domingo, 15 de marzo de 2009

XXI. Sí, claro que sí

En un primer momento, cuando nos han visto llegar, sólo había caras de desconcierto. Luego, mientras hemos ido explicando los hechos, se han sucedido los comentarios de sorpresa, no sólo por pensar que ya no habría francotiradores en el exterior, algo que todavía no tengo claro en absoluto, sino por la noticia de cómo habíamos acabado con ellos. Bien, de cómo lo habían hecho Pau y David II, quienes, amablemente, me han incluido en su hazaña. Yo, sin embargo, le doy vueltas a lo sucedido y ahora me parece que todo ocurrió a cámara lenta; la aparición de los hombres de repente, los disparos de Pau, la incursión de David II, mi mano sosteniendo la pistola sin utilizarla, parapetado detrás de un trozo de roca, de pared o de lo que fuese.

Estaba pensando en éstas y otras cosas cuando Miquel se me ha quedado mirando de manera algo extraña primero, inquisitiva después. Entonces, me he dado cuenta de que todo el mundo tenía puesta su atención en mí.

-¿Qué opinas? –ha preguntado alguien, creo que Rosa, al fondo del grupo.

-Pues, veréis…

Mi cara ha debido ser un poema, porque Rubén ha sonreído y finalmente me ha concedido la información completa que me había perdido.

-En fin, –ha dicho- si se supone que no hay nadie más en la ciudad que se dedique a disparar a la gente, quizá podríamos seguir como estamos, ¿qué opinas?

He asentido al percibir cómo remarcaba, con algo de ironía, la pregunta.

-Sí, creo que sería lo mejor. En cualquier caso, tampoco sabemos a ciencia cierta que ese tipo decía la verdad. Puede que sólo estuviese intentando salvar su pellejo. Pero vale la pena intentarlo.

Al mostrarse todos de acuerdo, he acabado por suponer que esa era la opinión de la mayoría y así se habían expresado unos minutos antes, mientras yo divagaba entre disparos, carreras de ida y vuelta y prisioneros asesinados.

¿Realmente lo hicimos? ¿Le pegamos un tiro a sangre fría a ese cabrón? No, qué digo, fue él quien nos convirtió en asesinos, quien rompió las reglas, quien empezó a matarnos. Se lo merecía. ¿Realmente lo hicimos?

Sí, claro que sí.

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