Nuestra sorpresa ha sido mayúscula cuando hemos visto que había fallado el tiro. Me hubiese echado a reír en su cara si las circunstancias hubiesen sido otras, pero el momento, sin duda, no invitaba a ello. Los siguientes tres disparos han sido de Pau: placa, placa, placa, le he visto mientras corría a parapetarme detrás de un muro. Sostenía su pistola con las dos manos, medio inclinado hacia delante, en una posición que me ha parecido extraña. He gritado inútilmente su nombre para que corriese detrás de mí, porque sólo ha acudido a mi llamada cuando los tres asaltantes estaban el suelo. Se los ha cargado, el hijo de puta. A los tres. Con tres disparos. A pecho descubierto. A porta gayola. Insisto, el muy hijo de puta. Con la espalda apoyada en el muro, le he mirado mientras le reprochaba su actitud con las manos. Se estaba riendo de satisfacción. Han sonado dos disparos antes de que me acordase que David II no estaba refugiado con nosotros. Mierda, he pensado, una de esas dos balas se la ha llevado él. O las dos.
No más de dos minutos han pasado hasta que, intrigados por el silencio, nos hemos asomado para ver si veíamos algo más allá del muro. “Dale dos blancos a ese cabrón y no sabrá cuál elegir”, me ha dicho Pau, muy seguro de sí mismo. Cuando he intentado rebatirle, me ha mirado, muy serio: “Ojalá tuviese una frase lapidaria para convencerte, tipo Bruce Willis o John Wayne, pero no la tengo”.
Casi pierdo los papeles cuando, al sacar la cabeza del escondrijo, me he encontrado de sopetón con el cuarto de los asaltantes. Sin embargo, en ese primer segundo, algo ha fallado en mi representación del peligro. Ese algo era David II, que caminaba detrás de él, apuntándole con su pistola.
Por lo visto, aprovechando la sorpresiva maniobra de Pau, corrió por un lateral hacia donde estaba ese bastardo con el fusil. Viéndose acorralado, trató de dispararle, pero David II ya estaba justo debajo y el ángulo era imposible. Dos veces los probó antes de darse cuenta que su oponente ya estaba arriba y le apuntaba a la cabeza con la pistola.
Joder, ha sido el día en que los boy scouts se convirtieron en héroes de película. Me he quedado allí, con la pistola en la mano, como mera comparsa, observando a ese cabrón que no se atrevía a mirarnos a la cara. Nunca antes me había sentido realmente tan protegido desde el desastre. Entonces, Pau ha movido ficha, y entendamos como ficha el seguro de su pistola. David II le ha frenado con la mano.
-He visto lo que has hecho; salvarnos el pellejo a los tres de una manera increíble, pero no hacen falta más víctimas por hoy. Hagamos, al menos, un prisionero.
¿Un prisionero? Demasiado para tan poco rato. Cuando trataba de procesar una información ya tenía otra encima, y otra, y otra. Y con mi vida colgando de un hilo cada vez. ¿Un prisionero? ¿Estamos en guerra? Y, mientras tanto, Pau le apuntaba a la cabeza y David II pedía cordura con sus palabras y mi complicidad con su mirada.
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