miércoles, 26 de agosto de 2009

XLI. Más preguntas

Sigo mi descenso por la vereda que me tiene que llevar a un destino incierto o a una muerte segura. Entiendo que por este mismo orden.

Echo de menos muchas cosas que se perdieron aquel 9 de octubre. Algunas perdidas irremisiblemente y para siempre. Otras quizá estén escondidas, esperando simplemente que alguien llegue y las recupere. Sin embargo, resulta difícil que con la necesidad de sobrevivir siempre latente en el ambiente, autoimpuesta en algunos casos, se llegue a recapacitar con la suficiente calma como para llegar a pensar que siguen siendo necesarias.

Me gustaría tumbarme en la playa una noche de verano simplemente para observar el cielo estrellado. Sin ningún otro propósito. Me encantaría comerme un helado. Abrir la bandeja de entrada de mi correo electrónico y ver un mail de cualquiera de mis amigos. Rutinas perdidas. Desastre consumado.

¿Qué vamos a hacer ahora? Como especie, me pregunto. ¿Remontaremos de nuevo para seguir destruyendo el planeta a marchas forzadas? ¿Se nos dará esa segunda oportunidad de hacer lo que no pudimos en el pasado? No dio tiempo. Y nos cayó encima la muerte y la destrucción, que sigue haciendo estragos cuando se pone el sol. Como en un guión de una película de serie B, la venganza llega por la noche, oculta entre las brumas, implacable. O casi, debería decir.

Sigo sin lágrimas de repuesto. Las debí gastar en aquel primer paseo entre las nuevas ruinas de una ciudad recién destruida. Cubierto por una fina capa de polvo, desorientado por las calles humeantes, sin poder hacer caso a todos los gritos de los que se llenaba mi cabeza, mezclados con un pitido agudo que tardó días en desaparecer. Nunca más volví a ver a las personas con las que me crucé ese día. Quizá alguna esté viva todavía. Nadie acudió nunca al rescate. No había nadie para acudir. Quien pudo salvarse, quien está hoy vivo, mientras veo el final de la bajada y un camino que comienza a ensancharse, tuvo una suerte de la que probablemente no sea consciente nunca. No sé, quizá sí lo sean. Todos ellos. O quizá, siéndolo, creen que su suerte, al fin y al cabo, no fue tan buena como pudieron pensar en un principio.

Toca buscar, luchar por sobrevivir, empezar de nuevo, si es posible. Puede que lo más sensato para ello fuese no haber abandonado la estación. Puede que lo segundo más sensato fuese dar media vuelta en este preciso instante y regresar. Olvidarme de estos sueños, por mucho que se repitan cada noche.

Y, sin embargo, por mucho que lo pienso, aunque lo intente, no consigo quitarme esa idea de la cabeza, acabar con esa fuerza ajena que me empuja sin remedio.

Busco una sombra para descansar y seguir pensando en cualquier cosa que me aísle, aunque sea por unos segundos, del silencio extraño que me envuelve.

¿Qué pasó ese 9 de octubre en otros puntos del mundo? ¿Lo mismo? ¿Y si no pasó nada y estamos, de alguna manera, aislados? ¿Y si han venido a buscarnos y no estábamos en el lugar adecuado? ¿Y si la vida sigue igual que antes del desastre en otros lugares? ¿Es eso posible o la destrucción se produjo a escala mundial? El armaguedón, la ira de Dios, el juicio final. Lo siento, pero no pude ver a los cuatro jinetes del apocalipsis. Quizá, pero sólo quizá, son ellos los que lleguen cada noche a ajustar viejas cuentas con todos nosotros.