lunes, 1 de junio de 2009

XXXIV. Tranquilo, tranquilo

-Tranquilo, tranquilo…

Una voz ronca ha precedido al chasquido de la piedra de un mechero. Por un instante, los pasos que se acercaban hacia el claro se han detenido, pero unos segundos después aparecía ante mí un hombre de unos cincuenta años, vestido con chándal y con una antigua y descolorida gorra de los Barcelona Dragons.

-Puedes bajar el arma; ni el perro ni yo vamos a hacerte nada. Además, no creo que con el seguro puesto puedas defenderte demasiado.

Parecía sacado de una antigua película del oeste; con la pierna derecha flexionada y apoyada en una roca, con el codo en la rodilla mientras fumaba y me miraba con las cejas muy juntas. Sin embargo, su vestimenta de táctel le delataba.

-¿A qué esperas, amigo? ¿Todavía crees que somos una amenaza? ¡Mus, ven aquí!

El perro me ha mirado con total indiferencia antes de darse tranquilamente media vuelta y avanzar al trote hacia el hombre del chándal.

-Si quieres venir conmigo, adelante; puedes pasar el tiempo que quieras en mi guarida. Tengo todo lo necesario para no pasar penurias.

Ante mi falta de reacción, todavía con la pistola apuntando al frente, el hombre ha girado en redondo y ha echado a andar. Cuando por fin me he visto solo, he bajado el arma y he dejado que se marchasen de mi cabeza los recuerdos del tiroteo a la salida del túnel. Unos segundos después he conseguido tranquilizarme y entonces he sentido de nuevo miedo por el final del día.

-¡Sigue en pie mi oferta! –he escuchado ya un poco a lo lejos.

He empezado a caminar casi sin darme cuenta, siguiendo la dirección que había tomado un minuto antes el hombre con el perro detrás. Al poco de adentrarme en el bosque, me lo he encontrado esperándome, apoyado en un árbol, con un nuevo cigarrillo entre los dedos.

-¿De dónde vienes, amigo?

Aunque formulado como una pregunta, ha sido sin duda una exigencia. Lo ha dicho de manera sombría mientras se quitaba la gorra y se rascaba la cabeza, teñida de rubio platino y con unas incipientes raíces negras.

Son grandes tiempos para la lírica.

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