lunes, 11 de mayo de 2009

XXXII. Al pie de las montañas

Estoy sentado al pie de la montaña. Llevo dos horas caminando desde que me despedí y no estoy seguro de merecerme el descanso, pero aquí estoy escribiendo mientras me como unas galletas que metió Ángeles en mi bolsa. Ninguno de ellos compartía mis pensamientos sobre el día del desastre, pero tampoco les ha parecido nada extraño que los pueda tener. A fin de cuentas, ¿qué puede resultar hoy tan raro para sorprender a los que siguen sobreviviendo?

Resumiendo las ganancias de esta mañana: las galletas que Ángeles tuvo a bien hornear, cuatro bolígrafos para estrenar y las palabras de Maya mientras me alejaba, escaleras abajo: “espero volver a verte”. He pensado que yo también, pero no lo he dicho en voz alta; me he limitado a sonreír mientras me despedía con la mano.

El camino que me ha llevado a las montañas que separan la costa del interior ha sido, más o menos, como el que había visto hasta ahora, pero no por ello deja de ser un desánimo constante; edificios en ruinas, el viento silbando en los rincones y el polvo suspendido que flota para recordarte que la ciudad de turno es, precisamente, eso. Y sin rastro de personas que doten de vida las calles. Es una sensación a la que me cuesta acostumbrarme, caminar y caminar sin escuchar una voz. Compraría ahora mismo un kilo de palabras y cien gramos de palmadas en la espalda. Ojalá fuese así de fácil.

Estoy dudando si empezar a fumar. Tengo en la mochila un paquete de Camel que cogí porque pensé que podía serme útil. Nunca se sabe si un pitillo puede salvarte la vida en un momento en lugar de quitártela poco a poco. No, de momento no empezaré. Ya veremos más adelante. Si hay más adelante, claro.

Dos minutos más y sigo mi marcha hacia la montaña. No sé cuál es el camino más corto ni si podré encontrar refugio, pero así va a ser el resto de mi vida, así que mejor que trate de irme acostumbrando.

Con el último bocado a las galletas me he puesto a pensar en Claudia, pero a quien echo de menos ahora es a Maya. Parece increíble cómo se puede ser tan voluble, pero qué importancia tiene, a fin de cuentas. Dudo que vuelva a ver a alguna de las dos alguna vez, así que debería pensar en la próxima mujer que se cruce en mi camino, no en las que ya lo hicieron. ¿Y fueron muchas o pocas? Qué más da, claro. Si el amor mueve el mundo, ¿qué me mueve a mí? ¿O es que ya no lo mueve? ¿O es que nunca lo hizo?

Tiene gracia si lo que movía en realidad el mundo era el dinero, porque ahora no vale para nada. Sin embargo, ojalá tuviese ahora una maleta llena de billetes. Es mucho más fácil encender una hoguera.

Un paso y otro y otro y otro. Voy. Y eso es suficiente, de momento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario