Mus, el perro, se restrega amistosamente en mi pierna, como dando a entender que lamenta el incidente de ayer. No quería asustarme, claro está, sino sólo mantenerme a raya hasta que llegase su amo. No hay modo de saberlo, por supuesto, pero es una idea que me consuela ligeramente. Es una suerte poder sentirse acompañado por un perro leal en medio de la montaña. Se lo hago saber al hombre y sólo sonríe, mientras me indica qué camino debo tomar para hacer cumbre y comenzar a bajar hacia el valle.
Me adentro en el bosque siguiendo una estrecha vereda que pierdo de vista por momentos, ya que la vegetación la invade sin contemplaciones prácticamente a cada paso. A veces, tengo que encorvarme o agacharme para sortear algunas ramas, pero poco a poco puedo ver con más claridad el cielo y la cumbre. No demasiado alta, es cierto, pero cumbre al fin y al cabo.
Hoy es de nuevo una contrarreloj por salvar la vida. Tengo que andar a buena marcha para recorrer la mayor distancia posible mientras dura el sol, pero a partir del mediodía ya busco casi con ansiedad algún refugio que me pueda servir para pasar la noche. Aunque lo deje atrás, lo apunto en mi memoria por si fuese necesario volver sobre mis pasos. Hasta el momento, he tenido suerte. Primero, por supuesto, de sobrevivir al desastre y a los días siguientes, sin duda los más duros, pues desconocíamos absolutamente todo sobre el fenómeno al que nos enfrentábamos. Luego, la suerte de la estación, de la compañía que pude tener. Y, más tarde, cuando me he decidido a emprender este camino incierto. Me pregunto si esa buena estrella acabará de repente, hoy, mañana o dentro de una semana, y acabaré como tantos otros. ¿Buena suerte, en realidad? ¿Se le puede llamar buena suerte a esta angustia? No sabría qué decir, pero lo único que tengo claro es que la cabeza del caminante solitario es un hervidero que le puede llevar hacia la perdición.
En la cima de la montaña prácticamente no hay vegetación, tan solo unos arbustos y varios tipos de malas hierbas que campan a sus anchas. Al girarme hacia la costa mis titubeos de optimismo se han borrado sin contemplación. Todo lo que abarca mi vista son ruinas, humaredas aquí y allá, carreteras destruidas y nadie a la vista. A lo lejos, en el mar, veo un barco, pero no acabo de tener claro si va a la deriva o está tripulado. He sacado tranquilamente mis prismáticos y cuando los estaba regulando para darle nitidez a la imagen he visto a un hombre en cubierta, mirando hacia la cima también con sus prismáticos.
He visto cómo los bajaba, sorprendido, e inmediatamente volvía a mirar a través de ellos señalando con su brazo hacia donde yo me encontraba. Dos o tres hombres han acudido a cubierta, interesándose por lo que acababa de descubrir.
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