Todo tiene un final, está claro. Que nos lo digan a nosotros, que hemos visto cómo acababa todo cuanto conocíamos y morían todos aquellos que estaban a nuestro alrededor. Sí, tenemos un máster en finales. Hay días que pienso que estoy totalmente inmunizado contra el dolor, que nada me puede herir ya. Pero no es verdad; cada persona del grupo que hemos perdido ha sido una punzada que sé que no se va a marchar nunca. Sólo se va sumando a las que ya había. Y, tengo que decirlo, parece que hay espacio para muchas.
Otras veces creo que no puedo tener miedo, ya no, después de todos los obstáculos que hemos tenido que sortear sólo para sobrevivir. En fin, retiro lo de “sólo para sobrevivir”, porque a día de hoy es lo único que nos podemos permitir. Sin embargo, cuando llega el anochecer, tiemblo de miedo, porque nunca podemos estar al cien por cien seguros de que el ruido no va a venir a por nosotros. Hasta ahora no ha pasado, pero hace días que he dejado de descartar opciones; creo que cualquier giro es posible, para bien o para mal. No, en realidad los giros para bien no suelo contemplarlos en mis pensamientos; me parecen algo lejano y banal.
Por supuesto, todo el mundo tiene miedo a perder lo que tiene, por poco que sea. Y si lo pierde, eso le causa dolor.
Y cuando escuchaba las palabras de Claudia, pensadas y cuidadas, pronunciadas con tacto, con deferencia, casi con ternura, he sabido que tenía miedo de que ese momento llegara, aunque no fuese consciente, aunque no lo hubiese pensado previamente. Y al acabar, cuando me ha preguntado si estaba bien, cuando ha pedido que la perdonase, cuando se ha levantado después de darme un beso en la mejilla, cuando se alejaba por el andén hacia las escaleras, cuando ya sabía que estaba fuera, he sentido una punzada. Primero leve, luego ya no tanto.
Busco en mi memoria algunos versos que me acerquen a aquellos que pasaron tiempo antes por lo mismo, pero desisto al instante. La situación es tan extraña, la estación vacía tan lánguida, que tendría que inventarlos. No lo voy a hacer y, aunque fuese capaz, nunca los escribiría en este cuaderno.
No soy poeta.
Tengo frío y miedo.
Y demasiado tiempo para pensar.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario