Nuestra sorpresa ha sido mayúscula cuando hemos visto que había fallado el tiro. Me hubiese echado a reír en su cara si las circunstancias hubiesen sido otras, pero el momento, sin duda, no invitaba a ello. Los siguientes tres disparos han sido de Pau: placa, placa, placa, le he visto mientras corría a parapetarme detrás de un muro. Sostenía su pistola con las dos manos, medio inclinado hacia delante, en una posición que me ha parecido extraña. He gritado inútilmente su nombre para que corriese detrás de mí, porque sólo ha acudido a mi llamada cuando los tres asaltantes estaban el suelo. Se los ha cargado, el hijo de puta. A los tres. Con tres disparos. A pecho descubierto. A porta gayola. Insisto, el muy hijo de puta. Con la espalda apoyada en el muro, le he mirado mientras le reprochaba su actitud con las manos. Se estaba riendo de satisfacción. Han sonado dos disparos antes de que me acordase que David II no estaba refugiado con nosotros. Mierda, he pensado, una de esas dos balas se la ha llevado él. O las dos.
No más de dos minutos han pasado hasta que, intrigados por el silencio, nos hemos asomado para ver si veíamos algo más allá del muro. “Dale dos blancos a ese cabrón y no sabrá cuál elegir”, me ha dicho Pau, muy seguro de sí mismo. Cuando he intentado rebatirle, me ha mirado, muy serio: “Ojalá tuviese una frase lapidaria para convencerte, tipo Bruce Willis o John Wayne, pero no la tengo”.
Casi pierdo los papeles cuando, al sacar la cabeza del escondrijo, me he encontrado de sopetón con el cuarto de los asaltantes. Sin embargo, en ese primer segundo, algo ha fallado en mi representación del peligro. Ese algo era David II, que caminaba detrás de él, apuntándole con su pistola.
Por lo visto, aprovechando la sorpresiva maniobra de Pau, corrió por un lateral hacia donde estaba ese bastardo con el fusil. Viéndose acorralado, trató de dispararle, pero David II ya estaba justo debajo y el ángulo era imposible. Dos veces los probó antes de darse cuenta que su oponente ya estaba arriba y le apuntaba a la cabeza con la pistola.
Joder, ha sido el día en que los boy scouts se convirtieron en héroes de película. Me he quedado allí, con la pistola en la mano, como mera comparsa, observando a ese cabrón que no se atrevía a mirarnos a la cara. Nunca antes me había sentido realmente tan protegido desde el desastre. Entonces, Pau ha movido ficha, y entendamos como ficha el seguro de su pistola. David II le ha frenado con la mano.
-He visto lo que has hecho; salvarnos el pellejo a los tres de una manera increíble, pero no hacen falta más víctimas por hoy. Hagamos, al menos, un prisionero.
¿Un prisionero? Demasiado para tan poco rato. Cuando trataba de procesar una información ya tenía otra encima, y otra, y otra. Y con mi vida colgando de un hilo cada vez. ¿Un prisionero? ¿Estamos en guerra? Y, mientras tanto, Pau le apuntaba a la cabeza y David II pedía cordura con sus palabras y mi complicidad con su mirada.
viernes, 27 de febrero de 2009
sábado, 21 de febrero de 2009
XVII. Trayecto interrumpido
Acabamos de volver de nuestra expedición y la situación es ahora más confusa que cuando partimos esta misma mañana. Lo que parecía que debía durar varios días se ha convertido en una salida de unas cuantas horas. Hay discusiones a lo largo del andén, reproches contenidos y miradas de soslayo. Estoy sentado en un extremo de la estación y puedo ver a todo el mundo que va y viene, gesticulante y nervioso. De vez en cuando, alguien se acerca, exigiéndome con la mirada una opinión, pero al verme con mi cuaderno se alejan mascullando entre dientes.
Esta mañana, como decía, Pau, David II y yo salimos a buscar la primera parada de nuestra marcha hacia el norte, un refugio que nos sirviese para darnos media vuelta en caso de problemas. Íbamos animados, hablando sobre las expectativas que cada cual tenía acerca de nuestro destino, en cómo ayudaría la nueva situación a poder soportar la presión de cada noche. Al pasar al lado del pozo, nuestra charla se ha detenido en seco, aunque no nuestro paso. En ese momento me he dado cuenta de que nunca había caminado más allá de ese punto por el interior del túnel, así que cuando hemos llegado a la siguiente estación se me ha formado un nudo en la garganta.
Sin embargo, al ver que estaba semiderruida, me he convencido a mí mismo de que no era fácil que hubiese nadie viviendo allí. Sí que nos podíamos encontrar, claro, cualquier tipo de merodeador. En estas tribulaciones estaba cuando los tres nos hemos parado de repente en mitad de un tramo donde el andén estaba en mejores condiciones. Detrás de unos cartones que cubrían un pequeño murete hecho con piedras hemos escuchado una tos ligera, como un carraspeo involuntario. Ahora, estábamos seguros de que nos estaban observando. En nuestro silencio podíamos percibir leves movimientos a nuestro alrededor, respiraciones entrecortadas que parecían a la expectativa.
Pau, que iba delante, ha reemprendido la marcha y, ligeramente sorprendidos, aunque aliviados, todo hay que decirlo, le hemos seguido. Sólo al salir del túnel, mientras abría su mochila para sacar una botella de agua, se ha girado hacia nosotros y ha puesto cara de pánico.
-Joder, pensé que no lo contábamos –ha dicho.
-¿Quién era esa gente? ¿Por qué han permanecido escondidos? –ha intervenido David II.
Los tres nos hemos mirado, mientras descansábamos sentados sobre las vías, con cara de no saberlo. Parecía que Pau iba a proponer una teoría cuando de entre los restos de los edificios cercanos han aparecido cuatro hombres armados, tres de ellos con pistola y un cuarto con fusil. Este último se ha quedado rezagado, en lo alto de un gran trozo de pared incrustado en el suelo, vigilando la escena y apuntándonos con el arma.
Apenas hemos tenido tiempo a reaccionar; nos hemos levantado preguntándonos si debíamos preocuparnos cuando uno de los hombres ha corrido hacia nosotros y ha disparado a bocajarro, pues ya se encontraba a menos de dos metros de nuestra posición.
Esta mañana, como decía, Pau, David II y yo salimos a buscar la primera parada de nuestra marcha hacia el norte, un refugio que nos sirviese para darnos media vuelta en caso de problemas. Íbamos animados, hablando sobre las expectativas que cada cual tenía acerca de nuestro destino, en cómo ayudaría la nueva situación a poder soportar la presión de cada noche. Al pasar al lado del pozo, nuestra charla se ha detenido en seco, aunque no nuestro paso. En ese momento me he dado cuenta de que nunca había caminado más allá de ese punto por el interior del túnel, así que cuando hemos llegado a la siguiente estación se me ha formado un nudo en la garganta.
Sin embargo, al ver que estaba semiderruida, me he convencido a mí mismo de que no era fácil que hubiese nadie viviendo allí. Sí que nos podíamos encontrar, claro, cualquier tipo de merodeador. En estas tribulaciones estaba cuando los tres nos hemos parado de repente en mitad de un tramo donde el andén estaba en mejores condiciones. Detrás de unos cartones que cubrían un pequeño murete hecho con piedras hemos escuchado una tos ligera, como un carraspeo involuntario. Ahora, estábamos seguros de que nos estaban observando. En nuestro silencio podíamos percibir leves movimientos a nuestro alrededor, respiraciones entrecortadas que parecían a la expectativa.
Pau, que iba delante, ha reemprendido la marcha y, ligeramente sorprendidos, aunque aliviados, todo hay que decirlo, le hemos seguido. Sólo al salir del túnel, mientras abría su mochila para sacar una botella de agua, se ha girado hacia nosotros y ha puesto cara de pánico.
-Joder, pensé que no lo contábamos –ha dicho.
-¿Quién era esa gente? ¿Por qué han permanecido escondidos? –ha intervenido David II.
Los tres nos hemos mirado, mientras descansábamos sentados sobre las vías, con cara de no saberlo. Parecía que Pau iba a proponer una teoría cuando de entre los restos de los edificios cercanos han aparecido cuatro hombres armados, tres de ellos con pistola y un cuarto con fusil. Este último se ha quedado rezagado, en lo alto de un gran trozo de pared incrustado en el suelo, vigilando la escena y apuntándonos con el arma.
Apenas hemos tenido tiempo a reaccionar; nos hemos levantado preguntándonos si debíamos preocuparnos cuando uno de los hombres ha corrido hacia nosotros y ha disparado a bocajarro, pues ya se encontraba a menos de dos metros de nuestra posición.
martes, 17 de febrero de 2009
XVI. Expedición
El resultado de la votación ha sido claro: 4 personas a favor de quedarnos y 8 que están de acuerdo con irnos.El tema de hacia dónde dirigirnos también ha sido controvertido, pero finalmente se ha llegado a un consenso. Una parte del grupo quería establecerse en la costa, mientras que los demás preferían una localización interior, lo más escondida posible. En plena discusión, Miquel ha recordado que en Pals, en plena Costa Brava, había una instalación del ejército, con lo que hemos supuesto que podría tener un subsuelo bien protegido, con almacenes o algún otro tipo de instalaciones. Creo que las palabras “Costa Brava” han hecho efecto en el buen ánimo del grupo y todos han considerado que sería buena idea ir hacia el norte. Si los tres informadores venían de Girona, quizá sería posible llegar hasta la costa sin demasiados sobresaltos.
Así pues, lo primero que hemos hecho es designar un grupo que partirá mañana mismo en busca de un refugio que esté a menos de medio día de nuestro túnel. Luego, habrá que buscar un segundo enlace y avanzar con sumo cuidado. De momento, será importante encontrar el primero y tratar de que el transporte de todo lo necesario no comporte demasiados problemas. En cualquier caso, supongo que podremos encontrar agua y alimentos de camino, tal como hemos hecho hasta ahora en las calles de la ciudad.
Prácticamente todos nos hemos ofrecido voluntarios para salir a explorar, pero al final iremos David II, Pau y yo. Los demás deberán esperar en la estación a que volvamos, reforzando la vigilancia también durante el día y procurando salir al exterior sólo lo imprescindible.
Esta noche no tengo guardia, ni tampoco Claudia, así que hemos decidido compartir las horas de oscuridad para tratar de rescatar pequeñas cápsulas de normalidad. Me gusta Claudia, pero no puedo dejar de pensar que en otras circunstancias seguramente ni siquiera nos hubiésemos llegado a conocer. ¿Por qué me eligió a mí el día que vino a sentarse a mi lado? Me hago esta pregunta y al momento me parece del todo innecesaria, ya que lo importante es que cuando escucho su respiración cerca, el ruido de arriba se diluye un poco, junto con mis miedos.
sábado, 14 de febrero de 2009
XV. Héroes de papel
Di mi opinión entre Miquel y Rosa y fui casi tan escueto como lo fueron ellos. No sabemos casi nada sobre nada y así es muy difícil hacer planes a corto o medio plazo. La situación ideal hubiese sido poder permanecer más tiempo en la estación para poder conocer mejor a qué nos enfrentamos, cuáles son nuestras amenazas y si podemos combatirlas. Pero la situación es la que es y no podemos controlarla. Si a esos cabrones que han tenido la misma jodida suerte que nosotros de sobrevivir se les ocurre dispararnos, para mí sólo quedan dos opciones: marcharnos o hacerles frente. Si nos quedamos y sólo tratamos de defendernos tenemos las de perder en cada envite. Y odio perder cuando hay vidas en juego.
Así que opté por marcharnos. Luego, después de que hablase todo el mundo, vi claro que hay que hacerlo con cabeza, tal como expuso Clara. Tras un buen rato de discusiones sobre cuáles eran las opciones, todos, pese a que David I no lo acababa de tener claro, convenimos que debíamos permanecer juntos y que la mayoría tendría que decidir.
Dentro de un rato vamos a votar por marcharnos o quedarnos. Cuando una de las dos opciones gane, decidiremos cómo hacerlo. Ahora tenemos nuestros minutos de reflexión, que estoy utilizando para recordar mi tarde con Claudia, a quien tengo recostada en mi regazo. Para que no podamos tratar de convencernos los unos a los otros fuera de la asamblea, también decidimos no hablar hasta después de la votación. Los niños están en el andén de enfrente jugando con unas tizas, pero Irene no puede dejar de sollozar. Ha perdido a su compañera de juegos y ahora se siente desplazada del grupo de los chicos y del de los adultos. Rosa está con ella y trata de calmarla. Le cuenta un cuento, pero los lobos, las madrastras y los monstruos dan mucho menos miedo que lo que pasa aquí y ahora, así que los héroes del papel se convierten en confeti.
Y yo, en mi cuento de todos los días, de todas las noches, sigo esperando a RQ.
Así que opté por marcharnos. Luego, después de que hablase todo el mundo, vi claro que hay que hacerlo con cabeza, tal como expuso Clara. Tras un buen rato de discusiones sobre cuáles eran las opciones, todos, pese a que David I no lo acababa de tener claro, convenimos que debíamos permanecer juntos y que la mayoría tendría que decidir.
Dentro de un rato vamos a votar por marcharnos o quedarnos. Cuando una de las dos opciones gane, decidiremos cómo hacerlo. Ahora tenemos nuestros minutos de reflexión, que estoy utilizando para recordar mi tarde con Claudia, a quien tengo recostada en mi regazo. Para que no podamos tratar de convencernos los unos a los otros fuera de la asamblea, también decidimos no hablar hasta después de la votación. Los niños están en el andén de enfrente jugando con unas tizas, pero Irene no puede dejar de sollozar. Ha perdido a su compañera de juegos y ahora se siente desplazada del grupo de los chicos y del de los adultos. Rosa está con ella y trata de calmarla. Le cuenta un cuento, pero los lobos, las madrastras y los monstruos dan mucho menos miedo que lo que pasa aquí y ahora, así que los héroes del papel se convierten en confeti.
Y yo, en mi cuento de todos los días, de todas las noches, sigo esperando a RQ.
domingo, 8 de febrero de 2009
XIV. Asamblea (parte dos)
Miquel
-Estoy de acuerdo con Pau; no creo que debamos intentar ampliar el grupo ni que podamos contraatacar.
Rosa
-Tenemos que quedarnos y extremar las precauciones.
David II
-Hay que irse cuanto antes. Joder, nos han disparado, han muerto tres personas. ¿Qué más hay que esperar? Podríamos ir hacia algún sitio tranquilo en la costa o buscar a alguno de los grupos de los que nos habló Matías. Mi idea es que, poco a poco, todos deberíamos ir juntándonos y poner nuestras ideas en común. Sólo así podremos superar el problema que tenemos. Si es que podemos.
Toto
-Me gusta la idea de ir a la costa. Pero no aquí, en la ciudad. Quizá podríamos establecernos de manera menos rudimentaria. No sé, hasta que ha hablado David pensaba en quedarme, pero tiene razón; nos van a matar a todos si no salimos de aquí.
Paula
-No tengo inconveniente en quedarme o en marcharnos, siempre que permanezcamos juntos y protejamos entre todos a los niños. Para mí, y creo que para todos, debería ser la máxima prioridad ahora mismo.
Clara
-Deberíamos marcharnos, pero no de forma precipitada. Si nos vamos, tiene que ser en orden y a un sitio seguro. Si nos vamos, insisto, alguien deberá ir delante para comprobar que todo está en orden, que tenemos un lugar donde quedarnos y que el camino es totalmente seguro. Que no nos puede coger la noche a la mitad de la marcha y que podremos transportar y conseguir provisiones igual que tenemos ahora. Aquí no nos falta nada esencial, pero no estamos seguros.
David I
-Por favor, os pido que nos marchemos. Si no es así, sugiero que el grupo se fragmente y me acompañe quien quiera. No puedo estar de noche pensando en el ruido y de día pensando en esa gente. No puedo.
-Estoy de acuerdo con Pau; no creo que debamos intentar ampliar el grupo ni que podamos contraatacar.
Rosa
-Tenemos que quedarnos y extremar las precauciones.
David II
-Hay que irse cuanto antes. Joder, nos han disparado, han muerto tres personas. ¿Qué más hay que esperar? Podríamos ir hacia algún sitio tranquilo en la costa o buscar a alguno de los grupos de los que nos habló Matías. Mi idea es que, poco a poco, todos deberíamos ir juntándonos y poner nuestras ideas en común. Sólo así podremos superar el problema que tenemos. Si es que podemos.
Toto
-Me gusta la idea de ir a la costa. Pero no aquí, en la ciudad. Quizá podríamos establecernos de manera menos rudimentaria. No sé, hasta que ha hablado David pensaba en quedarme, pero tiene razón; nos van a matar a todos si no salimos de aquí.
Paula
-No tengo inconveniente en quedarme o en marcharnos, siempre que permanezcamos juntos y protejamos entre todos a los niños. Para mí, y creo que para todos, debería ser la máxima prioridad ahora mismo.
Clara
-Deberíamos marcharnos, pero no de forma precipitada. Si nos vamos, tiene que ser en orden y a un sitio seguro. Si nos vamos, insisto, alguien deberá ir delante para comprobar que todo está en orden, que tenemos un lugar donde quedarnos y que el camino es totalmente seguro. Que no nos puede coger la noche a la mitad de la marcha y que podremos transportar y conseguir provisiones igual que tenemos ahora. Aquí no nos falta nada esencial, pero no estamos seguros.
David I
-Por favor, os pido que nos marchemos. Si no es así, sugiero que el grupo se fragmente y me acompañe quien quiera. No puedo estar de noche pensando en el ruido y de día pensando en esa gente. No puedo.
jueves, 5 de febrero de 2009
XIII. Asamblea (parte uno)
Esta noche he hecho la guardia con Miquel y ninguno de los dos tenía claro qué nos preocupaba más en esos momentos; el ruido que nos erizaba la piel a cada instante o los disparos indiscriminados del exterior.
Un poco antes de que amaneciese, cuando el ruido se va haciendo cada vez más leve y lejano, se ha acercado a las escaleras Clara.
-Hemos quedado en media hora para hablar de lo de ayer. Pensábamos que lo de Raúl fue un incidente aislado, un accidente, pero después de lo que ha pasado creo que deberíamos discutirlo.
-Estoy de acuerdo –ha respondido Miquel, lacónicamente.
Clara me ha mirado y he asentido con la cabeza.
En cuanto hemos visto que la luz del día se filtraba por el hueco de la escalera hemos bajado hacia el andén. Quizá lo más prudente hubiese sido hacer la guardia de día y no de noche.
Alrededor de una hoguera, todos los adultos han expresado su opinión. Ningún murmullo, ningún comentario hasta que todo el mundo ha acabado de hablar.
Pau
-Creo que debemos quedarnos en la ciudad, extremar las precauciones y no alejarnos demasiado durante el día. Como medida suplementaria de seguridad, mi idea es salir al exterior lo menos posible y montar guardias también durante el día.
Rubén
-No acabo de verlo claro. Si nos quedamos, a parte de lo que ha dicho Pau, creo que deberíamos organizarnos, buscar a más gente y tratar de combatir a los francotiradores. O lo que sean. No podemos quedarnos de brazos cruzados haciendo guardias y tratando de salir lo menos posible. ¿Hasta cuándo estaríamos así? Creo que después de lo que pasó, no es justo.
Claudia
-Debemos marcharnos de la ciudad, buscar un buen refugio para las noches en el campo e intentar cultivar la tierra y tener animales. Ya sé que suena ideal e incluso bucólico, pero creo que evitaríamos problemas como los que estamos teniendo.
Julián
-En este momento, no veo claro qué debemos hacer. Tengo miedo, supongo que igual que todos, pero a mí me atenaza y no puedo pensar con claridad. Haré lo que diga la mayoría, pero mi opinión, en cualquier caso, es que debemos permanecer todos juntos.
Un poco antes de que amaneciese, cuando el ruido se va haciendo cada vez más leve y lejano, se ha acercado a las escaleras Clara.
-Hemos quedado en media hora para hablar de lo de ayer. Pensábamos que lo de Raúl fue un incidente aislado, un accidente, pero después de lo que ha pasado creo que deberíamos discutirlo.
-Estoy de acuerdo –ha respondido Miquel, lacónicamente.
Clara me ha mirado y he asentido con la cabeza.
En cuanto hemos visto que la luz del día se filtraba por el hueco de la escalera hemos bajado hacia el andén. Quizá lo más prudente hubiese sido hacer la guardia de día y no de noche.
Alrededor de una hoguera, todos los adultos han expresado su opinión. Ningún murmullo, ningún comentario hasta que todo el mundo ha acabado de hablar.
Pau
-Creo que debemos quedarnos en la ciudad, extremar las precauciones y no alejarnos demasiado durante el día. Como medida suplementaria de seguridad, mi idea es salir al exterior lo menos posible y montar guardias también durante el día.
Rubén
-No acabo de verlo claro. Si nos quedamos, a parte de lo que ha dicho Pau, creo que deberíamos organizarnos, buscar a más gente y tratar de combatir a los francotiradores. O lo que sean. No podemos quedarnos de brazos cruzados haciendo guardias y tratando de salir lo menos posible. ¿Hasta cuándo estaríamos así? Creo que después de lo que pasó, no es justo.
Claudia
-Debemos marcharnos de la ciudad, buscar un buen refugio para las noches en el campo e intentar cultivar la tierra y tener animales. Ya sé que suena ideal e incluso bucólico, pero creo que evitaríamos problemas como los que estamos teniendo.
Julián
-En este momento, no veo claro qué debemos hacer. Tengo miedo, supongo que igual que todos, pero a mí me atenaza y no puedo pensar con claridad. Haré lo que diga la mayoría, pero mi opinión, en cualquier caso, es que debemos permanecer todos juntos.
domingo, 1 de febrero de 2009
XII. Delito y sentencia
Por momentos veo absolutamente claro, con una nitidez inusual en estos tiempos, que ha sido la estupidez humana la que nos ha llevado al desastre. No puede ser de otra forma. Cómo, si no, quedando tan pocos supervivientes, alguien se dedica a matarlos a tiros. No falta agua, no falta comida. Me estremece pensar que se trata de pura diversión, me repugna creer que busquen hacerse los dueños de… ¿de qué, en realidad? Dios mío, han matado a un niño…
Poco a poco han ido llegando todos. Al ver que no bajaba Claudia, me he puesto en la peor de las posibilidades. Claro está, en lo que a mí concierne. Por supuesto, tenía que ser ella. Toto, un cuarentón con aspiraciones de veinteañero, a tenor de su forma de vestir y su pelo largo (sólo por detrás, todo hay que decirlo), se ha acercado, casi con cuidado. Sin saber cómo empezar, ha conseguido arrancar por fin:
-Diego… Claudia está arriba, con Rosa. Las que… bueno… las que no van a volver son Tomika y Diana.
Por un momento, sólo por un momento, ha asomado en mi garganta un hilo de alegría, apagado al instante por una rabia que en algún momento deberá explotar.
Toto ha seguido explicándome que no habían podido recuperar los cuerpos esta vez. Han muerto en lugares diferentes, pero bajo las mismas circunstancias.
Tomika había nacido en Vic, de padres nigerianos. Tenía cerca de 50 años y era una de las personas más activas del grupo. Siempre estaba buscando nuevas oportunidades de mejorar nuestras circunstancias y sabía bien dónde encontrar aquello que necesitábamos. Investigaba unas cajas en busca de un ordenador cuando varios disparos la alcanzaron por la espalda, según Toto.
Sin embargo, tengo el corazón helado, literalmente, por la muerte de Diana. Tenía 8 años. ¿En qué cabeza cabe? No en la mía. No puedo quitarme su imagen de la retina; fue un ejemplo para los otros niños, siempre con una sonrisa en los labios, nunca se quejó por nada. Solía salir de la mano de Rosa o de David I. Hoy iban los tres, además de Clara y Pau. Paseando, simplemente caminando en grupo bajo el sol, tratando de que esta vida pueda parecer un sucedáneo de la antigua. Ése ha sido su delito, su sentencia.
Ha empezado a caer la tarde y todo el mundo ya está aquí abajo. Antes de que empiece el ruido de cada noche aún puedo distinguir sollozos y llantos ahogados a lo largo del andén.
Me he ofrecido voluntario para la guardia que ahora empieza porque no quiero oír también el mío.
Poco a poco han ido llegando todos. Al ver que no bajaba Claudia, me he puesto en la peor de las posibilidades. Claro está, en lo que a mí concierne. Por supuesto, tenía que ser ella. Toto, un cuarentón con aspiraciones de veinteañero, a tenor de su forma de vestir y su pelo largo (sólo por detrás, todo hay que decirlo), se ha acercado, casi con cuidado. Sin saber cómo empezar, ha conseguido arrancar por fin:
-Diego… Claudia está arriba, con Rosa. Las que… bueno… las que no van a volver son Tomika y Diana.
Por un momento, sólo por un momento, ha asomado en mi garganta un hilo de alegría, apagado al instante por una rabia que en algún momento deberá explotar.
Toto ha seguido explicándome que no habían podido recuperar los cuerpos esta vez. Han muerto en lugares diferentes, pero bajo las mismas circunstancias.
Tomika había nacido en Vic, de padres nigerianos. Tenía cerca de 50 años y era una de las personas más activas del grupo. Siempre estaba buscando nuevas oportunidades de mejorar nuestras circunstancias y sabía bien dónde encontrar aquello que necesitábamos. Investigaba unas cajas en busca de un ordenador cuando varios disparos la alcanzaron por la espalda, según Toto.
Sin embargo, tengo el corazón helado, literalmente, por la muerte de Diana. Tenía 8 años. ¿En qué cabeza cabe? No en la mía. No puedo quitarme su imagen de la retina; fue un ejemplo para los otros niños, siempre con una sonrisa en los labios, nunca se quejó por nada. Solía salir de la mano de Rosa o de David I. Hoy iban los tres, además de Clara y Pau. Paseando, simplemente caminando en grupo bajo el sol, tratando de que esta vida pueda parecer un sucedáneo de la antigua. Ése ha sido su delito, su sentencia.
Ha empezado a caer la tarde y todo el mundo ya está aquí abajo. Antes de que empiece el ruido de cada noche aún puedo distinguir sollozos y llantos ahogados a lo largo del andén.
Me he ofrecido voluntario para la guardia que ahora empieza porque no quiero oír también el mío.
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