A veces, por fortuna, los sueños cambian. No es lo habitual en mi caso, pues el mismo se viene repitiendo indefectiblemente cada vez que cierro los ojos. Sin embargo, esta noche, RQ me ha dejado descansar y quizá haya sido precisamente eso lo que ha hecho que me despertase. Con la sala en silencio, sólo roto por la respiración desigual de las personas que duermen a mi alrededor y por el ruido que intenta filtrarse por la puerta, me he sentido más solo que nunca y, sin embargo, más esperanzado que cualquier otro día desde el desastre.
Intento no pensar demasiado en aquel 9 de octubre, en aquella tarde en la que todo lo que fue dejó de ser. A veces, por supuesto, es imposible abstraerse por completo y las imágenes van cobrando forma poco a poco hasta que te encuentras integrado en la secuencia que acabó con prácticamente todo, con prácticamente todos.
Y, la verdad, ahora que lo pienso, todo lo que fue pasando a lo largo de la mañana y de las primeras horas de la tarde de aquel día adquiere un nuevo sentido que antes no veía por ningún lado. Quizá es la perspectiva que tengo ahora de unos hechos que pasaron hace meses y que dejaron huellas insondables en las retinas de todos los supervivientes, pero me parece ver que lo que pasó todo el mundo lo sabía. Recuerdo cada conversación que tuve ese 9 de octubre, cada sonrisa que me regalaron, cada llamada de teléfono. Y esa desazón constante flotando en el ambiente desde que salí de la cama. El tono de las conversaciones, las palabras dichas o guardadas, los gestos de cada persona; todos parecíamos saber que serían los últimos.
Derramo lágrimas al acordarme; cuántos “ya nos veremos”, “hasta luego”, “que vaya bien” y, sobre todo, los abrazos recibidos a través del teléfono. ¿Por qué llamaría mi madre aquel día? ¿Qué significaban sus palabras? Las llevo grabadas a fuego: “las carreteras no van a ningún lado, la gente va y no sabe dónde, hay algo extraño y no sé decirte qué es, la gente va y parece que vuelve”. Lo dijo asomada en el balcón, mientras observaba la caravana interminable de coches que atravesaban la carretera del pueblo. No podía tener más razón, no tenía ninguna explicación aquella aglomeración repentina donde nunca antes había habido ninguna. Pero la gente no decía nada; parecía que todo el mundo sabía algo que no quería compartir.
Me da miedo cuando pienso que, en realidad, a nadie le extrañó lo que pasó, porque parecía que todos lo supiésemos. Antes de irme, mañana, tengo que preguntarles qué opinan al respecto.
Echo tanto de menos a los que no están, todos en mi caso, que hasta ahora no me había atrevido a ponerlo sobre el papel. Parece que el ruido se va retirando poco a poco ahí fuera, así que la hora de marcharme está cerca. Creo recordar que había una película con este título:
Amanece, que no es poco.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario