Me mira con aire despreocupado, como quien observa a un aprendiz hacer mal sus tareas sabiendo que está, sin embargo, en el buen camino. Finalmente, deja sobre el suelo su lata de judías, que todavía no había soltado.
-Sabes dónde está, ¿verdad? –me pregunta- No exactamente, pero sabes hacia dónde dirigirte. Otros te lo dijeron antes. Por eso vas hacia el interior. Es verdad que has dado un pequeño rodeo, pero estás sobre la pista. No dejes que te distraigan de lo que buscas porque, amigo, eso es lo único que tienes ahora.
Antes de dormirme veo que el perro se levanta y camina hacia su dueño, que lo acaricia con cierta parsimonia, tumbado ya para pasar la noche. Sigue su camino y se sienta sobre las patas traseras algo más cerca de la entrada de la cueva, justo desde donde se vislumbra el exterior.
Poco a poco, exactamente como cada noche, se empieza a acercar el ruido y se va haciendo más áspero a medida que avanzan las horas. El hombre duerme; el perro vigila. Mañana seguiré caminando, pero ahora no puedo conciliar el sueño. Me pesan los párpados y no hago nada por retenerlos, pero me cuesta dejar de pensar en lo que me queda de vida. ¿Tiene algún sentido seguir caminando o más vale pararse a tiempo? A tiempo de qué, me pregunto. Sin respuesta, claro está.
No quiero soñar esta noche con RQ, pero parece que la elección no está en mi mano. El mismo patrón, las mismas sensaciones. Me despierto en mitad de la noche con la libreta en la mano, con el boli unos centímetros más allá, en el suelo. Escucho los ronquidos del hombre, desordenados, con cierto aire de extravagancia que me hace sonreír. ¿Dónde busco a RQ? ¿Por dónde empiezo? O por dónde sigo, mejor dicho. Me doy cuenta, casi de improvisto, que debo estar a unas tres horas del pueblo donde nací, donde crecí, pero ni siquiera me había planteado ir hacia allí. Ya es todo lo suficientemente doloroso como para abrir nuevas heridas en heridas viejas. Aunque, quién sabe, quizá tampoco sea tan mala idea. Mañana, con el alba, lo decidiré.
El hombre ríe en sueños. Una vieja anécdota que viene a su mente; alguna nueva que su cerebro ha inventado con retazos de recuerdos que ni siquiera sabe que están guardados. ¿Por qué la mía no hará lo mismo, en vez de catapultarme cada vez contra el mismo muro?
Quizá porque yo estoy buscando algo que no sé qué es y el hombre ha encontrado ya todo lo que le hacía falta.
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