sábado, 28 de marzo de 2009

XXV. Buena suerte

-Buena suerte, ve con cuidado –me dice Pau, mientras me estrecha la mano, pero sus ojos no expresan lo mismo. “Te vas porque quieres, así que la responsabilidad de lo que te pase será sólo tuya” es lo que entiendo, pero al final nunca estás seguro. De nada.

Cuando por fin tomé la decisión de marcharme me sentí liberado, así que entendí ese síntoma como una señal de que estaba haciendo lo acertado. Echaré de menos a personas que conozco desde hace no demasiado, a unos niños recién llegados que me han convencido de que hay que luchar para hacer de este desastre un espacio algo mejor. Todavía no sé cómo, pero estoy en camino. Uno incierto y peligroso, pero ahora mismo no tengo otro. Ojalá lo tenga algún día; ojalá lo tengamos todos.

Llevo agua y comida en la mochila, algo de ropa y una pistola que espero no tener que usar nunca. Una noche, durante la guardia, Rubén me dijo que él siempre llevaba encima la suya.

-Nunca sabes cuándo tendrás que dispararle a alguien o pegarte un tiro a ti mismo.

Aquella frase me estremeció en su momento y ahora resuena fría y metálica en mi cabeza; se ha quedado permanentemente en mi base de datos y sé con certeza que nunca más se irá. Por suerte, todavía conservo otras de antes del desastre, que me unen con ese pasado que ya no volverá, pero que me hizo ser como soy, para bien o para mal.

Me he despedido de todos personalmente. He intentado permanecer tranquilo, pero poco a poco me han ido fallando las fuerzas, especialmente con Claudia. Sin embargo, me voy con la sensación de haber mantenido el tipo dentro de mis posibilidades. He roto, al fin y al cabo, el pacto de permanecer juntos, pero no sé si notarán alguna diferencia cuando me haya ido. Todavía no tengo claro qué he podido aportar al grupo.

Son las ocho de la mañana. Hace un día fantástico para dejarlo todo atrás, una vez más. Salgo a la calle y comienzo a caminar entre los escombros. ¿Hacia dónde me dirijo? ¿Dónde están la hoguera y la pared pintada? Si están sólo en mi cabeza éste va a ser mi enésimo fracaso, otra torpeza más propiciada por mi mal instinto. Pero ya estoy caminando y me dirijo a la costa, sin saber muy bien por qué.

Todavía estoy a tiempo de volver, me digo, después de pararme a descansar tras tres horas de marcha. Voy hacia el norte siguiendo la línea de costa, obsesionado con encontrar un refugio para pasar la noche, temeroso de no hallarlo y perder la vida por una corazonada. Miro los barcos hechos añicos en la playa, la carretera como un largo puzzle donde faltan numerosas piezas de asfalto, algunos pájaros a mi alrededor en busca de comida. No veo cómo sería posible empezar de cero con tantos trozos de realidad que te escupen a la cara cuando intentas evadirte, aunque sea mínimamente.

Otra vez estoy en marcha. Tengo margen para encontrarlo, pero voy a morirme si no doy con un agujero donde pasar la noche.

No hay comentarios:

Publicar un comentario