Manuel era taxista. Sigue siéndolo, me dice, aunque ya no tenga coche ni haya una sola carretera en buen estado. Por lo que he visto, tiene razón; no he podido encontrar un tramo sin destrozar de más de 200 metros. Explica no tan viejas historias de su trabajo que ahora, sin embargo, parecen perdidas en los albores del tiempo, como si estuviera inventando algo que pudo pasar o no hace cientos de años. Así son las cosas. Ángeles permanece en silencio, escuchando la conversación, y su mirada siempre se centra en quien está hablando en ese preciso instante. Maya hace unos minutos que ha ido a acostar a los dos niños.
Es la primera noche que paso fuera de la estación desde hace mucho tiempo, así que me encuentro un poco a contrapié. Pregunto si no hacen guardias por la noche y sus caras de sorpresa me confirman una sospecha que siempre tuve. Para qué.
Aquí abajo, con la puerta cerrada, sólo se oye el ruido cuando la conversación se para, así que intento rellenar los huecos con pequeñas afirmaciones o preguntas que en otro momento nunca hubiese hecho. Creo que se dan cuenta, pero no me dicen nada.
Maya ha vuelto y nos pide hablar más bajo. Los niños se han dormido. Cada poco, vuelve su mirada hacia las camas para comprobar que todo sigue bien, pero entra de repente en la conversación, no sé si porque ya ha dado su aprobación personal al sueño de los pequeños o por el tema que acaba de salir a colación.
-Fue difícil al principio, todo el mundo iba a ciegas y muchos murieron por ello. A nosotros nos salvó la prudencia.
-No acabo de saber cómo funciona. Sé que no podía entrar en la estación de metro donde nos resguardábamos.
-Si era profunda, no. –ha intervenido Maya- Tengo una teoría, pero puede que sólo sea eso, una teoría estúpida y que no se acerque lo más mínimo a la realidad. Quizá con lo que tú sabes y lo que sabemos nosotros pueda conocer si estoy o no equivocada.
Se han quedado callados, esperando que yo hablase, pero creo que me ha impulsado más el ligero rumor del ruido que sus miradas interrogantes.
-Sólo sé que en la parte de más abajo estábamos protegidos, pero que perdimos compañeros que estaban bajo techo un poco más arriba.
-¡Eso es! –me ha cortado Maya. Sus ojos, profundos de nuevo, indicaban claramente que acaba de confirmar su teoría con mis palabras- El ruido puede penetrar techos y paredes, pero sólo hasta cierto punto. Es por eso que aquí la roca nos protege. Es por eso que…
Y entonces su mirada se ha tornado sombría. No ha hecho falta que explicase nada más, porque cada uno tiene una historia, o cientos, de pérdida y desesperación. Porque las palabras que a unos les sobran, les faltan a otros. Me he sentido solo, desamparado y sin camino que seguir, pero esos ojos han recobrado la compostura en ese segundo de divagación que he tenido, por lo que no ha habido más remedio que seguir su ejemplo.
Es la historia de todos los días. A veces me pregunto si vale la pena que lo siga siendo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario