martes, 7 de abril de 2009

XVII. La chica y la escopeta

Una vez llegaban a su punto más alto, donde había una puerta en la roca después de atravesar un pequeño porche con unas sillas, las escaleras bajaban de nuevo por el interior del acantilado. Un poco a tientas, y apoyándome en las paredes frías y húmedas, he ido bajando hasta dar con una gran sala que debió ser, sin duda, alguna discoteca de playa. Había algunas reformas hechas, pero podían verse claramente las barras y las botellas en las estanterías. Gran refugio, he pensado, pero pésima la seguridad de la discoteca. He tenido que sonreír ante estos pensamientos fuera de lugar. O, más que de lugar, de momento.

Me he encontrado cinco personas esperándome; la chica de la escopeta, que todavía no había soltado, el hombre que había visto en la escalera, una mujer bastante mayor y dos niños pequeños.

El hombre se ha acercado un poco y me ha ofrecido asiento con un gesto. He elegido un sofá que seguramente a principios de los ochenta ya estaría pasado de moda, pero donde ha sido reconfortante sentarme.

Todos me han imitado, menos uno de los niños, que ha permanecido de pie, observándome más con curiosidad que con desconfianza.

-No es habitual ver viajeros. Disculpe el recibimiento –ha empezado el hombre.

-No se preocupe. Todas las precauciones son pocas.

-¿De dónde viene, joven? –ha preguntado la señora. A la luz de las velas parecía aún mayor de lo que me había parecido en un primer momento.

-De Barcelona. De lo que queda de ella…

Durante la cena, he sabido que el hombre, Manuel, era hijo de la señora, Ángeles, y que no tenían parentesco ni con la chica ni con los dos niños. Como siempre, distintas carambolas les habían llevado a compartir un lugar para vivir. Para sobrevivir.

Mientras pensaba en lo maravilloso de conservar un familiar tan cercano, me he topado con los ojos de Maya, ése es su nombre, que por fin había dejado en un rincón su escopeta. En un primer momento, me he venido abajo, abrumado por una profundidad que no pensaba que ya nadie pudiese conservar. Una vez más, afortunadamente, me equivocaba. Ojos duros que se alejaban o acercaban a voluntad y que me escrutaban sin vacilar.

Tras unos segundos que me he dado de respiro, he vuelto a buscar su mirada, pero ya estaba puesta en Tom y Jerry, como llamaba a los dos niños. No me he atrevido a preguntar sus nombres reales, porque esos detalles a nadie le importan ya.

Entonces, sin previo aviso, claro, ha vuelto a mirarme y he conseguido no bajar los ojos de nuevo. La sonrisa que ha esbozado me ha dicho muchas cosas. La más importante, que hay motivos para seguir adelante. Nunca viene mal que te lo recuerden. Aunque sea por un momento.

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