Acabamos de volver de nuestra expedición y la situación es ahora más confusa que cuando partimos esta misma mañana. Lo que parecía que debía durar varios días se ha convertido en una salida de unas cuantas horas. Hay discusiones a lo largo del andén, reproches contenidos y miradas de soslayo. Estoy sentado en un extremo de la estación y puedo ver a todo el mundo que va y viene, gesticulante y nervioso. De vez en cuando, alguien se acerca, exigiéndome con la mirada una opinión, pero al verme con mi cuaderno se alejan mascullando entre dientes.
Esta mañana, como decía, Pau, David II y yo salimos a buscar la primera parada de nuestra marcha hacia el norte, un refugio que nos sirviese para darnos media vuelta en caso de problemas. Íbamos animados, hablando sobre las expectativas que cada cual tenía acerca de nuestro destino, en cómo ayudaría la nueva situación a poder soportar la presión de cada noche. Al pasar al lado del pozo, nuestra charla se ha detenido en seco, aunque no nuestro paso. En ese momento me he dado cuenta de que nunca había caminado más allá de ese punto por el interior del túnel, así que cuando hemos llegado a la siguiente estación se me ha formado un nudo en la garganta.
Sin embargo, al ver que estaba semiderruida, me he convencido a mí mismo de que no era fácil que hubiese nadie viviendo allí. Sí que nos podíamos encontrar, claro, cualquier tipo de merodeador. En estas tribulaciones estaba cuando los tres nos hemos parado de repente en mitad de un tramo donde el andén estaba en mejores condiciones. Detrás de unos cartones que cubrían un pequeño murete hecho con piedras hemos escuchado una tos ligera, como un carraspeo involuntario. Ahora, estábamos seguros de que nos estaban observando. En nuestro silencio podíamos percibir leves movimientos a nuestro alrededor, respiraciones entrecortadas que parecían a la expectativa.
Pau, que iba delante, ha reemprendido la marcha y, ligeramente sorprendidos, aunque aliviados, todo hay que decirlo, le hemos seguido. Sólo al salir del túnel, mientras abría su mochila para sacar una botella de agua, se ha girado hacia nosotros y ha puesto cara de pánico.
-Joder, pensé que no lo contábamos –ha dicho.
-¿Quién era esa gente? ¿Por qué han permanecido escondidos? –ha intervenido David II.
Los tres nos hemos mirado, mientras descansábamos sentados sobre las vías, con cara de no saberlo. Parecía que Pau iba a proponer una teoría cuando de entre los restos de los edificios cercanos han aparecido cuatro hombres armados, tres de ellos con pistola y un cuarto con fusil. Este último se ha quedado rezagado, en lo alto de un gran trozo de pared incrustado en el suelo, vigilando la escena y apuntándonos con el arma.
Apenas hemos tenido tiempo a reaccionar; nos hemos levantado preguntándonos si debíamos preocuparnos cuando uno de los hombres ha corrido hacia nosotros y ha disparado a bocajarro, pues ya se encontraba a menos de dos metros de nuestra posición.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario