domingo, 7 de junio de 2009

XXXV. Nuevo refugio

La estrecha vereda ha desaparecido a unos cien metros del claro y hemos avanzado entre los árboles, con el perro encabezando la comitiva. Su amo, que caminaba unos pasos por delante de mí, se ha ido girando cada poco para escuchar las respuestas a sus preguntas, con el cigarrillo consumiéndose lentamente, colgado de su labio inferior.

De esta manera hemos llegado a una pequeña pared de roca, prácticamente desnuda de vegetación, con una pequeña hendidura que apenas se vislumbraba tras unos arbustos. Ésa era la puerta de entrada a su refugio; una cueva, estrecha al principio y que se iba ensanchando poco a poco, sin llegar a ser en ningún momento un espacio confortable, aunque sí protegido de las inclemencias del tiempo y, sobre todo, del ruido.

El hombre ha encendido una antorcha y la ha colgado en la pared, iluminando el espacio en penumbra. Le ha dado de comer al perro y luego se ha sentado delante de un pequeño hornillo. Me ha invitado con la mirada a imitarle y he tomado asiento sobre una manta en el suelo.

-Aquí estarás tranquilo, amigo; ese ruido hijoputa no puede entrar en esta cueva. Ya sé que no es el Ritz, pero ni falta que hace.

Se ha reído con una extraña mueca y a continuación ha sacado, de una pequeña trampilla en el suelo, un par de latas.

-Tengo de todo; ¿qué te apetece para comer, amigo? ¿Quieres echar un trago antes?

Mi silencio le ha mantenido imperturbable, pues ha elegido por mí la comida y me ha pasado una lata de cerveza.

-Pone que está caducada, pero tú no hagas caso, amigo, la cerveza está buena. Si no quieres, tengo una reserva de vino que no te la acabas.

Una carcajada y su primer trago a la cerveza han cortado de seco sus palabras. Me ha mirado de reojo, con cierta desconfianza, mientras bebía, pero en seguida ha seguido a lo suyo.

-Dame, dame, que caliente la comida. Hay que comer, amigo; los días son duros en la montaña. Suerte de Mus, porque si no me hubiese vuelto loco hace tiempo. Más aún, quiero decir.

Mi sonrisa forzada y mi silencio incómodo le han hecho pensar por un momento con los ojos cerrados. Luego, ha vuelto a mirarme, ahora de una forma más extraña todavía.

-Amigo, no serás marica, ¿no?

-¿Qué?

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