La vereda que he tomado se convierte en intransitable en algunos tramos. En otros es casi una escalada que me obliga a agarrarme a piedras, raíces y cualquier elemento saliente del camino para no resbalar montaña abajo. Al rato he dado con lo que parecía una pista forestal, así que he decidido seguirla, pese a ver claramente que era el camino menos directo para llegar a la cima. Después de valorar la decisión durante unos minutos he pensado que quizá había sido lo más acertado, pues la velocidad con la que he caminado nada tenía que ver con los continuos traspiés de los primeros tramos de ascensión.
En cualquier caso, nada dura para siempre. El camino se cortaba un par de kilómetros más arriba y se convertía en una senda que se adentraba en los árboles. Tenía que seguir adelante, así que ni siquiera lo he pensado. Al poco, he llegado a un claro en el bosque, donde la luz del sol tenía que hacerse hueco entre las copas de los árboles para poder tocar unos pocos puntos en el suelo.
Me he sentado a descansar y he vuelto, por un momento, a antes del desastre. Pájaros posados en las ramas, una ligera brisa corriendo entre los troncos y el sol filtrándose en finos rayos para dotar a la escena de un bucolismo casi fuera de lugar. Pero las frases que uno escribe y que lleva en la cabeza son tozudas y se repiten en un bucle que parece no tener fin. Nada dura para siempre. Nada dura para siempre. Nada dura para siempre. Lo sé, ya lo sé.
He escuchado un ruido a mi espalda, un rumor de hojas pisadas que poco a poco se iba haciendo más claro al acercarse más rápido. Me he levantado de la piedra que había hecho mi sillón y me he dado la vuelta todo lo rápido que me ha sido posible.
Ahí estaba; un perro de raza indeterminada, grande, corpulento y, a juzgar por sus colmillos, que enseñaba amenazante, también peligroso. Siempre me dieron miedo los perros de tamaño considerable, pero sobre todo cuando no tenía a nadie más que defender sino a mí mismo. En otras situaciones, con alguien a mi lado, conseguía vencer ese miedo para hacer frente a la amenaza casi sin dudarlo. Evidentemente, no era éste el caso.
Ha ido avanzando lentamente hacia mí mientras gruñía entre dientes. He intentado sobreponerme, permanecer quieto y repeler la acometida, pero he aguantado sólo sus dos primeros pasos. Luego, he ido reculando marcha atrás paso a paso, a su mismo ritmo, hasta que he topado con la corteza rugosa del tronco de un pino. Me he quedado quieto y con los ojos entrecerrados, rezando secretamente para que el perro se olvidase de mí y pasara de largo, pero la situación no tenía visos de atender a mis deseos, así que he optado por abrir rápidamente la mochila en busca de la pistola.
El perro seguía avanzando y yo no era capaz de encontrar lo que buscaba, pero cuando por fin he tocado con la punta de los dedos el metal frío del cañón, se ha parado delante, ha gruñido de nuevo, ha mirado hacia atrás y otra vez me ha mirado, como si su intención fuese sólo vigilarme.
Las hojas han vuelto a crujir entre los árboles y he sacado la pistola rápida pero torpemente. No sabía si apuntar al perro o a la maleza más allá del claro.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario