sábado, 24 de enero de 2009

X. Claudia

Qué demonios. No, no es así. Le doy vueltas y vueltas y no es así. Claro que nos ayudaría tener a alguien que pudiese andar por las noches por ahí. ¿Quién puede decir que no? Es decir, sería una información muy valiosa para todos. Poder ver qué hay detrás de ese ruido, intentar comprender por qué acaba con todo el mundo. No sé, quiero decir si hay algo que ver. ¿Acaso no quieren que lo encontremos? ¿Por qué tanto interés en hablar de leyendas varias para después decirnos que nos olvidemos? Siento que hay algo oculto en las palabras y miradas de esos tres informadores.

No, no lo sé. Divago y lo siento, pierdo el tiempo. Llevamos unos días con mucha calma aquí abajo y mis ideas se van lejos y no puedo controlarlas.

Hoy estaba sentado en el suelo, mirando a las vías, y se ha sentado Claudia a mi lado. Ha estado un rato en silencio y luego me ha preguntado en qué pensaba. La he mirado y la he visto, lo juro, he visto esa chispa en sus ojos que creía perdida para siempre en cualquier persona. Hemos sonreído mientras nos mirábamos. Durante ese rato he vuelto a la estación, la he imaginado desnuda y me he imaginado que… maldita sea; volvió RQ a mi estúpida cabeza. La he besado en la mejilla y me he levantado lentamente. Me he puesto ante ella y le he ofrecido mi mano para que se incorporara, pero la decepción y el orgullo de sus ojos y sus puños cerrados me han llevado a salir un rato a la superficie.

Claudia tiene 34 años. Al primer golpe de vista parece una chica corriente, pero basta fijarse un poco con atención para darse cuenta de que ni mucho menos es así. A cualquier tío le hubiese puesto eufórico una propuesta implícita como la que me acababa de hacer. A cualquiera menos a un gilipollas obsesivo como yo. Bien hecho, Diego, bien hecho. Joder, no está la historia como para desperdiciar ocasiones.

Al volver abajo, media hora después, la he encontrado el mismo sitio, sentada y mirando al vacío. He recuperado mi lugar a su lado y le he pedido disculpas, torpemente, por supuesto. Se ha reído quedamente y me ha preguntado a qué me dedicaba antes de todo. Me ha sorprendido la pregunta, pero lo cierto es que no habíamos coincidido en ninguna guardia y tampoco habíamos tenido nunca una conversación digna de llamarse de esa manera.

-Era librero.

-Me tomas el pelo –ha contestado, arqueando una ceja.

-¿Por qué? ¿Qué quieres decir? ¿No doy el perfil?

-Insisto. Me tomas el pelo.

-Tienes razón, te lo estaba tomando.

Entonces, casi sin darnos cuenta, como si fuese un acto reflejo, nos hemos levantado y hemos caminado en silencio hacia la pequeña taquilla donde se vendían los billetes. Claudia era profesora de literatura catalana. Todavía no tenía plaza asignada y estaba haciendo cientos de sustituciones.

Me lo ha susurrado al oído.

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