martes, 28 de abril de 2009

XXX. Cambio de rumbo

-Verás, hace algún tiempo pasaron por aquí unos informadores. O eso al menos decían ellos… Yo, la verdad, no estoy seguro de qué eran realmente. Así se lo dije a mi madre y a Maya, ellas lo saben. En fin, como me parecieron inofensivos les dejé pasar aquí la noche. Hablamos largo y tendido y salió el nombre de RQ a relucir. No sé qué decirte, tampoco dijeron mucho…

Los tres se han mirado, no sé si guardando información o dando por sentado que eso era todo. Lo reconozco, soy malísimo interpretando gestos. Cada vez me doy más cuenta.

-Nos habló de ella una chica –ha intervenido Maya-. Eran tres, dos hombres y una chica. Nos lo dijo como de pasada, tampoco dándole mucha importancia. Estábamos hablando de cuentos, de leyendas, no sé, de historias varias.

Manuel y Ángeles han asentido en silencio a todas y cada una de sus palabras.

-Nos explicó que era un rumor que se estaba expandiendo muy rápido por el interior y que apenas había llegado a la costa, por donde ellos viajaban desde hacía días. Dicen que puede salir por la noche.

Entonces ha vuelto el silencio. El mío, porque no había obtenido ninguna información relevante nueva. El de ellos, esperando mi reacción, mis palabras. Poco a poco, sin embargo, he visto que me estaba quitando de encima muchos kilómetros de búsqueda si no debía caminar por la costa. He decidido, en ese preciso momento, ir hacia el interior, pues parecía lo más lógico a tenor de sus palabras, fueran ciertas o no. Tengo que cruzar las montañas y llegar a donde quiera que sea ese interior donde está RQ.

-Os doy las gracias por todo, de verdad. Mañana con el alba me marcharé.

-No hace falta que te marches tan rápido –ha contestado Manuel.

-Lo sé, lo sé, pero es algo que no está en mi mano decidir. Ojalá lo estuviese, pero hay una fuerza que no controlo y que hace que me mueva, no sé si con sentido o sin él. Espero poder volver a veros algún día y explicároslo.

Me ha parecido, en un primer momento, verles tristes por mi partida, pero en seguida han vuelto a sus quehaceres habituales y no me han prestado demasiada atención hasta bien entrada la tarde, cuando las puertas se han cerrado y nos hemos puesto a cenar.

Mañana sigo mi camino. ¿O es el de otro? Quién sabe. Yo, desde luego, no. Lo único que veo claro ahora mismo es que necesito otro boli para seguir escribiendo. Les preguntaré si me pueden prestar uno. Cuando escribo, mis miedos menguan; la realidad, dolorosa y punzante, parece otra cuando la veo en el cada vez menos blanco del papel de mi libreta. Soy un superviviente y no quiero dejar de serlo. Ahora, tengo sueño.

viernes, 17 de abril de 2009

XXIX. Despertar fuera de la estación

Me han despertado las carreras de los dos niños por la pista de baile y los vanos intentos de Ángeles para que no hicieran ruido. Cuando por fin he podido abrir los ojos sólo he les he visto a ellos tres, pero al poco ha aparecido Manuel por la escalera.

-¡Buenos días! ¿Has dormido bien?

Entre bostezos le he agradecido la oportunidad de pasar la noche con ellos y he contestado afirmativamente a su pregunta. Me ha explicado que cada mañana, con el alba, se levanta y va paseando hasta un huerto que se ha hecho a diez minutos tierra adentro.

-No es demasiado difícil encontrar semillas y ahora no hay que pelearse con nadie por las lindes del huerto. No como antes, que era un jaleo, sobre todo aquí…

Mientras desayunábamos, ha seguido explicando historias sobre el taxi y sus ratos muertos de cultivo en algún punto del extrarradio de Barcelona. Son admirables su vitalidad y buen humor, que no ha perdido ni un segundo desde que llegué ayer por la tarde. Se me antojaba imposible que alguien indujese constantemente energía positiva a los que le rodean ya antes del desastre, con lo que ahora no dejo de sorprenderme todavía más. Aprovechando un silencio de su hijo, Ángeles ha intervenido en la conversación.

-Ayer nos dijiste de dónde venías, pero no a dónde vas. ¿Podemos saberlo o es necesario que guardes el secreto?

Manuel la ha mirado sorprendido, instándola con la mirada a que no siguiese adelante, pero la pregunta ya estaba hecha. Tanto ella como Maya, recién levantada, han esbozado sendas sonrisas.

-No, no es ningún secreto. Una estupidez, quizás. Estoy buscando a alguien, pero no sé quién es ni dónde está. Sólo sé, o ni siquiera de eso estoy seguro, que debo encontrarle. Ni por qué ni para qué. Siento decirlo, pero no tengo más información.

-¿No sabes ni su nombre? –ha acabado preguntando Maya, tras unos segundos de silencio. Por un momento, me ha asaltado la esperanza de que tuviesen alguna pista de dónde encontrar a RQ.

-No… bueno, no lo sé. ¿Conocéis a alguien llamado RQ?

Los tres se han mirado, sin responderme, mientras los niños empezaban a repetir las dos letras persiguiéndose el uno al otro en pequeñas carreras por el interior de la discoteca.

Les he instado, con un leve movimiento de cejas, a que me respondiesen, pero he sentido un miedo frío y seco cuando Manuel ha comenzado a hablar.

sábado, 11 de abril de 2009

XXVIII. Teorías

Manuel era taxista. Sigue siéndolo, me dice, aunque ya no tenga coche ni haya una sola carretera en buen estado. Por lo que he visto, tiene razón; no he podido encontrar un tramo sin destrozar de más de 200 metros. Explica no tan viejas historias de su trabajo que ahora, sin embargo, parecen perdidas en los albores del tiempo, como si estuviera inventando algo que pudo pasar o no hace cientos de años. Así son las cosas. Ángeles permanece en silencio, escuchando la conversación, y su mirada siempre se centra en quien está hablando en ese preciso instante. Maya hace unos minutos que ha ido a acostar a los dos niños.

Es la primera noche que paso fuera de la estación desde hace mucho tiempo, así que me encuentro un poco a contrapié. Pregunto si no hacen guardias por la noche y sus caras de sorpresa me confirman una sospecha que siempre tuve. Para qué.

Aquí abajo, con la puerta cerrada, sólo se oye el ruido cuando la conversación se para, así que intento rellenar los huecos con pequeñas afirmaciones o preguntas que en otro momento nunca hubiese hecho. Creo que se dan cuenta, pero no me dicen nada.

Maya ha vuelto y nos pide hablar más bajo. Los niños se han dormido. Cada poco, vuelve su mirada hacia las camas para comprobar que todo sigue bien, pero entra de repente en la conversación, no sé si porque ya ha dado su aprobación personal al sueño de los pequeños o por el tema que acaba de salir a colación.

-Fue difícil al principio, todo el mundo iba a ciegas y muchos murieron por ello. A nosotros nos salvó la prudencia.

-No acabo de saber cómo funciona. Sé que no podía entrar en la estación de metro donde nos resguardábamos.

-Si era profunda, no. –ha intervenido Maya- Tengo una teoría, pero puede que sólo sea eso, una teoría estúpida y que no se acerque lo más mínimo a la realidad. Quizá con lo que tú sabes y lo que sabemos nosotros pueda conocer si estoy o no equivocada.

Se han quedado callados, esperando que yo hablase, pero creo que me ha impulsado más el ligero rumor del ruido que sus miradas interrogantes.

-Sólo sé que en la parte de más abajo estábamos protegidos, pero que perdimos compañeros que estaban bajo techo un poco más arriba.

-¡Eso es! –me ha cortado Maya. Sus ojos, profundos de nuevo, indicaban claramente que acaba de confirmar su teoría con mis palabras- El ruido puede penetrar techos y paredes, pero sólo hasta cierto punto. Es por eso que aquí la roca nos protege. Es por eso que…

Y entonces su mirada se ha tornado sombría. No ha hecho falta que explicase nada más, porque cada uno tiene una historia, o cientos, de pérdida y desesperación. Porque las palabras que a unos les sobran, les faltan a otros. Me he sentido solo, desamparado y sin camino que seguir, pero esos ojos han recobrado la compostura en ese segundo de divagación que he tenido, por lo que no ha habido más remedio que seguir su ejemplo.

Es la historia de todos los días. A veces me pregunto si vale la pena que lo siga siendo.

martes, 7 de abril de 2009

XVII. La chica y la escopeta

Una vez llegaban a su punto más alto, donde había una puerta en la roca después de atravesar un pequeño porche con unas sillas, las escaleras bajaban de nuevo por el interior del acantilado. Un poco a tientas, y apoyándome en las paredes frías y húmedas, he ido bajando hasta dar con una gran sala que debió ser, sin duda, alguna discoteca de playa. Había algunas reformas hechas, pero podían verse claramente las barras y las botellas en las estanterías. Gran refugio, he pensado, pero pésima la seguridad de la discoteca. He tenido que sonreír ante estos pensamientos fuera de lugar. O, más que de lugar, de momento.

Me he encontrado cinco personas esperándome; la chica de la escopeta, que todavía no había soltado, el hombre que había visto en la escalera, una mujer bastante mayor y dos niños pequeños.

El hombre se ha acercado un poco y me ha ofrecido asiento con un gesto. He elegido un sofá que seguramente a principios de los ochenta ya estaría pasado de moda, pero donde ha sido reconfortante sentarme.

Todos me han imitado, menos uno de los niños, que ha permanecido de pie, observándome más con curiosidad que con desconfianza.

-No es habitual ver viajeros. Disculpe el recibimiento –ha empezado el hombre.

-No se preocupe. Todas las precauciones son pocas.

-¿De dónde viene, joven? –ha preguntado la señora. A la luz de las velas parecía aún mayor de lo que me había parecido en un primer momento.

-De Barcelona. De lo que queda de ella…

Durante la cena, he sabido que el hombre, Manuel, era hijo de la señora, Ángeles, y que no tenían parentesco ni con la chica ni con los dos niños. Como siempre, distintas carambolas les habían llevado a compartir un lugar para vivir. Para sobrevivir.

Mientras pensaba en lo maravilloso de conservar un familiar tan cercano, me he topado con los ojos de Maya, ése es su nombre, que por fin había dejado en un rincón su escopeta. En un primer momento, me he venido abajo, abrumado por una profundidad que no pensaba que ya nadie pudiese conservar. Una vez más, afortunadamente, me equivocaba. Ojos duros que se alejaban o acercaban a voluntad y que me escrutaban sin vacilar.

Tras unos segundos que me he dado de respiro, he vuelto a buscar su mirada, pero ya estaba puesta en Tom y Jerry, como llamaba a los dos niños. No me he atrevido a preguntar sus nombres reales, porque esos detalles a nadie le importan ya.

Entonces, sin previo aviso, claro, ha vuelto a mirarme y he conseguido no bajar los ojos de nuevo. La sonrisa que ha esbozado me ha dicho muchas cosas. La más importante, que hay motivos para seguir adelante. Nunca viene mal que te lo recuerden. Aunque sea por un momento.

viernes, 3 de abril de 2009

XXVI. La escalera

Llega la tarde y, con ella, el miedo. He bajado a la playa, tratando de buscar un sitio para pasar la noche, pero sólo veo arena, restos de edificios desperdigados aquí y allá y un mar en calma que con cada ola que llega a la orilla me susurra que debo darme prisa. Ya no estoy a tiempo de dar marcha atrás; no puedo volver.

Me he sentado, tratando de combatir mi desesperación escribiendo estas líneas en mi cuaderno. No he visto a nadie desde que salí esta mañana y eso no es buen síntoma. No lo es. Quizá una opción sería adentrarme en los escombros y buscar un sótano o un garaje que estén protegidos. No acabo de adivinar dónde estoy ni qué sitio es éste. Intento pensar en las horas que llevo caminadas, pero no tengo equivalente, no tengo referencias previas para comparar. Sólo veo edificios arrasados, coches destrozados, algún barco calcinado varado en la playa.

Me he levantado apresuradamente, temblando y culpándome por haber perdido unos minutos preciosos de búsqueda, y he echado a correr hacia unos acantilados de roca que veía al final de la playa.

Al llegar allí ya sabía que mi suerte había cambiado, para bien o para mal. Me he encontrado al pie de una escalera, no sé muy bien si recientemente construida o superviviente del desastre. Los escalones se adentraban en la roca y al final, en lo alto, en algún lugar que no veía desde abajo, se escuchaban varias voces tranquilas.

-¡Hola! –he gritado, sin atreverme a dar el primer paso escaleras arriba.

Las voces han cesado de inmediato. He esperado cerca de un minuto hasta que he visto aparecer un cañón de escopeta y, poco a poco, las manos que lo sostenían, la cara que me miraba desconfiada.

-¿Qué quieres?

Era una chica, con cara de pocos amigos, pero quizá no tan marcada como la que hubiese tenido yo en su lugar.

-Busco refugio para pasar la noche. Mañana seguiré mi camino.

-¿De dónde vienes?

Pero no me ha dado tiempo a contestar. Un hombre ha aparecido detrás de la chica y me ha hecho un gesto con la cabeza invitándome a subir, un segundo antes de que volviese a desaparecer. La chica le ha mirado sorprendida, sin dejar de apuntarme, y he visto cómo le pedía una explicación con la mirada. Entonces ha bajado el arma, me ha mirado con orgullo herido y la he perdido también de vista.

Me he apresurado escaleras arriba, dando gracias por saber que viviré, al menos, un día más.