miércoles, 25 de marzo de 2009

XXIV. Sólo una respuesta

Ahora lo sé con certeza. Es una verdad hiriente, un jarro de agua fría perpetuo que va a durar mientras viva, que me perseguirá si intento escapar y que se sentará a mi lado a descansar cuando el camino se haga largo. No estoy preparado, nadie lo está, para saber vivir aquí y ahora. ¿Alguien lo aprenderá algún día? Me angustia la idea de saber que los que nazcan, si eso es posible, no habrán conocido otro mundo, otra realidad.

Miro a los nuevos niños del grupo, pero ya han dejado de serlo. Su historia puede ser parecida a la de todos nosotros. O totalmente diferente. Pero a mí no me importa, no me interesa conocerla. Están aquí y eso es lo que vale, lo que cuenta.

Se han lavado, han comido, se han vestido. Están jugando e intuyo que hace tiempo que no lo hacían. Pongamos que desde un 9 de octubre. Fiesta nacional, se acabó el colegio. Y todo lo demás.

Me superan los acontecimientos, cada vez más. Me lleno de rabia y no sé cómo combatirla, cómo darle salida. Necesito echar una cabezada. Diez minutos, sólo eso.

La noche. El vacío que llena sólo el ruido. Unas manos. ¿Son las mías? Me estoy mirando las manos. Cierro los puños, estiro los dedos a continuación. Miro a mi alrededor y veo edificios hechos añicos donde se reflejan sombras que provoca una hoguera. Tengo frío y acerco las manos al fuego. Presto atención, pero no oigo nada. Es extraño; sé que ahí está el ruido, pero no lo oigo. Y ahí están las caras de siempre, que pasan una tras otra. Pero esta vez la ruleta se detiene en una. “Estas manos no son tuyas”, acaba diciéndome.

Y, sin embargo, las veo como si fuesen las mías. Tiene razón. No son mis manos, no sé de quién son, pero el brazo derecho está ahora estirado hacia delante. El dedo índice señala hacia algún lugar, pero no puedo mirar, sólo soy capaz de ver ese dedo.

El ruido. La oscuridad. Trato de abrir los ojos, pero soy incapaz de conseguirlo. Oigo voces en el andén, pero estoy demasiado cerca, todavía no puedo regresar. No me pueden despertar aún, tengo que ver dónde apunta ese dedo y la única manera es abrir los ojos.

Lo veo de nuevo, ahí está, señalando. Sólo un poco más, un pequeño esfuerzo y lo conseguiré. La hoguera, las paredes, las sombras que danzan, un grafitti y, por supuesto, dos letras dibujadas en un muro de ladrillo.

Ahí están, ahí señala el dedo, ése es mi camino y no puede ser ningún otro. Tengo que buscar a RQ; ahora tengo la seguridad de que existe. Y no sé si me espera, pero necesito encontrar esa respuesta.

No necesito otras, pero sí ésta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario