martes, 3 de marzo de 2009

XIX. Prisionero

-Este cabrón se merece morir.

-Diego, ayúdame.

El fusilero desarmado miraba la escena casi con humildad, suplicando por su vida en cada gesto, pero sin decir nada, con las manos atadas a la espalda. Pau le apuntaba directamente a la cabeza y David II se había situado justo en medio, de manera casi pasiva, como no queriéndole dar más importancia de la justa.

Y Diego, asustado e incapaz de mediar, ha mirado su pistola, la ha sostenido a 20 centímetros de su cara y ha empezado a llorar en silencio.

Y en cada lágrima que he derramado sobre el metal frío que no había llegado a utilizar el día en que casi morimos los tres estaba la respuesta.

Y cuando les he vuelto a mirar, secándome los ojos con la manga de la cazadora, Pau ya había guardado su pistola y David II ya no se interponía entre él y nuestro prisionero.

Y hasta en ese hijo de puta he visto una chispa de concordia, de arrepentimiento fugaz.

Y he pensado en el ruido de cada noche, que nos atormenta, que nos persigue y que nos mata. Ese ruido que no nos deja ser lo que somos, que nos impide reconstruirnos como desearíamos, que nos niega la libertad y nos regala, de forma deleznable, la sinrazón cuando acaba el día.

Y he pensado en el ruido de hace un momento, de los disparos.

Y cuando caminábamos de nuevo hacia el túnel, de vuelta a nuestra estación, con el prisionero caminando delante, girándose de vez en cuando para ver si le disparábamos a traición, he tenido la certeza de qué ruido es el que me da más miedo de los dos.

Y esa certeza ha sido la que me ha hecho llorar de nuevo. Porque, me he dicho, el problema no es perder la esperanza, sino que te la maten a tiros.

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