historia pasar por delante, en cada gesto. Cada vez que respiran y se callan las palabras que no deberían.
-Señor… -vuelve a decir, casi en un susurro- tenemos hambre…
-Pero… qué demonios…
Rubén y Miquel acaban de entrar en la estación y se quedan a mi lado, contemplando extrañados la escena. Los cuatro niños del grupo, que venían con ellos, no se atreven a bajar los últimos peldaños.
-Señor, por favor, nosotros…
-Bienvenidos a casa –le interrumpe finalmente Miquel, que ha bajado apresurado a las vías.
miércoles, 18 de marzo de 2009
XXII. Pequeños finales
Todo tiene un final, está claro. Que nos lo digan a nosotros, que hemos visto cómo acababa todo cuanto conocíamos y morían todos aquellos que estaban a nuestro alrededor. Sí, tenemos un máster en finales. Hay días que pienso que estoy totalmente inmunizado contra el dolor, que nada me puede herir ya. Pero no es verdad; cada persona del grupo que hemos perdido ha sido una punzada que sé que no se va a marchar nunca. Sólo se va sumando a las que ya había. Y, tengo que decirlo, parece que hay espacio para muchas.
Otras veces creo que no puedo tener miedo, ya no, después de todos los obstáculos que hemos tenido que sortear sólo para sobrevivir. En fin, retiro lo de “sólo para sobrevivir”, porque a día de hoy es lo único que nos podemos permitir. Sin embargo, cuando llega el anochecer, tiemblo de miedo, porque nunca podemos estar al cien por cien seguros de que el ruido no va a venir a por nosotros. Hasta ahora no ha pasado, pero hace días que he dejado de descartar opciones; creo que cualquier giro es posible, para bien o para mal. No, en realidad los giros para bien no suelo contemplarlos en mis pensamientos; me parecen algo lejano y banal.
Por supuesto, todo el mundo tiene miedo a perder lo que tiene, por poco que sea. Y si lo pierde, eso le causa dolor.
Y cuando escuchaba las palabras de Claudia, pensadas y cuidadas, pronunciadas con tacto, con deferencia, casi con ternura, he sabido que tenía miedo de que ese momento llegara, aunque no fuese consciente, aunque no lo hubiese pensado previamente. Y al acabar, cuando me ha preguntado si estaba bien, cuando ha pedido que la perdonase, cuando se ha levantado después de darme un beso en la mejilla, cuando se alejaba por el andén hacia las escaleras, cuando ya sabía que estaba fuera, he sentido una punzada. Primero leve, luego ya no tanto.
Busco en mi memoria algunos versos que me acerquen a aquellos que pasaron tiempo antes por lo mismo, pero desisto al instante. La situación es tan extraña, la estación vacía tan lánguida, que tendría que inventarlos. No lo voy a hacer y, aunque fuese capaz, nunca los escribiría en este cuaderno.
No soy poeta.
Tengo frío y miedo.
Y demasiado tiempo para pensar.
Otras veces creo que no puedo tener miedo, ya no, después de todos los obstáculos que hemos tenido que sortear sólo para sobrevivir. En fin, retiro lo de “sólo para sobrevivir”, porque a día de hoy es lo único que nos podemos permitir. Sin embargo, cuando llega el anochecer, tiemblo de miedo, porque nunca podemos estar al cien por cien seguros de que el ruido no va a venir a por nosotros. Hasta ahora no ha pasado, pero hace días que he dejado de descartar opciones; creo que cualquier giro es posible, para bien o para mal. No, en realidad los giros para bien no suelo contemplarlos en mis pensamientos; me parecen algo lejano y banal.
Por supuesto, todo el mundo tiene miedo a perder lo que tiene, por poco que sea. Y si lo pierde, eso le causa dolor.
Y cuando escuchaba las palabras de Claudia, pensadas y cuidadas, pronunciadas con tacto, con deferencia, casi con ternura, he sabido que tenía miedo de que ese momento llegara, aunque no fuese consciente, aunque no lo hubiese pensado previamente. Y al acabar, cuando me ha preguntado si estaba bien, cuando ha pedido que la perdonase, cuando se ha levantado después de darme un beso en la mejilla, cuando se alejaba por el andén hacia las escaleras, cuando ya sabía que estaba fuera, he sentido una punzada. Primero leve, luego ya no tanto.
Busco en mi memoria algunos versos que me acerquen a aquellos que pasaron tiempo antes por lo mismo, pero desisto al instante. La situación es tan extraña, la estación vacía tan lánguida, que tendría que inventarlos. No lo voy a hacer y, aunque fuese capaz, nunca los escribiría en este cuaderno.
No soy poeta.
Tengo frío y miedo.
Y demasiado tiempo para pensar.
domingo, 15 de marzo de 2009
XXI. Sí, claro que sí
En un primer momento, cuando nos han visto llegar, sólo había caras de desconcierto. Luego, mientras hemos ido explicando los hechos, se han sucedido los comentarios de sorpresa, no sólo por pensar que ya no habría francotiradores en el exterior, algo que todavía no tengo claro en absoluto, sino por la noticia de cómo habíamos acabado con ellos. Bien, de cómo lo habían hecho Pau y David II, quienes, amablemente, me han incluido en su hazaña. Yo, sin embargo, le doy vueltas a lo sucedido y ahora me parece que todo ocurrió a cámara lenta; la aparición de los hombres de repente, los disparos de Pau, la incursión de David II, mi mano sosteniendo la pistola sin utilizarla, parapetado detrás de un trozo de roca, de pared o de lo que fuese.
Estaba pensando en éstas y otras cosas cuando Miquel se me ha quedado mirando de manera algo extraña primero, inquisitiva después. Entonces, me he dado cuenta de que todo el mundo tenía puesta su atención en mí.
-¿Qué opinas? –ha preguntado alguien, creo que Rosa, al fondo del grupo.
-Pues, veréis…
Mi cara ha debido ser un poema, porque Rubén ha sonreído y finalmente me ha concedido la información completa que me había perdido.
-En fin, –ha dicho- si se supone que no hay nadie más en la ciudad que se dedique a disparar a la gente, quizá podríamos seguir como estamos, ¿qué opinas?
He asentido al percibir cómo remarcaba, con algo de ironía, la pregunta.
-Sí, creo que sería lo mejor. En cualquier caso, tampoco sabemos a ciencia cierta que ese tipo decía la verdad. Puede que sólo estuviese intentando salvar su pellejo. Pero vale la pena intentarlo.
Al mostrarse todos de acuerdo, he acabado por suponer que esa era la opinión de la mayoría y así se habían expresado unos minutos antes, mientras yo divagaba entre disparos, carreras de ida y vuelta y prisioneros asesinados.
¿Realmente lo hicimos? ¿Le pegamos un tiro a sangre fría a ese cabrón? No, qué digo, fue él quien nos convirtió en asesinos, quien rompió las reglas, quien empezó a matarnos. Se lo merecía. ¿Realmente lo hicimos?
Sí, claro que sí.
Estaba pensando en éstas y otras cosas cuando Miquel se me ha quedado mirando de manera algo extraña primero, inquisitiva después. Entonces, me he dado cuenta de que todo el mundo tenía puesta su atención en mí.
-¿Qué opinas? –ha preguntado alguien, creo que Rosa, al fondo del grupo.
-Pues, veréis…
Mi cara ha debido ser un poema, porque Rubén ha sonreído y finalmente me ha concedido la información completa que me había perdido.
-En fin, –ha dicho- si se supone que no hay nadie más en la ciudad que se dedique a disparar a la gente, quizá podríamos seguir como estamos, ¿qué opinas?
He asentido al percibir cómo remarcaba, con algo de ironía, la pregunta.
-Sí, creo que sería lo mejor. En cualquier caso, tampoco sabemos a ciencia cierta que ese tipo decía la verdad. Puede que sólo estuviese intentando salvar su pellejo. Pero vale la pena intentarlo.
Al mostrarse todos de acuerdo, he acabado por suponer que esa era la opinión de la mayoría y así se habían expresado unos minutos antes, mientras yo divagaba entre disparos, carreras de ida y vuelta y prisioneros asesinados.
¿Realmente lo hicimos? ¿Le pegamos un tiro a sangre fría a ese cabrón? No, qué digo, fue él quien nos convirtió en asesinos, quien rompió las reglas, quien empezó a matarnos. Se lo merecía. ¿Realmente lo hicimos?
Sí, claro que sí.
lunes, 9 de marzo de 2009
XX. De vuelta
Hemos caminado como si nos persiguiesen al pasar por la estación más cercana a la salida del túnel, seguros de que nos observaban de nuevo, como en el viaje de ida, ojos curiosos y desconocidos. Sin registrar, evidentemente, en los papeles de Matías.
¿Por qué volvemos a la estación? ¿Por qué no seguir hacia delante? No tengo demasiado claras las respuestas, pero lo cierto es que no ha hecho falta ninguna palabra para saber que teníamos que volver cuanto antes.
No sé cuánto camino llevábamos desandado cuando David II se ha adelantado y se ha situado delante del prisionero, cortándole el paso y deteniendo la marcha del grupo. He intentado ver la reacción de Pau, pero estaba como absorto, como si el tema no fuese con él.
-Ahora me vas a decir por qué –ha exigido David.
El hombre se ha girado lentamente hacia nosotros, como buscando una explicación que no teníamos, pero que tampoco pensábamos darle. Sólo entonces me he fijado en sus facciones, en su barba descuidada, en su pelo negro y sucio, que le caía sobre la cara en mechones apelmazados.
-Estoy, aquí, cabrón, deja a esos dos –ha insistido.
Después de pensarlo unos segundos, y cuando se disponía a hablar, David II le ha lanzado un puñetazo al centro de la cara que creo que nos ha sorprendido a los cuatro. Sin embargo, un instante después, nuestro compañero estaba inclinado sobre el cuerpo dolorido que había conseguido llevar al suelo.
-Desde ahí, hijo de puta, me vas a decir lo que quiero saber. Por qué nos disparáis, cuántos sois, cuántos grupos armados y organizados hay y qué méritos vais a hacer para que no os mate yo mismo a todos.
Al lanzarle una patada en la cara, cuando de nuevo intentaba responder, he hecho un leve amago para intervenir, pero no ha sido necesario que nadie me dijese que me estaba equivocando.
-No era nada personal, tío, sólo queríamos… la ciudad para nosotros. Éramos cuatro, así que ahora sólo quedo yo. No hay más bandas ni nada parecido, sólo nosotros. Por favor, no me mates, no me mates.
Lo ha dicho en un golpe de voz, temiendo una nueva patada antes de que pudiese pronunciar palabra.
-¿La ciudad para vosotros? ¿Qué cojones de ciudad? ¿A estos edificios en ruinas le llamas ciudad? ¿Para vosotros? ¿Pero qué coño quiere decir para vosotros? Joder…
Parecía que David II iba a abalanzarse contra él en cualquier momento, pero de repente he comprendido que ése nunca iba a ser el siguiente paso. Me he dado cuenta de que estábamos en el lugar indicado cuando Pau se ha movido a mi lado y le ha quitado el seguro a su pistola. Se ha acercado a David II y éste se ha hecho a un lado. Los dos han mirado de frente al prisionero, sentado ahora en el suelo.
Con el fogonazo del disparo se ha iluminado la verja del pozo a nuestra izquierda.
¿Por qué volvemos a la estación? ¿Por qué no seguir hacia delante? No tengo demasiado claras las respuestas, pero lo cierto es que no ha hecho falta ninguna palabra para saber que teníamos que volver cuanto antes.
No sé cuánto camino llevábamos desandado cuando David II se ha adelantado y se ha situado delante del prisionero, cortándole el paso y deteniendo la marcha del grupo. He intentado ver la reacción de Pau, pero estaba como absorto, como si el tema no fuese con él.
-Ahora me vas a decir por qué –ha exigido David.
El hombre se ha girado lentamente hacia nosotros, como buscando una explicación que no teníamos, pero que tampoco pensábamos darle. Sólo entonces me he fijado en sus facciones, en su barba descuidada, en su pelo negro y sucio, que le caía sobre la cara en mechones apelmazados.
-Estoy, aquí, cabrón, deja a esos dos –ha insistido.
Después de pensarlo unos segundos, y cuando se disponía a hablar, David II le ha lanzado un puñetazo al centro de la cara que creo que nos ha sorprendido a los cuatro. Sin embargo, un instante después, nuestro compañero estaba inclinado sobre el cuerpo dolorido que había conseguido llevar al suelo.
-Desde ahí, hijo de puta, me vas a decir lo que quiero saber. Por qué nos disparáis, cuántos sois, cuántos grupos armados y organizados hay y qué méritos vais a hacer para que no os mate yo mismo a todos.
Al lanzarle una patada en la cara, cuando de nuevo intentaba responder, he hecho un leve amago para intervenir, pero no ha sido necesario que nadie me dijese que me estaba equivocando.
-No era nada personal, tío, sólo queríamos… la ciudad para nosotros. Éramos cuatro, así que ahora sólo quedo yo. No hay más bandas ni nada parecido, sólo nosotros. Por favor, no me mates, no me mates.
Lo ha dicho en un golpe de voz, temiendo una nueva patada antes de que pudiese pronunciar palabra.
-¿La ciudad para vosotros? ¿Qué cojones de ciudad? ¿A estos edificios en ruinas le llamas ciudad? ¿Para vosotros? ¿Pero qué coño quiere decir para vosotros? Joder…
Parecía que David II iba a abalanzarse contra él en cualquier momento, pero de repente he comprendido que ése nunca iba a ser el siguiente paso. Me he dado cuenta de que estábamos en el lugar indicado cuando Pau se ha movido a mi lado y le ha quitado el seguro a su pistola. Se ha acercado a David II y éste se ha hecho a un lado. Los dos han mirado de frente al prisionero, sentado ahora en el suelo.
Con el fogonazo del disparo se ha iluminado la verja del pozo a nuestra izquierda.
martes, 3 de marzo de 2009
XIX. Prisionero
-Este cabrón se merece morir.
-Diego, ayúdame.
El fusilero desarmado miraba la escena casi con humildad, suplicando por su vida en cada gesto, pero sin decir nada, con las manos atadas a la espalda. Pau le apuntaba directamente a la cabeza y David II se había situado justo en medio, de manera casi pasiva, como no queriéndole dar más importancia de la justa.
Y Diego, asustado e incapaz de mediar, ha mirado su pistola, la ha sostenido a 20 centímetros de su cara y ha empezado a llorar en silencio.
Y en cada lágrima que he derramado sobre el metal frío que no había llegado a utilizar el día en que casi morimos los tres estaba la respuesta.
Y cuando les he vuelto a mirar, secándome los ojos con la manga de la cazadora, Pau ya había guardado su pistola y David II ya no se interponía entre él y nuestro prisionero.
Y hasta en ese hijo de puta he visto una chispa de concordia, de arrepentimiento fugaz.
Y he pensado en el ruido de cada noche, que nos atormenta, que nos persigue y que nos mata. Ese ruido que no nos deja ser lo que somos, que nos impide reconstruirnos como desearíamos, que nos niega la libertad y nos regala, de forma deleznable, la sinrazón cuando acaba el día.
Y he pensado en el ruido de hace un momento, de los disparos.
Y cuando caminábamos de nuevo hacia el túnel, de vuelta a nuestra estación, con el prisionero caminando delante, girándose de vez en cuando para ver si le disparábamos a traición, he tenido la certeza de qué ruido es el que me da más miedo de los dos.
Y esa certeza ha sido la que me ha hecho llorar de nuevo. Porque, me he dicho, el problema no es perder la esperanza, sino que te la maten a tiros.
-Diego, ayúdame.
El fusilero desarmado miraba la escena casi con humildad, suplicando por su vida en cada gesto, pero sin decir nada, con las manos atadas a la espalda. Pau le apuntaba directamente a la cabeza y David II se había situado justo en medio, de manera casi pasiva, como no queriéndole dar más importancia de la justa.
Y Diego, asustado e incapaz de mediar, ha mirado su pistola, la ha sostenido a 20 centímetros de su cara y ha empezado a llorar en silencio.
Y en cada lágrima que he derramado sobre el metal frío que no había llegado a utilizar el día en que casi morimos los tres estaba la respuesta.
Y cuando les he vuelto a mirar, secándome los ojos con la manga de la cazadora, Pau ya había guardado su pistola y David II ya no se interponía entre él y nuestro prisionero.
Y hasta en ese hijo de puta he visto una chispa de concordia, de arrepentimiento fugaz.
Y he pensado en el ruido de cada noche, que nos atormenta, que nos persigue y que nos mata. Ese ruido que no nos deja ser lo que somos, que nos impide reconstruirnos como desearíamos, que nos niega la libertad y nos regala, de forma deleznable, la sinrazón cuando acaba el día.
Y he pensado en el ruido de hace un momento, de los disparos.
Y cuando caminábamos de nuevo hacia el túnel, de vuelta a nuestra estación, con el prisionero caminando delante, girándose de vez en cuando para ver si le disparábamos a traición, he tenido la certeza de qué ruido es el que me da más miedo de los dos.
Y esa certeza ha sido la que me ha hecho llorar de nuevo. Porque, me he dicho, el problema no es perder la esperanza, sino que te la maten a tiros.
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