domingo, 1 de febrero de 2009

XII. Delito y sentencia

Por momentos veo absolutamente claro, con una nitidez inusual en estos tiempos, que ha sido la estupidez humana la que nos ha llevado al desastre. No puede ser de otra forma. Cómo, si no, quedando tan pocos supervivientes, alguien se dedica a matarlos a tiros. No falta agua, no falta comida. Me estremece pensar que se trata de pura diversión, me repugna creer que busquen hacerse los dueños de… ¿de qué, en realidad? Dios mío, han matado a un niño…

Poco a poco han ido llegando todos. Al ver que no bajaba Claudia, me he puesto en la peor de las posibilidades. Claro está, en lo que a mí concierne. Por supuesto, tenía que ser ella. Toto, un cuarentón con aspiraciones de veinteañero, a tenor de su forma de vestir y su pelo largo (sólo por detrás, todo hay que decirlo), se ha acercado, casi con cuidado. Sin saber cómo empezar, ha conseguido arrancar por fin:

-Diego… Claudia está arriba, con Rosa. Las que… bueno… las que no van a volver son Tomika y Diana.

Por un momento, sólo por un momento, ha asomado en mi garganta un hilo de alegría, apagado al instante por una rabia que en algún momento deberá explotar.

Toto ha seguido explicándome que no habían podido recuperar los cuerpos esta vez. Han muerto en lugares diferentes, pero bajo las mismas circunstancias.

Tomika había nacido en Vic, de padres nigerianos. Tenía cerca de 50 años y era una de las personas más activas del grupo. Siempre estaba buscando nuevas oportunidades de mejorar nuestras circunstancias y sabía bien dónde encontrar aquello que necesitábamos. Investigaba unas cajas en busca de un ordenador cuando varios disparos la alcanzaron por la espalda, según Toto.

Sin embargo, tengo el corazón helado, literalmente, por la muerte de Diana. Tenía 8 años. ¿En qué cabeza cabe? No en la mía. No puedo quitarme su imagen de la retina; fue un ejemplo para los otros niños, siempre con una sonrisa en los labios, nunca se quejó por nada. Solía salir de la mano de Rosa o de David I. Hoy iban los tres, además de Clara y Pau. Paseando, simplemente caminando en grupo bajo el sol, tratando de que esta vida pueda parecer un sucedáneo de la antigua. Ése ha sido su delito, su sentencia.

Ha empezado a caer la tarde y todo el mundo ya está aquí abajo. Antes de que empiece el ruido de cada noche aún puedo distinguir sollozos y llantos ahogados a lo largo del andén.

Me he ofrecido voluntario para la guardia que ahora empieza porque no quiero oír también el mío.

No hay comentarios:

Publicar un comentario