Me han despertado las carreras de los dos niños por la pista de baile y los vanos intentos de Ángeles para que no hicieran ruido. Cuando por fin he podido abrir los ojos sólo he les he visto a ellos tres, pero al poco ha aparecido Manuel por la escalera.
-¡Buenos días! ¿Has dormido bien?
Entre bostezos le he agradecido la oportunidad de pasar la noche con ellos y he contestado afirmativamente a su pregunta. Me ha explicado que cada mañana, con el alba, se levanta y va paseando hasta un huerto que se ha hecho a diez minutos tierra adentro.
-No es demasiado difícil encontrar semillas y ahora no hay que pelearse con nadie por las lindes del huerto. No como antes, que era un jaleo, sobre todo aquí…
Mientras desayunábamos, ha seguido explicando historias sobre el taxi y sus ratos muertos de cultivo en algún punto del extrarradio de Barcelona. Son admirables su vitalidad y buen humor, que no ha perdido ni un segundo desde que llegué ayer por la tarde. Se me antojaba imposible que alguien indujese constantemente energía positiva a los que le rodean ya antes del desastre, con lo que ahora no dejo de sorprenderme todavía más. Aprovechando un silencio de su hijo, Ángeles ha intervenido en la conversación.
-Ayer nos dijiste de dónde venías, pero no a dónde vas. ¿Podemos saberlo o es necesario que guardes el secreto?
Manuel la ha mirado sorprendido, instándola con la mirada a que no siguiese adelante, pero la pregunta ya estaba hecha. Tanto ella como Maya, recién levantada, han esbozado sendas sonrisas.
-No, no es ningún secreto. Una estupidez, quizás. Estoy buscando a alguien, pero no sé quién es ni dónde está. Sólo sé, o ni siquiera de eso estoy seguro, que debo encontrarle. Ni por qué ni para qué. Siento decirlo, pero no tengo más información.
-¿No sabes ni su nombre? –ha acabado preguntando Maya, tras unos segundos de silencio. Por un momento, me ha asaltado la esperanza de que tuviesen alguna pista de dónde encontrar a RQ.
-No… bueno, no lo sé. ¿Conocéis a alguien llamado RQ?
Los tres se han mirado, sin responderme, mientras los niños empezaban a repetir las dos letras persiguiéndose el uno al otro en pequeñas carreras por el interior de la discoteca.
Les he instado, con un leve movimiento de cejas, a que me respondiesen, pero he sentido un miedo frío y seco cuando Manuel ha comenzado a hablar.
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