lunes, 13 de julio de 2009

XL. Gol

He dudado un momento antes de guardarme los prismáticos en la mochila y echar a andar camino abajo, hacia el valle. Por unos instantes me ha parecido estar en un centro comercial el primer día de rebajas. “Demasiada gente”, me he sorprendido pensando a mí mismo. Entonces, me he detenido y me he echado a llorar desconsoladamente, primero de pie, en medio de la vereda, después de cuclillas apoyado en el tronco de un árbol. Me ha alegrado que mis sollozos bloqueasen ideas que nunca hubiese querido tener y que, sin embargo, estaban llegando sin avisar. He acabado por sentarme mientras me restregaba los ojos con las mangas de la chaqueta sucia que llevo puesta.

Tenía un padre y una madre. Tenía dos hermanos, uno mayor y otro más pequeño. Tenía una chica a mi lado. Tenía un trabajo que adoraba. Tenía un carné de socio del equipo de toda mi vida. Tenía una Vespa. Tenía una sonrisa permanente. Y ahora no tengo nada de lo que más me importaba. Tengo vacíos mentales. Tengo una obsesión que es posible que me lleve a una muerte temprana. O ya tardía, según se entienda. Tengo una pistola en la mochila. Y cigarrillos. No soy la persona que era. Ya no; no puedo serlo.

Ha sido mi cumpleaños. Ayer, creo. O será mañana, no estoy seguro. Pierdo la cuenta. Ya no cumplo años, he decidido. Los iré descontando, si es que hay otros. “Que cumplas muchos más”. “Y que tú lo veas”. Aprieto los dientes, no sé si de rabia o rellenando unos segundos en un mundo donde no hay nada que hacer sino sobrevivir a la noche. Otros en la estación pensaban que, en realidad, todo estaba por hacer. Recuerdo que pensé como ellos. Una vez. Sí. Me está haciendo daño caminar solo, me mata por dentro y empiezo a darme cuenta.

Me levanto y estiro los brazos hacia el cielo. Me sorprende mi postura.

-¡Gooooooooooooooool! –grito con todas mis fuerzas. Algunos pájaros salen volando de ramas cercanas.

Y, al cerrar los ojos, veo a mis amigos en la grada, llorando de miedo y de alegría al haber salvado la categoría en el último suspiro de la liga, todavía mirando de reojo hacia el campo, sin fiarse del todo de que el gol sea válido. Siempre sufriendo. Ahora el estadio está en ruinas. Lo vi con mis propios ojos. Ahora todos ellos están muertos. Xavi, David, Raúl y los hermanos Montero. No los he visto con mis propios ojos, pero no hace falta.

Cuando me quiero dar cuenta ya estoy bajando a buen paso hacia el valle, preguntándome quién es esa gente que va en un barco. ¿Atracan cada noche en un lugar diferente o vuelven siempre al mismo puerto, donde tienen refugio seguro? Durante unos minutos todavía me persigue la imagen del hombre en la cubierta, señalándome con su dedo índice.

Qué golazo para nada, pienso, retomando otros pensamientos.

sábado, 4 de julio de 2009

XXXIX. Hacia la cima

No ha insistido mucho para que me quedase, sabedor de que tenía ya la decisión tomada de antemano. Le agradezco todo lo que ha hecho por mí y le tiendo la mano. Antes de estrechármela duda, me mira, se quita la gorra y sólo entonces lo hace, con una amplia sonrisa que le consigue dar, durante ese instante, unas facciones más amables.

Mus, el perro, se restrega amistosamente en mi pierna, como dando a entender que lamenta el incidente de ayer. No quería asustarme, claro está, sino sólo mantenerme a raya hasta que llegase su amo. No hay modo de saberlo, por supuesto, pero es una idea que me consuela ligeramente. Es una suerte poder sentirse acompañado por un perro leal en medio de la montaña. Se lo hago saber al hombre y sólo sonríe, mientras me indica qué camino debo tomar para hacer cumbre y comenzar a bajar hacia el valle.

Me adentro en el bosque siguiendo una estrecha vereda que pierdo de vista por momentos, ya que la vegetación la invade sin contemplaciones prácticamente a cada paso. A veces, tengo que encorvarme o agacharme para sortear algunas ramas, pero poco a poco puedo ver con más claridad el cielo y la cumbre. No demasiado alta, es cierto, pero cumbre al fin y al cabo.

Hoy es de nuevo una contrarreloj por salvar la vida. Tengo que andar a buena marcha para recorrer la mayor distancia posible mientras dura el sol, pero a partir del mediodía ya busco casi con ansiedad algún refugio que me pueda servir para pasar la noche. Aunque lo deje atrás, lo apunto en mi memoria por si fuese necesario volver sobre mis pasos. Hasta el momento, he tenido suerte. Primero, por supuesto, de sobrevivir al desastre y a los días siguientes, sin duda los más duros, pues desconocíamos absolutamente todo sobre el fenómeno al que nos enfrentábamos. Luego, la suerte de la estación, de la compañía que pude tener. Y, más tarde, cuando me he decidido a emprender este camino incierto. Me pregunto si esa buena estrella acabará de repente, hoy, mañana o dentro de una semana, y acabaré como tantos otros. ¿Buena suerte, en realidad? ¿Se le puede llamar buena suerte a esta angustia? No sabría qué decir, pero lo único que tengo claro es que la cabeza del caminante solitario es un hervidero que le puede llevar hacia la perdición.

En la cima de la montaña prácticamente no hay vegetación, tan solo unos arbustos y varios tipos de malas hierbas que campan a sus anchas. Al girarme hacia la costa mis titubeos de optimismo se han borrado sin contemplación. Todo lo que abarca mi vista son ruinas, humaredas aquí y allá, carreteras destruidas y nadie a la vista. A lo lejos, en el mar, veo un barco, pero no acabo de tener claro si va a la deriva o está tripulado. He sacado tranquilamente mis prismáticos y cuando los estaba regulando para darle nitidez a la imagen he visto a un hombre en cubierta, mirando hacia la cima también con sus prismáticos.

He visto cómo los bajaba, sorprendido, e inmediatamente volvía a mirar a través de ellos señalando con su brazo hacia donde yo me encontraba. Dos o tres hombres han acudido a cubierta, interesándose por lo que acababa de descubrir.