sábado, 21 de marzo de 2009

XXIII. Sonrisas borradas

Un rumor se acerca, pero no lo distingo bien. Miro el reloj y la noche queda lejos; no puede ser el ruido. No debería. Y, sin embargo, algo se acerca. Estoy medio tirado en mi colchón, solo en el andén, y me incorporo poco a poco, tratando de comprender la situación. De repente, me veo corriendo en dirección a las escaleras, pero el sonido sordo al que persigo me ha sorprendido por detrás. Un sonido que de repente y sin previo aviso, como no podía ser de otra forma, se ha convertido en un silencio cortante.

Me doy la vuelta y en las vías puedo contar, con el primer golpe de vista, unos 12 o 15 niños, haraposos y desnutridos. Me quedo inmóvil, sin saber muy bien cómo reaccionar, tratando de sopesar cuál debe ser mi mejor opción en ese preciso instante. Entonces, todo queda aclarado de repente. Entre la treintena de ojos que me miran con tristeza y cierto desamparo escucho una leve tos, una carraspera que me transporta de inmediato a la siguiente estación, a los cartones y el precario muro.

Uno de los niños se adelanta un paso, vacilante, mirando a los demás y empujado por sus caras serias.

-¡Señor! –me grita.

Pero no puedo dejar de mirarlos. Sus caras sucias, llenas de churretes, sus manos nerviosas y sus piernas cansadas. Sus sonrisas borradas para siempre.

-¿Señor? –insiste.

Entonces veo su historia pasar por delante, en cada gesto. Cada vez que respiran y se callan las palabras que no deberían.

-Señor… -vuelve a decir, casi en un susurro- tenemos hambre…

-Pero… qué demonios…

Rubén y Miquel acaban de entrar en la estación y se quedan a mi lado, contemplando extrañados la escena. Los cuatro niños del grupo, que venían con ellos, no se atreven a bajar los últimos peldaños.

-Señor, por favor, nosotros…

-Bienvenidos a casa –le interrumpe finalmente Miquel, que ha bajado apresurado a las vías.

2 comentarios:

  1. que bonito... y que triste a la vez... Eres un maestro

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  2. Vaya... al final me voy a ruborizar... Muchas gracias por seguir leyendo.

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