domingo, 28 de junio de 2009

XXXVIII. El mismo muro

Me mira con aire despreocupado, como quien observa a un aprendiz hacer mal sus tareas sabiendo que está, sin embargo, en el buen camino. Finalmente, deja sobre el suelo su lata de judías, que todavía no había soltado.

-Sabes dónde está, ¿verdad? –me pregunta- No exactamente, pero sabes hacia dónde dirigirte. Otros te lo dijeron antes. Por eso vas hacia el interior. Es verdad que has dado un pequeño rodeo, pero estás sobre la pista. No dejes que te distraigan de lo que buscas porque, amigo, eso es lo único que tienes ahora.

Antes de dormirme veo que el perro se levanta y camina hacia su dueño, que lo acaricia con cierta parsimonia, tumbado ya para pasar la noche. Sigue su camino y se sienta sobre las patas traseras algo más cerca de la entrada de la cueva, justo desde donde se vislumbra el exterior.

Poco a poco, exactamente como cada noche, se empieza a acercar el ruido y se va haciendo más áspero a medida que avanzan las horas. El hombre duerme; el perro vigila. Mañana seguiré caminando, pero ahora no puedo conciliar el sueño. Me pesan los párpados y no hago nada por retenerlos, pero me cuesta dejar de pensar en lo que me queda de vida. ¿Tiene algún sentido seguir caminando o más vale pararse a tiempo? A tiempo de qué, me pregunto. Sin respuesta, claro está.

No quiero soñar esta noche con RQ, pero parece que la elección no está en mi mano. El mismo patrón, las mismas sensaciones. Me despierto en mitad de la noche con la libreta en la mano, con el boli unos centímetros más allá, en el suelo. Escucho los ronquidos del hombre, desordenados, con cierto aire de extravagancia que me hace sonreír. ¿Dónde busco a RQ? ¿Por dónde empiezo? O por dónde sigo, mejor dicho. Me doy cuenta, casi de improvisto, que debo estar a unas tres horas del pueblo donde nací, donde crecí, pero ni siquiera me había planteado ir hacia allí. Ya es todo lo suficientemente doloroso como para abrir nuevas heridas en heridas viejas. Aunque, quién sabe, quizá tampoco sea tan mala idea. Mañana, con el alba, lo decidiré.

El hombre ríe en sueños. Una vieja anécdota que viene a su mente; alguna nueva que su cerebro ha inventado con retazos de recuerdos que ni siquiera sabe que están guardados. ¿Por qué la mía no hará lo mismo, en vez de catapultarme cada vez contra el mismo muro?

Quizá porque yo estoy buscando algo que no sé qué es y el hombre ha encontrado ya todo lo que le hacía falta.

miércoles, 17 de junio de 2009

XXXVII. Organización

A veces, los elementos, cualesquiera que sean, sólo te dan una oportunidad. Y eso, en la situación en que me encuentro, no es demasiado. El hombre espera mientras en su rostro empieza a dibujarse una sonrisa. ¿Acaba de inventarse la respuesta esperando ver mi reacción o realmente sabe de qué habla? Le miro en silencio, pero mi incapacidad para conocer a las personas vuelve a jugarme una mala pasada. Y van muchas.

-¿Dónde está? –acabo por preguntar.

Se lo piensa unos segundos y trata de hacerse el interesante. Quiere seguir con el juego. Al menos, un poco más.

-¿Dónde está? ¿Es esa tu pregunta?

-Sí. ¿No podré hacer ninguna otra? –acabo diciendo, con un poco de sorna.

-Je, claro que sí, amigo, sólo faltaría que no dejase hablar a un tipo tan callado como tú.

Mis cejas se arquean y él se da por aludido, pero se mete una cucharada de judías en la boca y guiña ligeramente su ojo derecho, como pidiendo una pequeña pausa antes de contestar. Mastica despacio mientras me mira, entre extrañado y divertido.

-RQ… menudo personaje, amigo, menudo personaje. No se habla de otra cosa al otro lado de la montaña.

Estoy impaciente por saber más. Él lo sabe. Le sigo el juego y le dejo hablar.

-Ha causado verdadero furor entre la gente. Tiene muchos seguidores. Supongo que sabrás que dicen que puede ir por ahí por las noches, que no le afecta el ruido.

-Eso he oído.

-Bien… las palabras vuelan y, de momento, no se las lleva el viento. Amigo; lo último que sé es que se estaba montando una especie de organización a su alrededor. No sé de qué tipo, pero parece que con fuerza.

-¿Una organización? No creo que sea malo organizarse… -he contestado, después de percibir el tono desalentador con que había pronunciado la última frase.

-Bueno, da igual, todo son rumores.

-Antes me preguntó qué quería saber acerca de RQ.

-Amigo, eres muy ingenuo si piensas que eso significaba que lo sabía todo.

Una vez más, touché.

sábado, 13 de junio de 2009

XXXVI. Otras teorías

-Era broma, amigo, no te preocupes. Sólo estaba poniendo a prueba tus nervios. Y, por cierto, no tenías puesto el seguro de tu pistola. Podrías haberle hecho daño a alguien.

El perro dormitaba detrás del hombre hecho un ovillo.

-Estoy seguro de que no le has disparado a nadie, amigo. Se te notaba en la mirada. Aún desde la distancia. Pero no pasa nada; es mejor así.

Me estaba desesperando por momentos, así que en un instante de descuido contraataqué, más por cambiar de tema que por otra cosa:

-¿Cómo es que vive aquí solo, en la montaña?

-No vivo solo, amigo, tengo a Mus. Vivo en la montaña para estar lo más cerca posible del bosque, de la naturaleza. Todo esto, este desastre, lo hizo la propia Tierra, así que pensé que estando lo más cerca de ella reduciría el peligro de que nos pasase algo malo.

-¿La Tierra? ¿Qué quiere decir? Explíqueme eso.

-Yo lo veo claro, amigo. Fíjate si no: todo el bosque, intacto. Los árboles, en su sitio, los ríos, las montañas, todo igual. Nada está destruido sino todo aquello creado por la mano del hombre. Sospechoso, al menos, ¿no crees?

-Nunca lo había visto de esa manera, la verdad.

-Yo no tengo dudas; la Tierra por fin se ha organizado, ha actuado en contra de quien se la quiere cargar. Es evidente.

-¿Y ese ruido?

-Quién sabe. Supongo que es su forma de decirnos que hasta aquí hemos llegado. Nos va a ir eliminando poco a poco. Un descuido aquí, un paso mal dado allá… y ya estás listo. Listo y muerto.

-Un poco demasiado cruel, ¿no le parece? Quizá hubiese avisado antes.

-¡Y lo hizo, mierda! No es que yo sea un jodido ecologista, amigo, pero joder si lo hizo. Se empezó a merendar a los humanos poco a poco. Un terremoto aquí, un huracán allá… estuvimos ciegos durante muchos años y ahora estamos muertos. Tú y yo, amigo, sólo estamos en lista de espera. Pero te aseguro que nuestros nombres están subrayados.

-¿Ha visto a mucha gente desde el desastre? –necesitaba volver a cambiar de tema, introducir uno nuevo al que llevaba dando vueltas largo rato.

-No a mucha desde que me mudé aquí con Mus, pero de vez en cuando necesito compañía. Agradezco la tuya, amigo, eso por descontado.

-¿Sabe algo de RQ? –he preguntado a bocajarro.

El hombre no se ha mostrado sorprendido.

-Claro amigo, ¿qué quieres saber?

domingo, 7 de junio de 2009

XXXV. Nuevo refugio

La estrecha vereda ha desaparecido a unos cien metros del claro y hemos avanzado entre los árboles, con el perro encabezando la comitiva. Su amo, que caminaba unos pasos por delante de mí, se ha ido girando cada poco para escuchar las respuestas a sus preguntas, con el cigarrillo consumiéndose lentamente, colgado de su labio inferior.

De esta manera hemos llegado a una pequeña pared de roca, prácticamente desnuda de vegetación, con una pequeña hendidura que apenas se vislumbraba tras unos arbustos. Ésa era la puerta de entrada a su refugio; una cueva, estrecha al principio y que se iba ensanchando poco a poco, sin llegar a ser en ningún momento un espacio confortable, aunque sí protegido de las inclemencias del tiempo y, sobre todo, del ruido.

El hombre ha encendido una antorcha y la ha colgado en la pared, iluminando el espacio en penumbra. Le ha dado de comer al perro y luego se ha sentado delante de un pequeño hornillo. Me ha invitado con la mirada a imitarle y he tomado asiento sobre una manta en el suelo.

-Aquí estarás tranquilo, amigo; ese ruido hijoputa no puede entrar en esta cueva. Ya sé que no es el Ritz, pero ni falta que hace.

Se ha reído con una extraña mueca y a continuación ha sacado, de una pequeña trampilla en el suelo, un par de latas.

-Tengo de todo; ¿qué te apetece para comer, amigo? ¿Quieres echar un trago antes?

Mi silencio le ha mantenido imperturbable, pues ha elegido por mí la comida y me ha pasado una lata de cerveza.

-Pone que está caducada, pero tú no hagas caso, amigo, la cerveza está buena. Si no quieres, tengo una reserva de vino que no te la acabas.

Una carcajada y su primer trago a la cerveza han cortado de seco sus palabras. Me ha mirado de reojo, con cierta desconfianza, mientras bebía, pero en seguida ha seguido a lo suyo.

-Dame, dame, que caliente la comida. Hay que comer, amigo; los días son duros en la montaña. Suerte de Mus, porque si no me hubiese vuelto loco hace tiempo. Más aún, quiero decir.

Mi sonrisa forzada y mi silencio incómodo le han hecho pensar por un momento con los ojos cerrados. Luego, ha vuelto a mirarme, ahora de una forma más extraña todavía.

-Amigo, no serás marica, ¿no?

-¿Qué?

lunes, 1 de junio de 2009

XXXIV. Tranquilo, tranquilo

-Tranquilo, tranquilo…

Una voz ronca ha precedido al chasquido de la piedra de un mechero. Por un instante, los pasos que se acercaban hacia el claro se han detenido, pero unos segundos después aparecía ante mí un hombre de unos cincuenta años, vestido con chándal y con una antigua y descolorida gorra de los Barcelona Dragons.

-Puedes bajar el arma; ni el perro ni yo vamos a hacerte nada. Además, no creo que con el seguro puesto puedas defenderte demasiado.

Parecía sacado de una antigua película del oeste; con la pierna derecha flexionada y apoyada en una roca, con el codo en la rodilla mientras fumaba y me miraba con las cejas muy juntas. Sin embargo, su vestimenta de táctel le delataba.

-¿A qué esperas, amigo? ¿Todavía crees que somos una amenaza? ¡Mus, ven aquí!

El perro me ha mirado con total indiferencia antes de darse tranquilamente media vuelta y avanzar al trote hacia el hombre del chándal.

-Si quieres venir conmigo, adelante; puedes pasar el tiempo que quieras en mi guarida. Tengo todo lo necesario para no pasar penurias.

Ante mi falta de reacción, todavía con la pistola apuntando al frente, el hombre ha girado en redondo y ha echado a andar. Cuando por fin me he visto solo, he bajado el arma y he dejado que se marchasen de mi cabeza los recuerdos del tiroteo a la salida del túnel. Unos segundos después he conseguido tranquilizarme y entonces he sentido de nuevo miedo por el final del día.

-¡Sigue en pie mi oferta! –he escuchado ya un poco a lo lejos.

He empezado a caminar casi sin darme cuenta, siguiendo la dirección que había tomado un minuto antes el hombre con el perro detrás. Al poco de adentrarme en el bosque, me lo he encontrado esperándome, apoyado en un árbol, con un nuevo cigarrillo entre los dedos.

-¿De dónde vienes, amigo?

Aunque formulado como una pregunta, ha sido sin duda una exigencia. Lo ha dicho de manera sombría mientras se quitaba la gorra y se rascaba la cabeza, teñida de rubio platino y con unas incipientes raíces negras.

Son grandes tiempos para la lírica.